6/10/16

La sonrisa.



                El sol me daba de frente en uno de esos días calurosos de agosto. Ahora odiaba no haber cogido las gafas de sol. A saber dónde las habría puesto. Me tropiezo con la gente, que me mira raro, o eso me parece con mis ojos entrecerrados.

                No había dormido nada la noche anterior, y es que aquella preciosa modelo después de dos copas, decidió venirse a mi casa. Reconozco que soy bueno con las mujeres. Me han dotado de una cara que no está nada mal, y me cuido en el gimnasio para que este cuerpo la acompañe. Eso me hace llegar con una mujer a casa de vez en cuando.



                Aunque empiezo a cansarme, la verdad es que esta vida puede resultar tan aburrida como cualquier matrimonio, de lo que he huido siempre, y cuya idea ahora no me parece tan mala. Aún soy joven, podría casarme con quien yo eligiera. Pero todas esas mujeres no tienen ningún aliciente para mí. No sé lo que es enamorarse, sé lo que es la pasión, el deseo, el gustarse. Esa sensación antes del primer beso, todo eso lo conozco.

                Pero no sé lo que es perder el sueño por la persona que amas, dejar de ver un partido por una película romántica, todo eso se me escapa. Eso de acostarme con la misma mujer más de tres veces seguidas, jamás me ha apetecido. Ya incluso el sexo me parece repetitivo y aburrido.

                A pesar de eso, entiendo bien a las mujeres, son fáciles. No entiendo a esos hombres que dicen que son complicadas, que nunca saben lo que están pensando. ¿Es que no escuchan?

                Debería enamorarme de una mujer distinta de las que suelo conocer. Aquella del primero que se asoma al balcón no está nada mal. Me sonríe.

                ¡Pero qué hombre más guapo! ¿Me sonríe a mí o está haciendo una mueca por el sol que le molesta? Le sonreiré también. Mucha  gente yendo a trabajar, y yo aquí aburrida de la vida, sin encontrar un mísero puesto en alguna parte.

                Bebo otro sorbo de café y decido entrar en casa. Ya llevo siete meses sin trabajo y la ayuda del paro se me acaba en poco tiempo. Si no encuentro algo ya, me voy a volver loca. La mesa de mi pequeña salita sigue atiborrada de papeles de las oposiciones. Otra pérdida de tiempo. No creo que llegue a sacármelas.

                Me siento en el sofá y miró el portátil por enésima vez esa mañana. Actualizo páginas de empleo y nada nuevo que me sirva. Vuelvo a hacer búsquedas en Google y encuentro lo mismo que hace un rato. Mando algún correo suelto y decido ponerme a estudiar. Me siento delante de esa masa desorganizada de papeles y cojo mi lápiz rojo para subrayar.

                Mi mente se evade a aquellas últimas vacaciones que la empresa me pagó muy amablemente para echarme al mes siguiente. Varios de la empresa habíamos aceptado aquel gran regalo que nos daban con los últimos beneficios y nos habíamos pasado un fin de semana de tres días disfrutando de la nieve.

                Pero eso era agua pasada. Ahora vivía sola en un apartamento que pronto no podría pagar y sin ningún proyecto en mente que me pudiera sacar de aquella situación.

                Tocan al portero, voy a abrir y es un mensajero con un paquete para mí. ¿Qué será? Vivo en un primero, así que la espera no será larga. Me equivoco, tarda. Abro la puerta y me asomo, el muy vago ha cogido el ascensor.  Cierro la puerta y espero a que toque. Cuando lo hace espero un rato para abrir, que no se crea que estoy esperando detrás.

                Un chico joven me da un paquete pequeño y me hace firmar en una pantalla pequeñita que tiene en la mano. Me sonríe desde detrás de un casco integral, yo hago lo mismo y cierro la puerta.

                Esa señora sí que está buena, le traería más paquetes de buena gana. Ya me podría haber pasado lo que siempre le pasa al repartidor que alguien conoce. Una chica semi desnuda te abre la puerta y te invita a entrar. Yo nunca he tenido tanta suerte. Odio los ascensores, y aun así desde el accidente no puedo subir ni un maldito escalón, mi rodilla no me lo permite. Así que vuelvo a esa maldita caja para bajar un piso.

                Me subo a la moto y voy a por mi siguiente reparto. Sigo cogiendo la moto pese a aquel accidente. No tengo miedo, aun cuando un coche se saltó un Stop y me arrolló. Recuerdo aquellos segundos como si fueran horas. Noté el casco crujir, mientras mi pierna derecha se giraba como nunca lo hubiera podido hacer en situaciones normales. Llamaron a una ambulancia mientras el coche seguía su camino a toda velocidad.

                Estuve meses pegado a la cama del hospital con la única secuela de mi rodilla. Ya no era la misma. No podía subir escaleras, ni podía mantenerme mucho rato de pie. Menos mal que tenía un fisio estupendo que me ponía en forma. Claro, todo pagado gracias a mi trabajo como repartidor. Porque mi rodilla no precisaba de ningún especialista según el Estado. Les dejaba yo pasearla un rato para que se dieran cuenta de que sí lo necesitaba.

                Menos mal que tengo a mi madre que siempre está ahí para echarme una mano, porque si no, no sé cómo iba a acabar mi carrera.

                Voy dos calles más abajo, con lo que no tengo mucha prisa en  llegar. El semáforo está en ámbar y me paro, el de atrás me pita, pero no le hago ni caso. Yo a lo mío. Al lado se para un coche y la mujer que va conduciendo canta a pleno pulmón. No se la oye porque lleva las ventanillas subidas. Se da cuenta de que la miro y me sonríe sin dejar de cantar.

                Qué repartidor más mono. Si tuviera veinte años menos… Me río, porque sé que si tuviera veinte años menos no pasaría nada. Miro hacia atrás y veo las tres sillitas vacías. Ya están mis tres pequeñas en el cole y la guardería. Es una pena que mi trabajo sea tan absorbente. La única ventaja que tengo es que me dejan entrar después de dejar a mis amores. Pero hasta las ocho de la noche no llego a casa.

                Ellas comen en el comedor, y su padre las recoge. Menos mal que él es profesor y tiene un horario compatible, porque si no tendríamos que estar tirando de niñeras. Recuerdo el parto de mi primera hija, los dos solos en la habitación, mientras nuestros vecinos de al lado estaban llenos de familiares. No paraban de disculparse, pero a nosotros, faltos de familia, nos encantaba todo ese bullicio.

                Miro otra vez a las tres sillas vacías y me toco la barriga. Pronto habrá que poner una cuarta, y este coche es pequeño. Me acuerdo cuando les dije que íbamos a tener otro hermanito. Todas se entusiasmaron y me pidieron un niño esta vez. Pero después de mi última ecografía, se ha corroborado que va a ser niña de nuevo.

                La gente nos dice que estamos locos, que con la situación que tenemos en este país como se nos ocurre traer otro niño al mundo. No entienden lo que es ser hijos únicos, no saben lo que es vivir sin familia. Nosotros queremos que nuestros hijos no se sientan solos en ningún momento, que puedan tener hermanos a los que echar mano en un momento de necesidad.

                Llego al garaje y meto el coche. No me encuentro con nadie. Los garajes siempre me han parecido sitios lúgubres, feos y fríos. Salgo y me dirijo a la oficina, no sin antes pasar por el bar de abajo para coger mi café para llevar de todas las mañanas. El segundo, para ser exactos, el primero me lo tomo con mis niñas mientras me cuentan sus historias y se echan la mitad de la leche en el pijama.

                Sonrío a mi camarera de siempre y me voy a seguir este ritmo de locos.

                La súper mami me sonríe y sigue su camino a su trabajo. Yo, mientras, sigo atendiendo la barra sin parar. Esta es una de las peores horas del día. Hasta las once no tenemos un segundo para respirar. Ya le he dicho a mi jefe que faltan camareros, pero con tal de ahorrarse un mísero euro no contrata a nadie más, con lo que la mayoría de la gente nos habla enfadada. Sobre todo los que no son asiduos o los que vienen poco. Siempre se van diciendo que ya no vuelven.

                Los incondicionales no se quejan, conocen nuestra situación y se esperan amablemente. Mi jefe trabaja conmigo en la barra, su mujer en la cocina y su hijo mayor sirviendo las mesas. La verdad es que todos son muy trabajadores y ninguno se lamenta, pero yo trabajo mucho, gano poco y el negocio no es mío.

                Ahí viene el sardinilla, es un poco pesado pero me río con sus bromas. Lo llamo así porque siempre está hablando de peces, tiene su casa más llena que el acuario de Valencia. Podrías ir allí y ver lo mismo sin pagar entrada. Se sienta en la barra y sin pedir nada ya tiene su café delante. Mi jefe es muy eficiente, se conoce los minutos exactos de la gente que nos visita. Él sabe que va a tomar cada uno antes de que lo pida, aunque no siempre pida lo mismo. Le llamo el mago.

                Yo no tengo ese don, le pregunto a todo el mundo lo que quiere, vengan o no todos los días al bar. Por eso me quitaron de las mesas, en el trayecto de la mesa a la barra ya me había olvidado del pedido.

                Su hijo es muy bueno en eso, tiene una memoria descomunal, y te calcula la cuenta en cuestión de segundos. Por eso yo le llamo Pitagorín. Nadie sabe que todos tienen sus motes, son solo míos y no los comparto, excepto con mi hermano mellizo, pero él sabe todo de mí, y yo de él.

                Viene Pitagorín con más vasos sucios, me sonríe y yo le devuelvo la sonrisa.

                Tiene la sonrisa más bonita del mundo. Hoy voy a decírselo. Hoy voy a decirle que quiero vivir con esa sonrisa el resto de mi vida. Hoy va a ser el gran día, mi vida será un infierno o se convertirá en el paraíso. Y solo ella tiene la respuesta.

                Cuando mi padre me dijo que pensaba echarla, le convencí de lo contrario. Le dije que yo serviría las mesas y que la dejara en la barra. Era simpática y la gente no se quejaba tanto desde que ella llegó al bar. Mi padre estaba dispuesto, pero le bajaría el sueldo. Yo esperaba que esa bajada no le hiciera dejar el trabajo. Pero aceptó sin rechistar y se quedó a nuestro lado. Supongo que pensó que más vale malo conocido, que bueno por conocer.

                La miro demasiado, siempre me parece que la miro demasiado. Me conozco todos sus movimientos. Como intenta recoger ese mechón rebelde que no llega a su cola detrás de la oreja, como resopla cuando mi padre le da una orden que ella ya sabía que tenía que hacer, como se remanga la camiseta del uniforme cuando va a limpiar la barra, como retiene esas lágrimas cuando algún cliente le suelta alguna grosería. La conozco, más de lo que ella misma se conoce, solo espero que sea suficiente.

                Limpio la mesa de la madre con el niño pequeño. No tendrá más de tres años y no ha derramado ni una gota de su batido de chocolate. Es raro en un niño tan pequeño. Está jugando con un pequeño dinosaurio y con un camioncito de juguete, le sonrío, y él hace lo mismo con su boca de chocolate.

                Mi camarero es muy simpático, me sonríe todos los días y siempre me regala un churro más. Le gusta mucho la camarera pero no se lo dice. Solo la mira todo el rato. No entiendo mucho a los mayores, son un poco raros.

                Yo tengo un secreto, solo lo conocemos mi mamá y yo. Cuando aprendí a hablar, se lo conté a ella y a mi papá. A él no le gustaba mucho mi secreto y se fue, según mi mamá porque tenía miedo. Ella siempre me dice la verdad, no podría mentirme, porque sé todo lo que piensa. Ella y todo el mundo con el que me encuentro. Por eso sé que a mi camarero le gusta ella, lo que él no sabe es que a ella también le gusta él. Es el motivo por el que se quedó en la cafetería.

                Los adultos son muy raros, siempre están pensando en todo lo que les va mal, sus mentes son muy aburridas, casi nunca piensan en cosas divertidas, y cuando lo hacen se les pasa pronto. Ponen caras simpáticas a personas que no les caen bien y se enfadan con las personas que más quieren. Yo le pregunto todas estas cosas a mamá, y ella me las explica para que yo las pueda entender, siempre sin mentiras. A mi mamá y a mí no nos gustan las mentiras.

                Salimos de la cafetería, mi mamá me va a llevar a un parque nuevo porque hoy no trabaja. Yo voy andando. Nos paramos en un semáforo en rojo, y a mi lado se para una señora con un carrito. Dentro hay una niña a la que no puedo leer. Me gusta, es la primera. Le regalo mi camión y le sonrío.

                Ese niño me ha regalado su juguete, querrá ser mi amigo. Me sonríe, yo también quiero ser su amiga, le sonrío…


     * Relato que presenté al concurso de Cosecha Ñ. No ha quedado finalista, pero muy contenta de haberlo intentado. Algún año será el mío.

12 comentarios:

  1. Una preciosa cadena de sonrisas. Encantador relato con el que nos has ilustrado que ser amable con las personas con las que nos encontramos no cuesta mucho y siempre eres recompensado si no con otra sonrisa al menos con la satisfacción de haber regalado algo tan luminoso.
    Besos y gracias. Para mi es de premio.

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    1. Muchas gracias por tu opinión sincera. Me alegra que te haya gustado.
      Es uno de los relatos que he escrito que más me gustan, porque es verdad que a veces olvidamos que una sonrisa alegra más de lo que parece.
      Un besillo.

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  2. Qué relato más bueno, María. Cada vez te superas. Esa forma de enlazar personajes es genial. Me ha gustado mucho porque trata de gente sencilla con sus vidas más o menos complicadas, duras, difíciles, felices, pero de gente normal.
    Muy bueno, en serio.
    Un beso.

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    1. Muchas gracias Rosa. Me ruborizas. La verdad es que la gente sencilla es la que mueve el mundo.
      Un besillo.

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  3. Un relato muy entretenido y muy bien elaborado. Me gustan mucho esas historias encadenadas en las que el narrador va pasando el testigo de un personaje a otro a lo largo de una serie de contactos esporádicos. Y, bueno, el final me ha encantado. Mira quién habla! jeje
    Paciencia, algún día te llegará el premio.
    Un abrazo.

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    1. Muchas gracias Josep. Me alegro que te haya llegado. Aunque el premio no me haya llegado esta vez, estoy muy satisfecha con mi trabajo.
      Un besillo.

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  4. Simplemente genial, María, me ha encantado. Es muy original y me encanta como logras que el lector empatice con todos los personajes. Una sonrisa tiene mucho poder, lástima que suela ser subestimada con frecuencia. Los de Cosecha Ñ se lo pierden, joroÑa ; )

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    1. Bueno otro año será. A ver el año que viene, que ya tendré más experiencia.
      Me alegro de que te haya gustado.
      Un besillo.

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  5. Me ha gustado mucho el relato,la forma de encadenar los personajes. Es una pena pues es merecedor de un premio. Tu como eres persistente lo conseguirás. Un abrazo

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    1. Muchas gracias. Lo importante de los premios es presentarse, porque el no ya lo tienes.
      Un besillo.

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  6. Pues lo siento por el jurado, pero no tienen ni idea, ja, jaaa. A mí me gusta. Me parece muy buena y muy sugerente la idea de ir encadenando historias de esa forma. Me recuerda alguno de esos buenísimos comerciales del verano en la tele, donde vas siguiendo el movimiento de la cámara mientras va pasando de un personaje a otro, encadenando toda una serie de vidas con un nexo común: el gusto por la vida. Bueno, rollo aparte, me ha gustado mucho. Una sonrisa de vuelta es el mejor premio :D
    Besos grandes

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    1. Pues lo del jurado, supongo que habrá muchos escritos mejores que el mío, o por lo menos diez, que fueron los finalistas, jejeje.
      No importa, el no está hecho para los escritores. Pero también la constancia y la búsqueda del sí.
      Un besillo.

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