12/10/17

Enredados en amor



            Estoy nerviosa. Llevo más de una hora arreglándome, y eso que el vestido ya lo tenía elegido. Lo vi en el escaparate por casualidad y me lo compré, un azul eléctrico que llama la atención en mi clara piel.


            Mientras me maquillo, me miro en el espejo, otra vez esas malditas pecas que tan poco me gustan. Paso la esponja de maquillaje por mi cara casi con furia, tanto que se me pone roja. Demasiado sensible.


            Lo había encontrado después de mucho buscar en una de esas páginas de contactos. El mejor invento americano. Una manera de ligar sin pasar por todas esas tonterías del cortejo. Ese cara a cara nunca me ha gustado.


            He pasado horas leyendo sus letras, palabras bonitas y algunas subidas de tono. He conocido algo de su vida, porque esa soledad le hace hablar continuamente con esa necesidad imperiosa de darse a conocer y gustar más de lo que gustaría en persona. Lo sé porque yo soy como él. Somos almas gemelas, no hace falta ver a alguien para saberlo. Sinceramente, solo hace una semana que lo conozco. Mucha gente podría decir que es pronto, pero la verdad es que hay noches de sexo efímero entre desconocidos todos los días y a la mañana siguiente ni se hablan.


            Yo sin embargo ya sé lo que me voy a encontrar, ya estoy lista. Tengo mi mochila preparada para estas ocasiones y mi mini bolso con lo imprescindible. Salgo por la puerta subida en mis tacones y con mi pelo bien recogido. Llegaré antes de la hora, pero da igual porque sé que lo haré después que él.


            Entro en el bar, está abarrotado, aunque lo veo enseguida, se gira hacia la puerta esperanzado, pero se vuelve a su cerveza mientras mira el móvil para asegurarse de la hora. Mi cara no es la que él espera, nunca lo es. Me acerco y me siento en su mesa, en la silla de al lado. Lo miro y él me mira cortés pero distante.


            —Perdone estoy esperando a una persona.


            —Lo sé Carlos. Soy yo.


            Él sonríe. Le gusto más que la de la foto, pero su galantería y buen hacer no le dejan decidirse.


            —¿Eres Alicia?


            Asiento mientras le pongo una mano en su rodilla más cercana. Él se eriza como un gato. Puedo ver su espina dorsal como se arquea. Lo noto debatirse entre el enfado por mentirle o dejarlo pasar porque lo que ve le gusta más. No dejo que se lo piense más y le susurro al oído.


            —Vámonos a un sitio más tranquilo.


            Cada vez está más nervioso, no sabe qué hacer y lo agarro de la mano para convencerlo. Me levanto y Carlos lo hace conmigo. Nos dirigimos a la puerta con decisión, y lo pego un poco a mi cuerpo para que me sienta más cerca de él. Puedo sentir su aliento en mi nuca. Cuando salimos a la calle veo a la verdadera Alicia bajando de un taxi. Él no la ha visto, solo tiene ojos para mi vestido azul, me felicito por haberlo encontrado.


            Andamos calle abajo cogidos de la mano.


            —¿Dónde vamos?


            —Tengo el coche ahí al lado. ¿Me llevas a tu casa?


            Su cara es un poema, no se esperaba tener tanta suerte. Yo tampoco, la verdad. Me voy al lado del copiloto y le doy las llaves para que conduzca él. Nada más encender el motor suena la radio a todo volumen, la bajo y le pido perdón con una mirada dulce que lo deleita.


            —No tengo nada para cenar.


            —No te preocupes. Podemos pedir algo. Yo traigo un par de botellas de vino para acompañar.


            Pasamos el resto del trayecto hablando de banalidades, del tiempo que hace y de mil estupideces más que no nos interesaba a ninguno de los dos. Aparca cerca del portal y yo se lo agradezco en nombre de mis pequeños pies. Cojo mi mochila que él mira con curiosidad y me agarro de su brazo.


            Subimos en el ascensor con un padre y sus dos hijos que no paran de pelearse, yo aprovecho ese momento para poner mi mano en su espalda y mi cabeza en su hombro. Él está tan recto que podría desfilar como un militar. Se le nota tenso y no porque esté frotándose sus manos sudorosas una y otra vez. El padre nos mira de reojo con un poco de envidia y antes de bajarse nos pide perdón por el comportamiento de sus hijos. Se permite darnos el último consejo de la noche.


            —No tengáis hijos. Aún estáis a tiempo.


            Mi acompañante empieza a balbucear y yo sonrío comprensiva. Cuando la familia sale, solo dos pisos más abajo que el nuestro, me pongo frente a Carlos y me acerco suavemente. Mira mis labios y cuando nuestras bocas parece que van a encontrarse el ascensor se para. Me doy la vuelta y salgo.


            Él me sigue, me adelanta rozándome la mano al pasar y abre la puerta de su apartamento. Entro sin esperar a que me invite y empiezo a observar todo lo que me rodea. Me enseña su casa de una sola habitación explicándome que ha tenido suerte de encontrar un apartamento a tan buen precio en aquella zona de la ciudad. Lo escucho atenta como si todo eso me interesara. Ni lo más mínimo.


            Saco las botellas de vino de mi mochila y las pongo encima de una barra que separa la cocina del pequeño salón. Todo está pulcro y ordenado, algo raro en un soltero. Maníaco de la limpieza, lo sé, me viene de lujo para lo que quiero hacer.


            Busco en los cajones mientras él me observa perplejo. Está en su piso y parece que está totalmente fuera de su hábitat. Cojo un par de copas, y me bajo de mis tacones, las lleno y le acerco una. Choco mi copa con la suya y me bebo todo el contenido de golpe. Él solo da un pequeño sorbo. Lo insto a bebérsela entera y relleno las dos copas.


            Me pregunta que quiero para comer y yo le dejo elegir a él, pero que esté cerca, tengo un hambre voraz. Esto se lo digo al oído y él se ruboriza.


            Me ofrece sentarme mientras abre la ventana, la brisa nocturna me acaricia la cara y cierro los ojos ante su contacto. Él me besa, algo que no esperaba, no ha tenido iniciativa hasta ahora. Eso me gusta y lo dejo hacer. Un beso lento y suave que me envuelve mientras me abraza. Cuando se separa de mí no abro los ojos y siento sus dedos en mi cuello acariciándolo levemente.


            La magia se rompe por el repartidor de comida china. Comemos rápido, casi no hablamos, ansiosos por querer pasar ese trámite que nos separa de nuestro verdadero objetivo. De mi objetivo.


            Cuando terminamos voy al baño, es un sitio pequeño con apenas espacio para una ducha, un váter y un lavabo. Los azulejos son desiguales, debido al paso de los años que cuando se han roto no han encontrado otros similares. Y menos mal porque no sé cuál puede ser más feo.


            Me quito mi vestido azul y me quedo en ropa interior. Un conjunto negro muy mono a bajo precio. Meto el vestido en mi mochila con el móvil de Carlos. La lucecita roja que no para de parpadear indica que está recibiendo mensajes. Sé de quienes son sin necesidad de mirar. Alicia lo busca, lo siento por ella porque está conmigo.


            Esto de saber informática es muy útil, espiaba todas sus conversaciones sin que ellos lo supieran. Una tercera invitada sin serlo al estilo de una ventana indiscreta en internet. Él me gustó desde el principio, un friki obsesionado con «La guerra de las galaxias», un poco tímido, un marginado en el instituto al que ahora no le iba tan mal en su puesto de funcionario. Los frikis ya no son lo que eran, ahora sí están aceptados en la sociedad.


            Ella es una chica que no ha tenido mucha suerte en el amor. Quiere un hombre con el que envejecer, pero eso ya no existe y mucho menos en una red para citas. Allí le partirán el corazón una y mil veces. Hoy no será la última, de eso estoy segura.


            Y aquí estoy yo, no sé muy bien cómo definirme, una mujer en braga y sujetador frente a un espejo pequeño que solo refleja mi cara y parte de mi cuello. Una mujer con un fin, algunos dirán que tuve un trauma de pequeña, o qué ahora estoy loca, o buscan alguna razón para justificar lo que hago. Lo cierto es que me gusta y lo hago porque me divierte. Ellos pueden hacerlo, pues nosotras también. Me encanta la liberación de la mujer.


            Salgo al salón y lo encuentro recogiendo los restos de la cena, levanta la cabeza y me ve. Se queda con la boca abierta, y los platos en la mano, yo me giro en dirección a su dormitorio. Carlos me sigue y cuando se acerca a mí por detrás me rodea con sus brazos. Llevo un pañuelo en mis manos y le ato una muñeca, me doy la vuelta y le beso mientras diestramente le ato la otra. Él me deja hacer, seguramente no se habrá visto en muchas así.


            Le tapo los ojos con la funda de su almohada y lo tumbo en la cama. Desaparezco de la habitación y él me llama inquieto. Le digo que es una sorpresa y que no se preocupe. Me quedo en la puerta con mi cuchillo en la mano. Mi fiel compañero, el único que no me decepciona. No sé por dónde empezar esta vez, por los pies, las manos y llegar finalmente al corazón. O pasar directamente a la acción y a horcajadas apuñalar el corazón, el hígado y los pulmones. Sería distinto de la última vez, pero no lo vería luchar tanto por su vida, y acabaría demasiado rápido.


            Me vuelve a llamar, las prisas nunca son buenas, y él está desesperado. Elijo la opción rápida, ya me estoy cansando. No me parece divertido, lo que antes me había atraído ya no está, se ha esfumado. Resoplo aburrida de la situación y rabiosa porque me estropee este momento. Así que cojo el esparadrapo que hay en mi mochila y le tapo la boca con él. Sé que dejara marca, pero si se lo quito rápido no será permanente.


            Carlos se remueve en la cama, está ansioso, pero para tranquilizarlo le susurro al oído y le muerdo el lóbulo de la oreja. Parece más conforme con la situación, y la verdad es que yo empiezo a animarme de nuevo. Me siento sobre él debajo de su cintura, noto su excitación contra mí, y eso me gusta. Tengo el poder y él lo sabe.


            Todo ha terminado, la sangre gotea por los filos de la cama, se escurre por el somier mientras me deleito en los últimos minutos. Siempre me pasa lo mismo, entro en trance y luego no recuerdo exactamente lo que ha pasado. Intento memorizar cada momento, cada instante, cada acción, sus movimientos, sus intentos de socorro, mis puñaladas una tras otra.


            Sacudo la cabeza y me obligo a moverme, aún me queda mucho que hacer, mi cuerpo está pintado de rojo, mis pecas están ocultas tras la sangre de otro. Me río de mi ocurrencia. Me desnudo y meto la ropa en una de las bolsas del repartidor chino. Le hago un nudo y la dejo en una esquina de la casa. Saco el amoniaco que está bajo el lavabo y hago desaparecer todas las huellas de mis pasos por allí. Cuando está todo limpio, me meto en la ducha y utilizo su jabón hipoalergénico. Veo cómo se va el agua roja por el sumidero y me recreo en ello.


            Me vuelvo a poner mi vestido azul, esta vez sin mi ropa interior acartonada. Entro de nuevo a la habitación para saborear mi obra de arte. Me encantaría hacerle una foto pero me conformo con guardarme la escena en la retina.


            Dejo el móvil de Carlos en el salón, no sin antes borrar los últimos mensajes de Alicia. Lo siento por la primera sospechosa de asesinato, pero nada puede hacerlos llegar a mí.


            Salgo y en el ascensor miro los mensajes de mi móvil, Carolina y Roberto han vuelto a conectarse. Quiero llegar a casa lo antes posible. Roberto es de lo más interesante.



10 comentarios:

  1. Truculento relato que no deja indiferente. los foros de contacto son un peligro, que duda cabe, visto lo visto prefiero el cara a cara desde el primer momento.
    La comida rápida nunca me gustó...mejor el cortejo de toda la vida.
    Un beso.

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    1. A mí ese cortejo de toda la vida me encanta. No entiendo como los adolescentes de ahora pierden esas cosas con el móvil y las redes sociales. Nunca lo veré igual de bonito.
      Un besillo.

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  2. Qué buen relato te has marcado, María. Hacía tiempo que no nos traías a uno de tus protas asesinos y la verdad es que lo echaba de menos. Espero que te lo tomes como un cumplido, porque lo cierto es que los psicópatas de atar se te dan muy bien jajajaja.
    Ameno e interesante, ¡me ha encantado!

    Un besillo de jueves.

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    1. Pues me lo tomo como un cumplido por supuesto. me encanta escribir sobre ellos. De hecho no descarto escribir algún lbro sobre un psicópata de estos. Jejejeje.
      UN besillo.

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  3. Muy bueno, María. Sin concesiones, ni falsos pudores. Y con un final abierto e inquietante. Lo que te digo, cada vez te vuelves más negra.
    Un beso.

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    1. Parece que este género cada día me gusta más, me siento cómoda matando gente (en la ficción) y metiéndome en la mente del asesino.
      Un besillo.

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  4. Que bueno! Si es que no te puedes fiar de nadie y menos de un desconocido, en este caso desconocida. También tengo que decir que el protagonista es muy confiado, porque yo no meto en mi casa a alguien que va tan rápido jajaj
    Un besito :)

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    1. Pues si, demasiado confiado. Pero en el mundo hay de todo, sino no existirían este tipo de asesinatos. No te puedes fiar de nadie, la verdad.
      Un besillo.

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  5. Qué miedo María, :O
    Si ya las redes dan miedo, por aquello que no sabes bien, bien, quién hay detrás, no quiero imaginar que puedan acceder a tus datos.
    El relato es buenísimo.
    Besos.

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    1. Hay que tener mucho cuidado con quien está detrás de una pantalla. A veces engaña.
      UN besillo.

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