24/3/17

La cita. Capítulos del 1 al 15



CAPÍTULO 1

                La noche no era todo lo oscura que él quisiera. La luna brillaba en lo más alto del cielo, ni una nube tapaba su fulgor. El brillo de las farolas era mucho más fuerte que otras noches. O eso le parecía. Habrían cambiado las bombillas hace poco.

                Enfundado en su gabardina, esperaba pacientemente, mientras arrugaba el papel que guardaba en el bolsillo derecho. Lo tocaba, lo acariciaba, volcando todos sus nervios en aquel dichoso papel. En él solo había escrito una hora, un día y una dirección. Esa dirección, ese día, y en diez minutos, esa hora.
 
                Una mujer se acercó a él, despacio, temerosa, como si temiera equivocarse.

                — ¿Eres tú?

                — No lo sé ¿a quién buscas?

                La mujer dejó ver un trocito del mismo papel que él llevaba en el bolsillo.

                — Creo que a los dos nos ha citado la misma persona.

                La mujer asintió, alejándose un poco, pero sin retirarse demasiado del hombre que parecía ser el compañero de su nueva etapa.

                Él miró a la mujer de refilón. Tendría unos treinta, llevaba un vestido negro que le asomaba debajo de aquel abrigo rojo. Llevaba el pelo recogido en un moño, y no se había puesto nada de maquillaje. Era hermosa, a pesar de los nervios que la atenazaban. No paraba de abrir y cerrar el bolso que llevaba colgado.

                — ¿Cómo se llama?

                La mujer miró al hombre como si se hubiera equivocado de persona. Él se arrepintió de hablar en el mismo momento en el que ella clavó sus ojos en él.

                — Preferiría no hablar.

                — Lo siento. — Murmuró él, un poco arrepentido por la pregunta.

                La calle estaba desierta, la media noche estaba a punto de llegar, y con ella, un hombre se acercaba a paso ligero.

                — Buenas noches, ¿he llegado tarde?

                — No sé a qué se refiere. — El hombre de la gabardina estaba deseando que alguien le aliviara de aquella tensión.

                — ¿Están citados aquí?

                El hombre enseñó el mismo papel que ellos llevaban.

                — Debería guardarlo. — La mujer dijo esto mirando hacia otro lado.

                El hombre recién llegado sonrió al hombre de la gabardina, haciéndolo cómplice de aquella espera.

                Cuando parecía que iban a ponerse a hablar, un todoterreno negro paró a su lado y la puerta de atrás se abrió. Ellos se miraron, la mujer fue la primera que decidió entrar. Tras ella, la puerta se cerró. Un nuevo coche paró en el mismo sitio.

                — Pasa tú, has llegado primero.

                El hombre de la gabardina entró en el coche sin rechistar, y la puerta se cerró tras él. Lo mismo ocurrió con el último hombre. La acera se quedó vacía con el resplandor de la farola, y la luna que había sido única testigo de lo que había pasado.

CAPÍTULO 2.

                Hugo caminaba deprisa pensando en todo lo que tenía que hacer ese día. La reunión con los inversores era lo primero de aquella mañana agotadora. Llevar una empresa como la suya requería mucho tiempo y compromiso, que le había quitado a otras facetas de su vida.

                No tenía novia desde que salió de la Universidad, por supuesto había tenido algún que otro escarceo, pero ninguno de importancia. Su trabajo no le dejaba. Toda su vida había estado dirigida a ese momento. Cuando era pequeño veía a su padre ponerse aquel traje perfecto, coger su maletín y dirigirse a la oficina.

                Al hacerse un poco mayor lo empezó a acompañar algunos días. Se paseaba por el edificio encontrando todos los escondites posibles en los que pudiera meterse. Hablaba con todos los empleados y les contaba sus historias.

                En especial, siempre se paraba más de lo normal con la secretaria de su padre, una mujer de unos 40 años, divorciada y con tres hijos. Ella siempre tenía tiempo para él, para sus historias de colegio y después para las de la Universidad. Cuando su padre ya no estaba, Hugo la contrató como su secretaria.

                Siempre iba andando a la oficina, el aire fresco de la mañana le ayudaba a refrescar la mente. Llegó a la oficina como siempre de los primeros. Solo el conserje y algunas limpiadoras estaban allí.   

                — Buenos días Ramón.

                — Buenos días señor Gutiérrez.

                Llegó a la oficina, Candela, no estaba en su mesa. Habría ido a hacer alguna fotocopia. Siempre llegaba antes que él. Por mucho que él intentaba adelantarla, ella sabía que iba a hacer.

                Dejó el maletín sobre el sofá y se sentó en la mesa. Un café humeante le esperaba. Sonrió y se tomó un sorbo mientras abría la correspondencia. Un sobre le llamó la atención. El papel era muy suave, y en el solo había dos palabras “La cita”. Lo miró detenidamente, pero no descubrió nada más, así que lo abrió. Dentro un papel, con una sola frase:

¿Es esto lo que quieres?

                Pensó que era una broma, miró el reverso, nada, volvió a leer la pregunta.

                — Buenos días jefe. ¿Preparado para la reunión? ¿Estás seguro de que es lo que quieres?

                Hugo miró a su secretaria embobado.

                — ¿Qué le pasa señor?

                — Candela, ¿sabes quién ha traído este sobre?

                — No lo sé señor, la ha traído Ramón con toda la correspondencia. ¿Se encuentra bien?

                — Sí, claro. — Hugo guardó el sobre con la hoja en un cajón de su oficina. — Vamos a la reunión.

CAPÍTULO 3

                El sol se escondía entre los edificios mientras Ágata volvía de camino a casa. Aquel día había sido agotador, pero septiembre siempre lo era en su trabajo. Mientras caminaba y miraba todos esos escaparates recordó el primer día que abrió su librería. Una tienda de dos plantas con una cafetería, un espacio para que los más peques pudieran jugar y un rinconcito para los ebook con wifi y suficiente tecnología para a los que el papel se les había quedado pequeño. Ese había sido su sueño desde pequeña, y llevaba más de dos años cumpliéndolo.

                Era una mujer afortunada, todo el mundo de su entorno apoyó su decisión, a pesar de la crisis, todos le ofrecieron su apoyo incondicional, sus amigos, su familia, incluso su pareja en aquel momento, David. Un suspiro le trajo su recuerdo. Hacia dos meses que ya no estaba en su vida.

                Llegó a su casa y automáticamente cogió el correo del buzón sin mirarlo. Subió en el ascensor y abrió la puerta. Nadie fue a recibirla, solo el olor a limpio que tanto le gustaba. Sara venía todos los días a limpiarle la casa, no había mucho que hacer, ella lo sabía, pero le encantaba ese olor a limpio cuando llegaba por la noche. Casi nunca se veían, pero el día en el que David se fue le dijo que se quedara un par de horas más, no quería que quedara ni una huella de él en su casa y limpiaron juntas, en silencio.

                Se dio una ducha rápida, no se lavó el pelo, se hizo una tortilla para cenar y se sentó en el sofá delante de la tele con las noticias de fondo. Mientras cenaba miraba los mensajes del móvil que no había podido ver en todo el día. Contestó algunos y cogió el correo. Las noticias ya habían acabado, pero no se había dado ni cuenta. Miró el correo. Le extrañó que hubiera tanto aquel día. La mayoría de las facturas ya eran electrónicas.

                Un sobre más grande que los demás destacaba, lo dejó para el final. Un poco de publicidad, y revistas después, cogió aquel sobre en el que versaban solo dos palabras: “La cita”. Lo abrió sin cuidado y sacó el único papel que había.

¿Es esto lo que quieres?

                Miró y remiró la hoja, vio que no había sello ni matasellos, así que alguien lo había metido en su buzón  directamente. Pensó que sería alguna publicidad y le mandó a su vecina un mensaje para preguntarle si había recibido el mismo sobre. Su vecina le contestó que no había recibido nada ese día. Estuvieron las dos un rato inventando historias sobre aquella carta misteriosa, hasta que Ágata bostezó por tercera vez y decidió irse a la cama.

                A la mañana siguiente, el sobre pasó al fondo de su cerebro.

CAPÍTULO 4.

                Los cuatro niños iban hablando en la parte trasera del coche. Todos contaban sus historias a la vez, interrumpiéndose unos a otros y pegándose a escondidas de su padre, que conducía atento a cada historia.

                Pedro había conseguido hacer más de dos cosas a la vez. Escuchar a sus hijos, conducir prudentemente y saber que canción sonaba en la radio en aquel momento. Todo eso lo había alcanzado gracias a su decisión de dejar su trabajo para dedicarse exclusivamente a la crianza de sus cuatro hijos. Algo que no le dejaba tiempo para nada.

                Se pasaba el día entre tareas, pelotas, parques, y conversaciones de niños, o si le dejaban con algún adulto en el parque sobre el único tema del que podían hablar: los niños.

                Nunca se había arrepentido de dejar su trabajo, aquello le encantaba, aunque por la noche estuviera demasiado agotado como para tener una conversación larga con su mujer.

                Los fines de semana eran distintos, los dos juntos se dedicaban a los niños, e incluso a estar un rato los dos solos a repasar lo sucedido durante la semana.

                Aquel viernes Pedro estaba más contento porque habían planificado una acampada para ese fin de semana. Todos en el campo tendrían tiempo se estar juntos, de ponerse al día y desconectar al aire libre.

                Llegaron a casa, entre saltos, gritos, y mochilas. Todos se peleaban por coger las cartas del buzón, pero esta vez le tocaba a María, la mayor de todos, la más responsable, que con solo siete años cuidaba de sus hermanos y hacía sus tareas sin que sus padres tuvieran que decírselo.

                María le ofreció todos los sobres a su padre que ni los miró. Los dejó en la mesa de la entrada, y se fue a poner la mesa.

                Unos minutos más tarde su mujer entró por la puerta. Todos fueron a abrazarla y a llenarla de besos. A contarles sus historias sin parar. Pedro también fue a darle un beso.

                — Ve a ponerte cómoda, la comida ya está en la mesa. ¡Niños lavaros las manos antes de comer!

                Mientras decía esto, Pedro miraba las cartas que habían llegado esa mañana. Alguna que otra factura, publicidad y un sobre sin remitente a su nombre. Le entró curiosidad y lo abrió. Dentro había un papel con una sola frase que decía:

¿Es esto lo que quieres?

                Le extrañó y fue a enseñárselo a su mujer que estaba quitándose la ropa del trabajo.

                — ¿Qué es esto?

                — No lo sé, estaba con el resto del correo.

                — Será alguna publicidad.

                — ¿A mi nombre?

                — Te habrás inscrito a algo sin darte cuenta.

                Pedro se encogió de hombros y pensó que su mujer tendría razón. Volvió a poner todo en la mesa de la entrada y pronto el sobre quedó olvidado entre risas, lentejas y maletas.

CAPÍTULO 5.

                — Aquí le traigo el expediente que me solicitó.

                — Gracias Andrea. Déjalo sobre la mesa.

                Miraba por el gran ventanal de su oficina con un café en la mano y miles de pensamientos en la cabeza. Había llegado hasta ahí con su propio trabajo, a pesar de haber heredado una fortuna y de ser una de las personas más ricas del país, jamás saldría en la revista Forbes.

                Pensaba en aquel recorrido, largo y lleno de baches que la habían traído precisamente a aquel momento. Ese que había ansiado desde que se enteró que heredaría una cifra impronunciable para cualquiera.

                Miró su mesa, varias carpetas la tapaban por completo. Miró las fotografías que había sobre ellas y los reconoció a todos. Se sabía sus vidas desde el principio hasta el final, y el principio no era su nacimiento. También conocía sus antepasados, de donde procedía su familia y como habían llegado donde estaban.

                Volvió a mirar por la ventana, desde la última planta de su edificio. No era el más alto, pero tenía unas vistas envidiables. Desde aquellos ventanales veía todas las mañanas la salida del sol. Una de las ventajas de vivir en una ciudad sin mucha contaminación.

                Dejó la taza vacía en la mesita que tenía cerca del sofá y se volvió a sentar en la mesa. Abrió la última carpeta que le había traído Andrea. Había algo dentro de aquel expediente que se le pasaba por alto. No terminaba de tenerlo claro. Lo volvió a leer desde el principio, desde aquellos bisabuelos que trabajaban la tierra para poder comer.

                Estaba tan concentrada en su tarea que no se dio cuenta de que Andrea estaba de nuevo frente a ella.

                Esta carraspeó varias veces para que su jefa la oyera. Sabía que cuando estaba así de concentrada no había manera de que la escuchara.

                — Manuel ha vuelto.

                — Aja.

                — Señora Arias, Manuel ha vuelto.

                — Te he dicho mil veces que no me llames señora Arias. Me hace sentir una vieja.

                A pesar de haberle contestado, sus ojos no se levantaban de aquella carpeta.

                — ¿Ha habido algún problema con la entrega?

                — Ninguno.

                — Muy bien, págale y que se tome el día libre.

                Andrea salió de la oficina de la misma manera que había entrado. Miró a su jefa desde la puerta. Seguía sin levantar la vista de su mesa. Sonrió para sí. Sabía que no pararía hasta que encontrara lo que le perturbaba.

                Después de quince años con ella, conocía su forma de ser y su modo de actuar. Pero su vida era un auténtico misterio. Cuando empezó a trabajar para ella, intentó investigar un poco sobre la persona para la que trabajaba, se pasó semanas buscando por todas partes y no encontró nada. Parecía que acababa de nacer. Un día se acercó a su mesa.

                — Sé que tu curiosidad no ha sido satisfecha. Solo espero que lo dejes. Si trabajas para mí tendrás que hacerlo confiando plenamente, sin necesidad de saber más de lo que yo te cuento. Si esto es así algún día te contaré mi historia. Aunque creo que te decepcionará.

                Dicho esto volvió a meterse en su despacho y no salió más. Tres días después la llamó a su despacho, pero no se volvió a mencionar el tema. Quince años después aún no sabía nada de ella.

CAPÍTULO 6.

                El coche recorría la ciudad a una velocidad más lenta de lo habitual. Hugo miraba por la ventana como el paisaje ya conocido de aquellos edificios pasaba ante él. Al principio había intentado mirar quien conducía, pero un cristal tintado lo separaba del conductor. Así que se resignó a aquella intriga.

                Cuando recibió la segunda carta diciéndole que en su vida nada era como él quería, empezó a sospechar. En aquella carta, existían demasiados detalles íntimos que no conocía mucha gente. Utilizó todos sus recursos para descubrir quién le mandaba aquellos sobres llenos de misterio. Lo único que descubrió fue a un mensajero llamado Manuel, cuya vida no podía ser más normal. Había sido pagado para ese trabajo por alguien anónimo que le ingresaba el dinero en su cuenta y le daba instrucciones de la misma manera que él recibía los sobres.

                Decidió dejarse llevar por su instinto, y pensó que una aventura en su monótona vida no le iba a hacer ningún mal. Además la curiosidad por saber más de la persona que estaba detrás de esos sobres podía más que la prudencia.

                Ágata se miró en el espejo de mano de su bolso una vez más. Las ojeras habían crecido en los últimos días, el no dormir estaba haciendo efecto. Había dejado todo su mundo atrás por unas cartas demasiado reveladoras. Pero sabía que siempre podría volver. A cargo de la librería estaba Ana, en la que siempre podía confiar.

                Instintivamente pisaba el acelerador ficticio debajo de su pie, le ponía nerviosa la velocidad a la que iban. A ese paso no llegarían nunca a su destino, fuese cual fuese. Después de leer tantas novelas, su imaginación había volado a multitud de posibilidades. Incluso había pensado que David había orquestado todo aquello. Se le borró la idea en cuanto esperó junto a aquellos dos hombres bajo la farola.

                Pedro solo podía pensar que ahora mismo sus hijos dormían plácidamente, mientras su mujer no podría conciliar el sueño. Lo habían hablado largo y tendido. Aquel sobre con instrucciones de lo que recibirían si el aceptaba los acercó un poco más a acceder a aquella aventura que tanto los intrigaba. Lucía pediría una excedencia mientras él estuviera fuera, y recibiría el mismo sueldo en su banco sin reservas. Él era más reacio a acceder, pero su mujer estaba completamente intrigada, así que finalmente aceptaron la invitación.

                Los tres coches salieron de la ciudad, los ocupantes de los vehículos pensaban cada uno en sus vidas, pero con algo en común, no podían adivinar que era los que los traía a aquel episodio.

                Una mujer observaba las pantallas que tenía delante. Tres personas en tres vehículos miraban por la ventana y tenían gestos de nerviosismo. Ella sonrió. Miró la cuarta pantalla apagada con cierta nostalgia. Volvió a abrir la carpeta y observó la foto. Volvió a cerrarla con un suspiro.

                — Nunca es tarde.

CAPÍTULO 7.

                Las pesadillas  eran cada vez más intensas. Se levantaba empapado en sudor y con la sensación de ahogo que casi no le dejaba respirar. Incorporado en la cama intentaba volver a su respiración acompasada, mientras, en la cabeza se mezclaban imágenes inconexas, niños jugando, un vacío, encontrarse perseguido y una carta, un sobre que sabía exactamente de quien era.

                Se quitó el pijama mojado y lo echó a una esquina de su habitación impoluta. Sacó uno nuevo del armario y se lo puso. Se metió en la cama entre sábanas húmedas e intentó dormir. Pero su cabeza no paraba de darle vueltas a aquellos sobres que había recibido. Aquella noche era la cita, y él había decidido no ir.

                Cuando le llegó el primer sobre una imagen le vino a la cabeza. Una chica bella, que hacía mucho tiempo que no veía, una mujer que había conseguido desaparecer del mundo de los vivos. Y eso que la había buscado. Con su coeficiente intelectual de su parte y su trabajo en la policía tenía acceso a todas las personas de España. Pero a ella no pudo encontrarla.

                Todo lo que había de ella estaba en papel, y tenía más de quince años. Además de sus propios recuerdos.

                Recibió cada sobre con inquietud, los abría delicadamente, los leía y releía, olía el perfume que desprendían, los observaba con lupa para encontrar alguna pista que le llevara a aquella mujer.

                Aquel día estaba preparado para acudir a la cita, pero un nuevo pensamiento le sobrevino de repente. Si quería verla aquella no iba a ser la manera. La cita no sería con ella, nunca aparecería para verse así. Además, estaba seguro de no ser el único citado en aquel lugar.

                Tumbado en la cama, después de aquella pesadilla, sus pensamientos eran otros. Miró el despertador, las dos de la madrugada. Sabía que ya era tarde para cambiar de opinión, pero también sabía que si no lo intentaba se arrepentiría toda la vida, porque posiblemente no volvería a saber de ella.

                Lucas se levantó de la cama y se vistió con unos vaqueros y una sudadera gastada, la ropa que tenía siempre preparada para una urgencia. Llegó a aquella esquina corriendo, su forma física no le dejaba estar cansado, pero si otra vez envuelto en sudor. Miró a aquella farola que no dejaba de brillar. Algo le llamó la atención, sonrió.

                — Buenas noches mi querida Lady.

                Al otro lado de la cámara una mujer en su despacho se sobresaltó, su piel se erizó, y por primera vez en mucho tiempo el miedo volvió a asomarse a sus ojos. Hacía una eternidad que no la llamaban así. Él era el único que sabía quién era la persona detrás de los sobres, pero no podía ser de otra manera. Sonrió, alejando cualquier atisbo de turbación.

                — Buenas noches mi querido Lord. Bienvenido al juego.

                Un coche negro se paró en la esquina, Lucas entró sin pensarlo dos veces. Volvería a verla, esa era la única forma. Ahora lo sabía.

CAPÍTULO 8.

                Tres coches entraron seguidos a través de la verja de hierro. Los ocupantes miraban por la ventana, observando cada rincón de aquella residencia. Subieron por un camino serpenteante rodeado de árboles y de césped que se extendía en la oscuridad de la noche. El camino estaba iluminado, pero no había más luces más allá del asfalto.

                Llegaron a una casa enorme, de esas que solo se ven en las películas. Todos salieron del coche mirando hacia arriba, observando aquel caserón que dejaba sin habla a cualquiera. A todos les resultaba familiar, pero no la situaban en ninguna parte de sus recuerdos.

                Un hombre se dirigió a ellos.

                — Buenas noches. Me llamo Manuel, y estoy aquí para guiarles en su estancia. Síganme.

                Los tres se miraron y siguieron a aquel muchacho que no tendría más de 30 años.  Todo era un enigma y cada vez tenían más preguntas, aunque algo les decía que todavía no podían hacerlas.

                — Aquí tienen sus maletas. En ellas encontrarán todo lo que necesitan, si por casualidad se nos ha pasado algo, solo tienen que decírmelo. Cojan la que tiene su nombre y síganme a sus habitaciones.

                — Sobra la maleta de Lucas. Aquí no lo veo.

                — No se preocupe Pedro, él llegará más tarde. Por aquí. — Dijo señalando la puerta.

                Los tres subieron detrás de Manuel, llegaron a un recibidor decorado con arte moderno. Subieron unas escaleras, también del mismo estilo y llegaron a una planta con un pasillo a la derecha y otro a la izquierda. Los dos estaban llenos de puertas. Manuel se fue a la derecha, y los demás lo siguieron.

                — Las habitaciones permanecerán cerradas durante toda la noche. No están encerrados, simplemente es para que no tengan la tentación de salir a investigar por la casa. Todo está cerrado así que no verán nada.

                — Si todo está cerrado, ¿por qué nos encierran a nosotros también? ¿Y si queremos ir al baño?

                — Tienen uno en su propio dormitorio, y una nevera equipada con bebidas y comida por si les entra hambre a media noche. Tienen una televisión, un ordenador sin internet y un teléfono para comunicarse solo dentro de la casa. No pueden conectar con sus familias, así que les agradecería que me dieran sus móviles antes de entrar.

                Ninguno se movió, todos se miraron interrogantes, sin saber que hacer exactamente.

                — Ustedes han decidido venir, nadie les ha obligado.

                Ágata sacó su teléfono y se lo dio a Manuel, los demás hicieron lo mismo. Manuel introdujo un número en el panel que había al lado de la puerta, y esta se abrió. Ni siquiera se escondió para introducirlo. Todos lo vieron.

                — Esta es su habitación Ágata.

                Ella entró con seguridad, y la puerta se cerró tras ella. Su habitación era sencilla y moderna, todo en blanco, como a ella le gustaba. Muebles blancos, colcha blanca, todo minimalista. Abrió la nevera, y allí estaban sus marcas favoritas de yogures, varios quesos, y alguna que otra cosa más que eran de su gusto. ¿Cómo sabían tanto de ella?

                Las habitaciones de Pedro y Hugo eran diferentes, cada una al estilo de ellos. En la habitación de Pedro había unos cuantos peluches copias de los que sus hijos tenían en casa. Las maletas no eran distintas de las habitaciones, ropa de su gusto y de su talla. Todos cogieron un pijama y se metieron en la cama. No todos dormirían plácidamente aquella noche.

                Otro coche llegaba a la casa un poco más tarde y un hombre bajó de él.

                — Hola Manuel.

                — Buenas noches Lucas.

                — Supongo que esta será mi maleta. ¿Vamos?

                Manuel llevó al nuevo inquilino a su habitación. Este entró sin decir ni una palabra más.

CAPÍTULO 9.

                Ágata se despertó con  una música de fondo conocida. Aleluya sonaba por toda la casa, haciéndola olvidar por un momento donde se encontraba. Se paró un poco a escuchar y reconoció la versión de Rufus Wainwright. Abrió los ojos y se topó con la realidad. La puerta de su dormitorio estaba abierta, así que se levantó y descalza y en pijama salió a la puerta. Allí se encontró con sus compañeros, más uno que no conocía.

                Se acercó a ellos y se unió a las presentaciones. Más valía ser amiga de los que estaban como ella.

                — Buenos días. Soy Ágata.

                Los demás se presentaron. Ahora que los miraba por primera vez sin la tensión de la noche, algo en ellos le resultaba familiar.

                — ¿Nos conocemos?

                — Yo también tengo esa sensación. Como si os conociera de antes, pero no consigo ubicaros. Podemos hablar un poco de nosotros para saber…

                — El desayuno está listo en el comedor. Bajen a la primera planta.

                Una voz había sustituido a la música y había interrumpido a Hugo. Todos se miraron y como si la voz les leyera el pensamiento contestó a sus preguntas.

                — Pueden cambiarse primero.

                Los cuatro decidieron ducharse, y en menos de media hora ya estaban abajo. En el comedor había una mesa cuadrada con cuatro cubiertos, pequeña y acogedora. En un lado de la pared una mesa más alargada contenía toda clase de comida, frutas, leche, café, tés, pan de distintas clases, bollería,…

                Cada uno cogió lo que le apetecía en silencio, y se fueron sentando alrededor de aquella mesa. Ninguno hablaba, parecía que el hambre los hubiera absorbido por completo. El primero que acabó de comer fue Pedro.

                — Bueno empezaré yo a presentarme. Me llamo Pedro, estoy casado y tengo cuatro hijos. La mayor tiene siete años y el pequeño solo dos, en medio están los mellizos de cinco años. Ahora no estoy trabajando, me dedico a ser amo de casa y a cuidar de mis niños. Así que como no nos conozcamos de algún cumpleaños infantil o de algún parque, no sé de qué puede ser.

                — ¿Dónde trabajabas antes?

                — Hugo, ¿no? Pues soy funcionario, trabajaba en Hacienda.

                — Creo que de eso no va a ser. Tengo asesores que van a Hacienda por mí. Me llamo Hugo, heredé la empresa de mi padre cuando falleció, desde entonces mi vida solo es trabajo. Fui a la Universidad, pero de mi infancia conozco poco. Sé que soy adoptado, pero no recuerdo mucho antes de eso.

                — Yo también soy adoptada. Me llamo Ágata, como ya os he dicho. Tengo una librería que he montado yo sola con mucho esfuerzo. No estoy casada y ahora no tengo pareja. Me paso el día trabajando, no tengo tiempo para mucho más. Así que a lo mejor nos hemos visto en la librería, se llama Palabréame.

                Se quedaron pensando un momento.

                — Yo si he estado allí, para comprarle libros a mis peques, mi mayor sobre todo es una lectora compulsiva.

                — Faltas tú. — Hugo se dirigió a Lucas.

                — Buenas, me llamo Lucas. Deciros que ayer llegué más tarde porque no pensaba venir. Soy policía, vivo solo y tampoco tengo pareja ni hijos. Yo… también soy adoptado. No tenéis que seguir buscando, nos conocemos de esos años antes de ser dados en adopción.

                La sorpresa se dibujó en la cara de todos los asistentes.

                — ¿Y tú cómo lo sabes?

                — Hugo, parece que yo recuerdo algo más que vosotros.

CAPÍTULO 10.

                — ¿Qué recuerdas más que nosotros? No lo entiendo, ¿qué haces tú aquí? ¿Por qué no venías con nosotros anoche?

                Ágata se levantó tan bruscamente, que la silla cayó al suelo dándole más dramatismo al momento.

                — Deberías calmarte, no creo que Lucas sepa tanto como dice, sino no estaría aquí, ¿no es verdad?

                — Si os sentáis podré contaros el porqué de mi estancia aquí, Pedro. No hace falta ponerse suspicaces.

                — Creo que ha sido un error venir aquí.

                Ágata levantó su silla, y salió de la habitación, mientras los presentes se la quedaban mirando sin decir nada. Llegó a su cuarto donde la cama ya estaba hecha. Buscando su maleta, la encontró dentro del armario. Toda clase de ropa estaba colgando de las perchas, un par de vestidos arreglados, camisas, vaqueros, camisetas,… Había más ropa que en su casa, y todo de su talla.

                — Siento que te sintieras mal abajo. Sé lo que se siente cuando no se recuerda nada y hay algo que te falta, sin saber muy bien lo que es.

                Ágata se giró hacia la puerta y allí se encontró a Hugo.

                — No sé qué hago aquí.

                — Si lo sabes. Necesitas descubrir eso que te levanta a media noche entre sudores. Necesitas respuestas a preguntas que ni siquiera sabes que existen. Todos estamos aquí por eso. Y si Lucas tiene respuestas que nosotros no tenemos, lo mejor será que le escuchemos.

                Ágata le sonrió mientras cerraba la puerta del armario.

                — ¿Sabes que tengo el armario lleno de ropa? Supongo que todos la tendremos.

                — Parece que vamos a pasar una temporada aquí juntos. ¿Qué es eso?

                Ágata se volvió a la cómoda y se acercó a lo que parecía una caja de madera. Hugo también se arrimó. A simple vista no tenía ninguna cerradura, Ágata la cogió en sus manos y le dio vueltas.

                — Parece un cubo de madera simple y llano.

                — Que cosa más rara.

                — Mira a ver si tienes uno en tu cuarto.

                Hugo salió del cuarto mientras dejaba a Ágata mirando cada esquina de aquel cubo de madera. Desde su cuarto le gritó:

                — ¡Aquí tengo otra cosa! ¡Ven tráete el cubo!

                Ágata se tropezó en el pasillo con los demás que subían del desayuno.

                — ¿Qué llevas ahí?

                — No lo sé Pedro, mira en tu habitación a ver si tienes otro.

                En la habitación de Hugo todos miraban aquellas cuatro figuras, un cubo, un rombo, una pirámide y una esfera. Una sensación familiar les invadió.

                — Creo que hay algo ahí, como un orificio pequeñito.

                Todos miraron donde señalaba Pedro.

CAPÍTULO 11.

                En el cubo había un pequeño agujero por donde solo cabía un alfiler. Todos se pusieron a buscar por sus habitaciones a ver si encontraban alguno. Miraron en la cama, en los cajones, revolvieron toda la ropa de los armarios, pero no encontraron ninguno.

                La voz de Manuel sonó por toda la casa.

                — Si ya han desayunado salgan un rato a los jardines a dar un paseo. Necesitan aire fresco para empezar con las actividades.

                Todos salieron al pasillo.

                — No sé por qué tenemos que obedecer todo lo que dice ese señor.

                — Ágata se supone que estás aquí porque has querido, vamos a ver dónde nos lleva esto.

                Hugo la agarró del brazo y juntos bajaron las escaleras, seguidos por Lucas y Pedro. No les vendría mal estar fuera de aquella casa en la se sentían vigilados todo el tiempo.

                Al salir por la puerta se dieron cuenta de la gran extensión que tenían aquellos jardines. No llegaban a ver la puerta de entrada, el césped cubría todo de un verde radiante. Había árboles por todas partes y un camino de tierra además del de asfalto que los había llevado hasta allí.

                Decidieron seguir aquel camino de tierra, y en silencio anduvieron unos cuantos metros, había bancos de piedra en los laterales, y flores de muchos colores. Ágata se soltó del brazo de Hugo y se alejó del camino para tumbarse boca arriba en el suelo. El sol le daba en la cara y cerró los ojos para saborearlo.

                Los tres hombres se la quedaron mirando unos segundos antes de unirse a ella. Pronto estaban tumbados los cuatro, de tal manera que habían formado una cruz.

                — Solo por este momento merece la pena venir, tanto tiempo en la oficina no puedo permitirme el lujo de disfrutar del sol.

                — A mí me pasa como a ti Hugo, en la librería no da mucho el sol.

                — Pues yo lo disfruto con los peques en los parques, pero no estoy acostumbrado a esta tranquilidad y este silencio.

                — Por mi trabajo tampoco disfruto mucho del sol. —dijo Lucas de forma escueta.

                Ágata se sentó de golpe como si se hubiera acordado de algo.

                — Antes nos ibas a decir lo que sabías. Puedes aprovechar ahora que nadie nos escucha.

                — Yo no estaría tan seguro de eso. Hay cámaras por todo el jardín, en las farolas y en los árboles.

                Todos se sentaron y empezaron a mirar a su alrededor, no veían nada.

                — Pues yo no las veo. — Pedro incluso se levantó para poder mirar mejor.

                — Soy policía, detecto esas cosas. Pues si Ágata no es casualidad que todos estemos aquí, ni siquiera que nos resultemos tan familiares y estemos a gusto juntos. ¿O es que vosotros no lo sentís? En ningún momento me siento como si estuviera con extraños.

                Todos asintieron con la cabeza. Era raro pero se sentían como si fueran viejos amigos que hace tiempo que no se ven, pero que cuando se reencuentran es como si no hubiera pasado el tiempo.

                — Yo me acuerdo de algunas cosas más que vosotros por lo que he podido dilucidar en este poco tiempo que hemos estado juntos. ¿No os falta algo? A mí sí. Me falta una quinta persona, una mujer que creo que es la artífice de todo esto. Llevo buscándola años, y ahora me ha dado la oportunidad de llegar hasta ella.

CAPÍTULO 12.

                Lucas miró hacia un árbol y sonrió. Al otro lado de la cámara, otra mujer le devolvió la sonrisa entre lágrimas. No había podido evitar  estar presente en aquella conversación. Los envidiaba por poder tumbarse al sol como habían hecho en otros tiempos. Quería estar allí y contarles por todo lo que había pasado para llegar hasta ellos. Todo lo que había hecho, investigado y sufrido para conseguir lo que se proponía.

                Quería contarles que los había visto en sus vidas cotidianas, que le había preguntado a Ágata por recomendaciones literarias, que había ido al parque a leer mientras observaba a los hijos de Pedro columpiándose o corriendo con su padre. Que había tomado café en la cafetería donde Hugo siempre acostumbraba desayunar, justo a su lado.

                Al único al que no había podido acercarse era a Lucas. Él la buscaba, y ella lo sabía, y a pesar de haber estado incontables veces en la puerta de su casa en plena madrugada con el único deseo de subir y contarle todo. Siempre seguía su camino para volver a su más absoluta soledad.

                Ahora estaban todos juntos de nuevo, solo faltaba ella. Y a pesar de ese deseo de querer estar allí y contarles todo lo que ella sabía y ellos ignoraban, tenían que acordarse ellos solos. Si podían.

                Manuel llegó hasta los invitados de la casa sin ser oído ni visto.

                — Les ruego que vengan conmigo a la casa. Tenemos sesión de cine.

                Todos se levantaron del césped, ya resignados a seguir las órdenes de aquel muchacho. Entraron en una sala de la primera planta con una pantalla en la pared y unos sillones enfrente como una sala de cine. Al lado de cada sillón había una mesita pequeña con carpetas marrones puestas encima. En cada una estaban los nombres de los invitados, y otra que no llevaba nombre. Ágata fue a cogerla, pero Manuel se le adelantó poniendo la mano encima.

                — Siéntense en los sillones al lado de su carpeta. Ahora tendrán un visionado, y después pueden observar sus carpetas e intercambiárselas con sus compañeros. Esta déjenla para el final, cuando ya hayan visto las demás. Gracias.

                Manuel salió por la misma puerta que habían entrado, y esta se cerró de golpe, como las de sus habitaciones. La pantalla se encendió y en ella aparecieron unas imágenes en blanco y negro. En ellas se veía la misma casa en la que estaban, aunque viéndola un poco mejor, no era la misma, el paisaje de alrededor cambiaba. Un año apareció en medio, 1946. Niños caminaban por los jardines acompañados de mujeres con batas blancas. Parecían enfermeras.

                Daba la sensación de un colegio de la época un poco estricto. De pronto cambiaron al color y otro nuevo año apareció en pantalla, 1980. La escena era parecida con niños diferentes, y mujeres distintas con las mismas batas. Otro año: 1990. Las mismas imágenes, solo que ahora veían a cinco niños en pantalla tumbados en el césped como habían hecho hace un rato. Todos se reconocieron en esas imágenes, a pesar de no tener fotos de cuando eran pequeños, sabían que eran ellos.

                Ágata se levantó de un salto y se acercó a la pantalla, se tocó a si misma veintisiete años más joven. Sintió que las piernas le flaqueaban, dos lágrimas rodaron por sus mejillas mientras caía de rodillas al suelo.

CAPÍTULO 13.

                Eran las dos de la madrugada, el silencio reinaba en el ambiente. Una niña de diez años descendía por una cañería desde un segundo piso. Abajo un chico de su misma edad miraba hacia arriba. Cuando sus pies tocaron el suelo, corrieron como balas cogidos de la mano. Se miraron y sonrieron por la travesura que realizaban. Cuando llegaron a un árbol los dos se pararon y se sentaron uno frente al otro. La luna brillaba en lo alto y sus ojos ya estaban acostumbrados a esa media oscuridad.

                Se miraron un rato con las manos todavía cogidas, esperando a que su respiración se ralentizara. Él le tocó el pelo suelto castaño.

                — ¿Y tu trenza?

                — Me la he quitado para dormir.

                Los dos se sonrieron, no era la primera vez que habían escapado de aquella manera, pero si la primera que lo habían hecho los dos solos, sin decírselo a los demás. Durante el día no tenían tiempo ni para hablar y si se miraban demasiado los separaban. Así que aquellos eran los únicos momentos en los que podían sentirse solos.

                La niña de repente se acordó de algo, soltó la mano y la acercó al árbol. Movió un poco de hierba y miró las dos iniciales que allí había. Un sencillo y pequeño lyl apenas se vislumbraba si no sabías donde mirar. El niño le puso la mano encima y los dos se rieron, en silencio. Sabían que todo estaba vigilado.

                — ¿Se enfadaran los demás?

                — No te preocupes, he hablado con Pedro y Hugo y están encantados de dormir más esta noche. ¿Y Ágata?

                — Ella fue la que me dijo que viniéramos nosotros.

                Otro silencio se acomodó entre ellos. Se sentían cómodos, a pesar de no mirarse a los ojos solo en ocasiones fugaces durante el día, y en aquellas escapadas de los cinco. Uno de sus juegos favoritos era mirarse durante minutos. Aquello les tranquilizaba y si en algún momento en el colegio se sentían mal, enseguida buscaban la mirada de alguno. Les devolvía la paz que tanto necesitaban allí.

                Pero era la primera vez que estaban ellos dos solos. Y a pesar de ser distinto, se sentían bien estando juntos.

                — Lidia, me gustaría…

                — Dime.

                El niño acercó su cara a la de ella. La niña le sonrió dándole permiso para lo que sabía que iba a pasar. Se besaron, apenas un roce de labios, un susurro en la noche, un segundo de amor inocente. Las mejillas de ambos se volvieron carmesí.

                — Querido Lord guardaré este primer beso hasta el fin de mis días.

                — Querida Lady mil besos más tendrá para recordar.

                Lucas no podía estar más equivocado. Aquel fue el primero y el único beso que se dieron. Por suerte no fue olvidado por ninguno de los dos. Lucas no sabía si ella lo habría olvidado, o si aquello fue lo que hizo que ellos no olvidaran. Sabía que si estaban allí era porque ella tampoco había perdido en la memoria aquellos años.

                Su mente volvió a la realidad cuando vio a Ágata de rodillas en el suelo. Todos se levantaron a ayudarla. Ella no les dejó levantarla, así que por instinto, todos se sentaron a su lado en el suelo. Durante un largo momento ninguno habló. Ella fue la que rompió el silencio.

                — Somos nosotros. — Apenas un susurro salió de sus labios.

                Se giró hacia Lucas y su mano le tocó la cara. Él le sonrió, sabiendo que lo había reconocido. Ella le devolvió la sonrisa. Se giró al otro lado donde Pedro tenía la cabeza agachada. Ella se la levantó con el dedo en la barbilla.

                — ¡Ay Pedro! Eres tú. Eres…

                Se abrazó a él y pronto se convirtió en un abrazo de cuatro. Parecía que no se iban a separar nunca.

                Desde un despacho, una mujer se enjugaba las lágrimas mientras observaba la escena.

CAPÍTULO 14.

                Lo único que se oía en la sala era el rasgueo de las hojas al ser pasadas. Cada uno sentado ya en su silla y repuesto de las emociones, cogieron las carpetas con sus nombres y empezaron a leer. Allí se podía leer y ver todas sus vidas.

                Ágata podía ver fotos de David, de sus padres, del comienzo de su librería cuando apenas era un local en blanco. Informes de sus notas en la Universidad, informes médicos de pequeña, sus vacunas.

                Pedro veía fotos de sus hijos, de su mujer, de ellos en el viaje de novios, de sus padres, de sus abuelos. Y los mismos informes que Ágata. Le sorprendió estar tan vigilado y no darse cuenta de nada.

                Hugo se encontró también con su vida en la carpeta, fotos familiares, de su padre y él yendo a la oficina, informes de todo lo que había sido su vida.

                Lucas también se encontró con montones de fotos, de él y sus conquistas en la puerta de su casa, de su familia, de cuando entró en la policía, cuando estuvo en la academia. Todo muy exhaustivo. Aparte también había una foto en la que aparecía una mujer en la puerta de su casa. No se le veía la cara, apenas era una silueta. Pero sabía que era ella.

                — Mi Lady. — Susurró acariciando aquella foto.

                Al final de las carpetas todos tenían un sobre como los que habían recibido, el mismo diseño pero más grande. Fuera rezaba “Años perdidos”. Todos abrieron los sobres sin hablarse. Allí había exámenes escritos por ellos, con su nombre al principio de cada hoja. Todos calificados con la nota más alta. Fotos de niños jugando con las mismas piezas que habían encontrado en su cuarto aquella mañana, y fotos de ellos con cables por todo el cuerpo conectados a alguna máquina que no sabrían definir.

                El sobre contenía un informe psicológico de cada uno, encontrándolos aptos para algo que no terminaban de descubrir. Y una descripción minuciosa de su personalidad.

                La puerta se abrió y Manuel entró con un carrito con comida y bebida.

                — Supongo que no querrán salir a comer, así que les he traído unos bocadillos por si les entraba hambre. Ya es mediodía.

                Dejó el carrito y salió cerrando la puerta. Ninguno se levantó.

                — Yo no sé vosotros, pero tantas emociones me han abierto el apetito. —Hugo se levantó y empezó a coger la comida, pasando bocadillos al resto de sus compañeros.

                — No sé porque no recuerdo nada de esto. Veo estos exámenes y no me reconozco si no es porque sé que la letra es mía. Y el informe psicológico es pasmosamente real.

                — Ágata, nos hicieron olvidar. Aquellos años fueron borrados como si hubiéramos nacido al ser adoptados por nuestras familias. Yo ahora tengo imágenes sueltas que me llegan como fotografías. Lo que no sé es porqué Lucas y Lidia lo recuerdan todo.

                — No lo sé Hugo, para mí también es complicado. Yo tampoco recuerdo todo lo que pasó entre esas paredes. Me acuerdo de vosotros, pero como si fuera un sueño. Lidia es más nítida en mi cabeza, por eso me he pasado años buscándola, sin ningún tipo de suerte. Es una pena que no me dejara encontrarla. Hasta ahora.

                Pedro que no había hablado hasta ahora rompió a llorar. Las lágrimas no dejaban de salir, parecía un niño pequeño agarrando el bocadillo aún envuelto en el papel de plata. Con la mano libre intentaba taparse la cara, pero su llanto iba cada vez a más.

                Ágata se acercó a él y le quitó el bocadillo con suavidad. Agachada a su altura, le miró a los ojos. Aquella conexión les volvió al pasado. Pedro dejó de llorar en un segundo. Su llanto histérico se fue como había aparecido.

                — Ya pasó. — Ágata le limpió las lágrimas que todavía bajaban por sus mejillas y lo abrazó con fuerza. — Ya pasó.

                Pedro se soltó del abrazo y volvió a mirarla a los ojos.

                — Experimentaron con nosotros.

                — Lo sé.

CAPÍTULO 15.

                Pasadas las primeras emociones y los llantos descontrolados. Todos comieron en silencio. Aquella sala se les hacía pequeña y el encierro parecía notarse en sus caras.

                — No consigo estar mucho tiempo en una habitación cerrada. Esto es más de lo que puedo asimilar.

                Ágata fue a abrir la puerta para salir. No estaba cerrada, y miró a los demás interrogante.

                — A lo mejor nunca estuvo cerrada. — dijo Hugo pegándole el último bocado a su bocadillo.

                Todos se levantaron  y salieron atropelladamente, tanto, que casi caen de bruces en el suelo de la entrada de la casa.

                — Parece que no soy la única que no soporta los espacios cerrados.

                Se echaron a reír. Necesitaban liberar tensiones.

                — Daría lo que fuera por un café.

                — Pide y se te dará Hugo. — Pedro señaló a una máquina de café en una mesita pegada a la pared.

                Todos se echaron un café y se sentaron en las escaleras que había al entrar en la casa. El aire fresco los pilló desprevenidos, y así se quedaron un buen rato, saboreando el humeante café de sus tazas.

                — ¡La carpeta! —Lucas se levantó corriendo para entrar de nuevo en la habitación. Todos lo siguieron con la mirada, mientras entraba y salía con la carpeta sin nombre.

                Se sentó en medio de las escaleras y los demás se acercaron a su alrededor para poder ver lo que había en aquella carpeta. Lo primero que había al abrirla era una foto en blanco y negro de la cara de una niña con dos trenzas. Lucas acarició la cara que recordaba y sonrió al verla.

                — Lidia.

                Pasó la foto y una serie de exámenes y fotografías se sucedieron, los mismos informes que habían tenido los demás de su estancia en aquel colegio que no recordaban. En el psicológico hablaba de un coeficiente intelectual mucho más alto de lo normal, clasificándola como la mejor de su promoción.

                Pero aparte de todo eso, no había nada más, nada de su vida posterior. En la última foto aparecía con un hombre mayor en la puerta del colegio y con una maleta en la mano. Ella no miraba a la cámara, miraba más allá, sonreía, pero era una sonrisa triste, sin embargo el hombre parecía pletórico de felicidad.

                — Me estaba mirando a mí. Lo recuerdo. Vinieron a por ella antes que a por ninguno de nosotros. Se lo dijeron cinco minutos antes de irse. No nos dio tiempo a despedirnos.

                — No entiendo por qué tanto misterio. ¿Por qué nos ha reunido a todos y no ha venido con nosotros? ¿Por qué este sitio tan parecido a aquel? No lo entiendo Lucas de verdad.

                — Supongo que nos quiere hacer recordar Ágata. No ha tenido que ser fácil para ella saber todas esas cosas durante tanto tiempo y tener que callarlas. Creo que se siente culpable.

                — ¿Culpable por qué? Lo que pasó aquí no fue culpa suya. — Ahora era Pedro el que hablaba.

                — No lo sé. Ojalá lo supiera. Solo tenemos que esperar, y ver donde nos lleva esto.

                — ¿Esperar? ¿Por qué? ¿Por una persona que se ha dedicado a espiarme toda su vida? ¿Por una niña que no recuerdo? Pues lo siento pero yo ya estoy harto. No tengo ganas de saber nada más de este asunto. Por lo que a mí respecta mi vida empezó con mi padre. Todo lo que pasó antes no existe.

                — Hugo, pero si existe.

                Ágata lanzó estas palabras al aire, porque Hugo ya estaba subiendo las escaleras hacia su habitación.



2 comentarios:

  1. ¡¡¡¡Hola!!!! Qué buena idea la recopilación porque yo los fines de semana no ando mucho con el PC y claro, me pierdo cosas, jejejeje.
    Me ha encantado el micro de las hadas que nos envías al correo de suscriptores, es precioso.
    Besos y feliz finde.

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    1. Muchas gracias guapa. Pues si, así está todo en una entrada y es más fácil. Además lo he mejorado un poquito.
      Me alegro de que te haya gustado el micro, es uno antiguo, pero los estoy rescatando poco a poco.
      Un besillo y feliz fin de semana.

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