28/11/16

Amantes eternos



                Sentir en mis manos las tuyas, rodear tus dedos con los míos. Recorrer aquellas curvas que tanto conozco. Hacerlas mías de nuevo. Llevarte hacia donde quiero, guiar tus dedos en mi cara, rozar mis labios con ellos. Bajan por mi cuello como yo les ordeno, y siguiendo esa línea recta llegan hasta mi ombligo. Lo rodean y vuelven a subir.



                Mi cuerpo se eriza al contacto de tus yemas, mi respiración se acelera mientras miro ese universo azul que me envuelve. Nuestras miradas no se separan, están unidas por ese lazo invisible que no se quiere cortar. Ahora tus manos están libres, mis dedos han conseguido soltarlas, solo para acercarse a tu rostro. Acaricio tus labios como lo habías hecho tú, mis dedos delinean cada parte de tu cara, llegando a los ojos y obligándolos a cerrarse.


                Sonrío ante ti, ante tu sonrisa y tus ojos llenos de mí. Los vuelves a abrir y yo me agarro a tu pelo, solo para poder acercarte un poquito más. Quiero tenerte tan cerca que no puedas escapar. Tus labios casi rozan los míos. Pero ninguno nos movemos, solo nos miramos, saboreamos, respiramos este momento nuestro. Único entre muchos. Y entonces sin darnos cuenta, sin saber quién es el que toma la iniciativa, nuestras bocas se unen. Se buscan como reencontrándose otra vez, como si fueran viejas conocidas que se amoldan de nuevo.


                Y te beso, y me besas. Y te abrazo, y me abrazas. Y volvemos a vernos, esta vez con otros ojos, con otras miradas, como adolescentes en cuerpos de adultos, como desconocidos en grandes amantes.


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