27/8/16

Ella. Versión íntegra.

CAPÍTULO 1.


                Corrí, corrí como no lo había hecho nunca. No llevaba deportivas, mi ropa era todo lo contrario a la ropa que venden ahora de deporte. Mi vestido negro se me subía por el muslo con cada zancada. Mis tacones no me dejaban avanzar todo lo rápido que a mí me hubiera gustado, así que en una de las esquinas me paré dos segundos para quitármelos. Zapatos en una mano, bolso en la otra, corría, corría, hasta que me di cuenta de que no tenía ningún lugar al que llegar. Recordé que no tenía ningún sentido avanzar de aquella manera.

                Pero mientras pensaba esto no dejaba de mover mis pies, es verdad que lo hacía más lentamente, pero no paraba. Una fuerza extraña me empujaba a seguir corriendo. Hasta que un dolor lacerante en el pie derecho me obligó a detenerme. Miré al origen de mi dolor, y me di cuenta de que el suelo estaba lleno de cristales de lo que parecía una botella rota de cerveza. Mis medias negras empezaban a estar pegajosas, un líquido pringoso me mojaba los pies.


                Empecé a cojear hasta un parque cercano. No me esperé a buscar un banco, me senté en el césped semi seco que estaba más cercano a la acera. Rompí las medias dejando mi pie libre de sus ataduras. Saqué un pañuelo de mi bolso y me lo coloqué en la herida a ver si conseguía que dejara de sangrar.

                Allí sentada decidí concentrarme en el único dolor que ahora mismo podía soportar, que era el de mi pie. Mis ojos se nublaron, las lágrimas me impedían observar bien lo que me había hecho. Y de repente, sin darme cuenta, empecé a llorar como si no hubiera un mañana. Si hubiera habido gente a mi alrededor les hubiera asustado. Me habrían confundido con una niña pequeña con una rabieta.

                Cuando la realidad distaba mucho de lo que parecía. Una mujer adulta con un corte en el pie derecho, y un corazón roto en mil pedazos. Ahora echaba la vista atrás y me daba cuenta de todo lo que había dejado, de lo que había perdido por seguir a lo que yo pensaba que era mi corazón… por hacer caso a lo que yo pensaba que me llevaría a la felicidad.

                En realidad había perdido todo por lo que tanto había luchado, y ahora sentada en ese césped amarillo, derramaba todas esas lágrimas que no había dejado brotar antes. Allí sentada lloraba por mí como no lo había hecho en muchos años.

                No sé en qué momento me tumbé, no sé en qué momento me dormí, no sé en qué momento dejé de llorar, dejé de sangrar. Unos rayos de sol me dieron directamente en la cara, miré a mi alrededor y me observé a mi misma. Aún no había mucha gente por la calle, pero los que pasaban se me quedaban mirando. Debía de estar preciosa, seguro que con el maquillaje corrido, las medias negras destrozadas, los tacones en alguna parte, y mi vestido de fiesta lleno de césped.

                Saqué el móvil del bolso y con la última raya de batería llamé a un taxi. Ya estaba bien de lamentarme, o por lo menos de lamentarme en un parque. Para eso podía tener una habitación de hotel. Decidí darme un lujo, y le dije al taxista que me llevara a un hotel de cinco estrellas, uno con spa. Hoy lloraría, pero lo haría rodeada de lujo.

CAPÍTULO 2.


                Llego al hotel con la cara un poco mejor, gracias a los pañuelos que llevo en el bolso. Pero aun así el chico de recepción me mira de arriba abajo. Hago caso omiso y le pido una habitación sencilla. Cojo la tarjeta que me sirve como llave y subo por el ascensor.

                Cuando entro, me desplomo en la cama. Dejo caer todo mi cuerpo sobre aquella mullida colcha, mi cara se queda estampada en aquella muestra de blanco extremo. Pienso que jamás había dejado ninguna de mis prendas de ese color después de lavarlas. Así que me giro y me quedo mirando el techo.

                Ahora que estoy aquí, sola, decido que es el momento de echarme a llorar, pero mis lágrimas se han puesto en huelga. Por mucho que lo intento y vuelvo a pensar en todo lo que había pasado en los últimos meses, no hay forma de que ninguna gota de agua salada ruede por mis mejillas.

                Así que me levanto y lleno la bañera. Echo todos los botecitos de gel, champú, e incluso crema suavizante dentro del agua. Me siento en el borde a esperar que el grifo haga su trabajo. Mientras, dejo mi mente divagar por el pasado. A principios de año yo tenía mi casa ideal, casada con mi primer novio, con el marido perfecto, trabajando en la empresa familiar, una editorial de renombre.

                Y ahora, la mitad de mi familia no me hablaba, con lo que ir a trabajar era insoportable. Había perdido a mi marido y mi casa. Y todo por un arrebato, por un momento, por no pensar las cosas, por una decisión mala.

                Me quito la ropa y suelto mi pelo, ahora moreno, de un negro azabache. También, una mala decisión.

                Sumerjo la cara en el agua, y me quedo sin respiración todo lo que mis pulmones pueden aguantar. En tanto que en mi cabeza solo se suceden imágenes de Ella. La causante de que yo estuviera en aquella situación. ¿O acaso era yo la culpable de todo aquello?

                Lo había dejado todo, había renunciado a mis sueños por Ella.

                Cuando llegó a la oficina para que mi padre la entrevistara fue como un soplo de aire fresco. Su sonrisa perenne y su andar ligero nos hizo volvernos a todos, tanto hombres y mujeres quedamos hechizados por su aura, por su seguridad, por su fortaleza. Algunos fueron afortunados de recibir su sonrisa directamente, yo no fui una de ellos.

                Cuando salió del despacho, yo ya estaba enfrascada en mi trabajo, y no me di cuenta de que estaba en mi mesa, hasta que dio un suave toquecito con sus nudillos.

                — Hola, soy Ella. Tu padre me ha dicho que me enseñarás todo esto.

                Yo levanté la mirada, agobiada por todo el trabajo, dispuesta a largar al último encargo absurdo de mi padre para perder el tiempo, cuando vi aquella sonrisa toda para mí. Unos ojos verdes me miraban llenos de vida y yo no pude hacer otra cosa que levantarme de la manera más torpe, haciendo caer al suelo los folios del manuscrito que tenía entre manos.

                Ella se rio, y enseguida se puso a recoger aquel estropicio conmigo.

                — Espero que estuvieran numerados.

                — Sí, siempre lo hago.

                Esas fueron las primeras palabras que salieron de mi boca. Me tenía 
completamente embriagada y ni siquiera la conocía. En ese momento me di cuenta que quería a alguien así en mi vida. Estaba segura de que en ella encontraría la amiga que precisaba, y que nunca hubiera pensado que necesitaba.

                Saco la cabeza del agua, cogiendo todo el aire que me había negado. Aquel fue el principio de todo.

CAPÍTULO 3.


                Tocan a la puerta y salgo a abrir con aquel albornoz blanco esponjoso. Al otro lado de la puerta oigo:

                — Servicio de habitaciones.

                Me traen un cargador para mi móvil, lo abro, sin pararme a mirar al botones, lo enchufo, y estoy encendiendo el móvil, cuando me doy cuenta de que el camarero no se ha ido. Busco en mi bolso a ver si hay alguna moneda y se la doy.

                Miro la comida, y en ese momento el estómago me ruge como si se diera cuenta de que lleva sin comer más de lo necesario. Unos huevos revueltos, unas fresas, un café, un zumo de naranja, todo lo devoro a conciencia, y dejo los platos limpios.

                Miro la pantalla del móvil. Nada, está limpia. Ni una llamada, ni un mensaje, nada. Miro los mensajes, como buscando una explicación, nada tampoco. Mis dedos se deslizan a través de la agenda, cuando se detienen en Marcelo. Mi mente vuelve a él, al gran amor de mi vida, a mi todavía marido, al único amigo que ahora quería llamar, y al que no me atrevía.

                Sabía que le había hecho mucho daño. Sabía que él me quería a pesar de todo, pero, ¿estaba dispuesta a hacerle sufrir más? ¿Acaso no había tenido bastante?

                Dejo el teléfono sobre la cama, y lo cambio por el mando a distancia. Empiezo a zapear sin mirar la pantalla.

                Después de mi tour por la editorial, Ella y yo nos hicimos inseparables. En la oficina nos llamaban las mellizas, y siempre salíamos a tomarnos algo antes de volver a casa. De vez en cuando Marcelo venía con nosotras y se nos hacían altas horas de la madrugada.

                Uno de esos días que salimos, fui un momento al baño, y cuando volví, me encontré a Ella hablándole a Marcelo muy cerca al oído, y tenía su mano apoyada en su pierna. Marcelo posaba la mano en su cintura, mientras se reía de la confidencia de mi amiga.

                Los celos se apoderaron de mí. Llegué a la barra de mal humor, ellos ni se inmutaron hasta que Ella no terminó de hablar. Los dos rieron a carcajadas, y yo me bebí la cerveza de un trago.

                — Me voy, vosotros podéis quedaros.

                — ¿Qué te pasa amor? ¿No te encuentras bien? Me voy contigo a 
casa.

                — No hace falta Marcelo, parece que aquí te lo estás pasando muy bien.

                — La verdad es que se ha hecho tarde, y mañana hay que trabajar, tu padre nos matará como lleguemos tarde otra vez.

                Ella hablaba como si no notara mi enfado, aunque yo sabía que sí. Nos dirigimos a la puerta, y Ella le dio dos besos a Marcelo. Yo disimulaba mi cabreo buscando algo imaginario en el bolso, cuando puso su mano en mi cintura, y se acercó a besarme. Solo me dio un beso, muy cerca de la comisura de mis labios. Y me dijo al oído muy bajito.

                — No te pongas celosa.

                Su mano paseó por la parte baja de mi espalda como por descuido, y se alejó con un guiño.

                El enfado se esfumó igual de rápido que había venido. Ahora no tenía ganas de irme. Pero, ¿qué me pasaba?

                Marcelo me agarró de la cintura, me besó en la frente y nos fuimos al coche.

                Cojo el móvil, veo el nombre de Marcelo en la pantalla y marco casi sin pensarlo.

                — Marcelo.

                Un silencio sepulcral. Las lágrimas asoman a mis ojos. Mi garganta se seca y no me deja hablar.

                — ¿Dónde estás?

                Apenas puedo decir el nombre del hotel, las palabras me salen en un susurro. Cuelga el teléfono y yo me dejo caer, me acurruco y dejo brotar todas esas lágrimas que han estado esperando.

CAPÍTULO 4.

 

                Se ve que me he quedado dormida porque oigo unos golpes lejanos que parece que suenan en la puerta de mi habitación. Me incorporo con un dolor de espalda que no había sentido antes. La postura me ha hecho un flaco favor. Me arrastro hasta la puerta y sin preguntar quién es, abro directamente.

                Si fuera un sicario contratado para matarme se lo he puesto muy fácil, aunque claro un sicario no habría tocado a la puerta. Delante de mí no hay ningún sicario, es Marcelo.

                — Estás preciosa.

                Con esas simples palabras mis lágrimas vuelven a asomar, mi boca hace pucheros, intentando controlar el agua salada que puja por salir. Así que me dejo caer en sus brazos que tan familiares me resultan. Él me abraza como lo ha hecho siempre. Noto como me acaricia el pelo y huele el perfume a champú de hotel que desprende. Lo dejo hacer, todo es tan reconfortante que no tengo fuerzas para apartarlo de mi lado.

                Nos quedamos en la puerta un buen rato, hasta que alguien pasa por nuestro lado y nos da las buenas tardes. Entonces Marcelo empieza a andar hacia adelante conmigo, y cierra la puerta de la habitación.

                Nos tumbamos en la cama, yo sin dejar de llorar, y él acariciándome la espalda a través de ese albornoz esponjoso. No habla, solo me deja desahogarme. Cuando pasa un rato, yo he dejado de llorar, pero no me atrevo a moverme, porque me da vergüenza mirarlo a la cara.

                Le he hecho tanto daño, y sin embargo él está aquí, conmigo, sin preguntas, sin reproches, solo acompañándome, cuando sabe que estoy sufriendo, olvidándose de su dolor para centrarse en el mío. Me quedo dormida en sus brazos oliendo al mismo gel que siempre ha usado.

                Cuando me despierto ya es de noche. Y estoy sola en la cama, miro a mi alrededor y no hay nadie, intento encender la luz, pero no encuentro la llave – tarjeta que hace que funcione la electricidad de la habitación. Busco a Marcelo en el baño, no está. Se ha ido. Y ahora me siento más sola que nunca.

                ¿Lo habré soñado? ¿Será que él es mi refugio y siempre lo será y por eso pienso en él? Tumbada en la cama pienso en llamar a recepción para que me traigan otra llave. Necesitaré ropa, y no puedo estar aquí toda la vida. Pero la ropa sé dónde está y no quiero volver allí, no por ahora.

                Mi cabeza vuelve a la noche anterior, a Ella, pero intento olvidarme de ese momento, del peor de mi vida. Así que me pongo a buscar a tientas por el suelo con la poca luz de las farolas y la linterna de mi móvil, al que le queda poca batería porque no ha llegado a cargarse del todo. Y así agachada, escudriñando bajo la cama oigo una voz.

                — ¡Qué mona estás en esa posición!

                — ¡Marcelo! – Me giro y lo veo con bolsas en las manos, la puerta 
abierta, y con una mueca socarrona en la cara.

                Me rio por la cómica situación. Él me enseña la llave, la pone en la ranura, y se hace la luz. Cierra la puerta de la habitación y se sienta a mi lado en la cama.

                — He ido a casa… a mi casa. Aún conservas cosas allí. Te he traído ropa, un cepillo de dientes, champú en condiciones, y de camino he comprado un kebab del sitio ese que te gusta tanto.

                — Es que te tengo que querer. — Rápidamente me doy cuenta de lo que he dicho y le miro a los ojos con toda la culpabilidad que siento. Él le quita importancia y sigue sacando cosas de las bolsas.

                — Anda quítate ya ese albornoz y ponte algo decente.

                Cojo la ropa que Marcelo ha dejado sobre la cama y voy al cuarto de baño a vestirme. No cierro la puerta y oigo como va sacando la comida de su envoltorio, el olor inunda la habitación. Salgo y me siento a su lado. Nos comemos la comida que ha traído sin rechistar.

                — Te debo una explicación Marcelo.

                — No me debes nada.

                — Aun así quiero dártela.

CAPÍTULO 5.

 

                Nos miramos un rato, yo sin encontrar ese momento en el que empezó todo y él en busca de una respuesta que no sabe si quiere.

                — Mira María, no sé si de verdad quiero que me expliques. El amor no tiene explicación.

                — Ay mi Marcelo, ¿cómo he podido hacerte tanto daño?

                Mi mano se acerca a su cara y acaricia esa barba incipiente que tanto me gusta. Él sonríe con amargura, me coge la mano y la aparta, aunque no la suelta.

                Yo recuerdo la noche anterior. Vistiéndome mientras la veía tumbada en la cama a través del espejo.

                — No tengo porque ir. Es una gala de otro premio y un escritor con el ego subido.

                — No puedes faltar. Es tu descubrimiento. No puedes no ir. Y sabes que Carlos es el escritor con menos ego que hay en este mundo. Además, tu padre te mataría.

                La veo hacer una mueca, las migrañas han vuelto a aparecer, y cada vez que lo hacen, nos paran la vida.

                — Vale, pero volveré pronto. En cuanto Carlos haga su discurso salgo corriendo. Y te hago un masaje de esos que te gustan tanto.

                Me siento a su lado y le acaricio el pelo, mientras le doy un beso en la frente. Ella me sonríe con los ojos entrecerrados. Cojo mi bolso y salgo de la habitación. En el taxi de camino a la gala miro mi móvil, le mando un mensaje y espero. No me contesta. Así que supongo que estará dormida.

                — ¿Estás bien?

                Marcelo me ha devuelto al presente. Está esperando mis palabras, mis explicaciones. Y yo solo puedo pensar en ella.

                — Que injusta es la vida…

                Apenas un susurro sale de mis labios, aunque sé que él me ha oído.

                — No sé cuándo empezó todo, no sé en qué momento…

                — No necesito saberlo. De verdad María…

                Le puse un dedo en sus labios, lo callé, necesitaba devolverle algo. Estaba en deuda con él, y quería que supiera porque todo había sido así.

                — Supongo que fue aquella noche el principio de todo. El momento en el que me di cuenta de que estaba enamorada de Ella.

                Las imágenes de aquella noche me golpearon la mente. Los tres en casa habíamos quedado para cenar. Ella era nuestra invitada. Varias botellas de vino después, los tres bailábamos canciones de los ochenta entre risas. En una de las baladas, Marcelo había ido a llenar las copas, y nosotras bailábamos demasiado juntas. Ella me agarraba de la cintura, y podía sentir su aliento en mi boca. Nos mirábamos como si no existiera nadie más en la habitación.

                Con el rabillo del ojo vi cómo Marcelo se acercaba. Ella le tendía la mano, y lo puso entre las dos. Yo de cara a Marcelo y ella detrás. Él parecía encantado, mientras las dos nos sumergíamos en un juego de caricias traviesas. Marcelo besaba mi cuello, mientras yo la miraba a ella. Y entonces, de un momento a otro, todo perdió la magia en la que estábamos sumidos.

                Ella cogió sus cosas y desapareció, y nosotros nos quedamos en casa, solos, haciendo el amor con un solo pensamiento en nuestras cabezas, Ella.

CAPÍTULO 6.

 

                — No creo que fuera esa noche María. Ella te tuvo desde el primer momento que la viste, el primer día en la oficina. Venías hablando de ella con un brillo distinto en la mirada. Enseguida me puse celoso, aunque pensé que solo eran tonterías mías. Al fin y al cabo, Ella era una mujer, y a ti te gustaban los hombres. No podía estar más equivocado.

                Aquella última frase la dice en un susurro, nuestras manos siguen entrelazadas, y me siento la persona más egoísta del mundo. ¿Cómo se me había ocurrido llamarlo a él? ¿No le había hecho ya bastante?

                — Lo siento Marcelo. Lo último que querría hacer en la vida es hacerte daño a ti.

                — Sobre el corazón nadie manda. Te perdí, sé que te perdí, y no fue por ella, te perdí antes. Me convertí en tu amigo, en esa persona que siempre está ahí, pero ya no estabas enamorada de mí, sino, jamás te habrías fijado en ella.

                Me quedo pensando en sus palabras. Podría ser que fuera así, que yo ya hubiera perdido la chispa por nuestra relación, y Ella fuera solo el soplo de aire fresco que hizo despertar en mí sentimientos ya dormidos.

                Nos miramos mientras dejamos vagar nuestros pensamientos a épocas no tan lejanas.

                — Te quiero tanto Marcelo.

                — Pero no estás enamorada de mí.

                — Puede ser que me haya dejado llevar, que solo sea un bache en la relación, que Ella en realidad solo sea alguien con la que me encapriché. Podemos volver a estar juntos…

                — No sigas. No te mientas más. No sé lo que pasaría anoche. Lo que sé es que tú ya no tienes ese brillo por mí, que Ella te ha despertado de un letargo que duraba ya tiempo, y ninguno de los dos nos habíamos dado cuenta.

                — No puedo hablar de lo que pasó anoche.

                Las lágrimas me bloquean la garganta, salen sin previo aviso en un camino silencioso por mi mejilla. Marcelo me las limpia.

                — Llora mi niña, es bueno para el alma. No necesito que me cuentes nada.

                Me abraza y yo me dejo atrapar entre sus brazos. Acabamos los dos tumbados, yo limpiando mi alma, él llorando sin sal. Noto como su respiración se hace más acompasada y me doy cuenta de que se ha quedado dormido. Levanto mi cabeza de su pecho y lo miro. Me quedo observando cada poro de su cara, todo en él me es conocido, todo en él era mi vida.

                Mi mente divaga en el tiempo a la primera vez que lo vi. Era solo un chico universitario de primer año. Los dos lo éramos. Había una fiesta de la espuma y los dos bailábamos al son de la música entre espuma y cuerpos mojados. Chocamos y nos reímos, bailamos juntos un buen rato sin dirigirnos la palabra. Solo bailábamos, jugábamos con la espuma y no nos perdíamos de vista. Tanto que creo que en ese primer día hubiera cerrado los ojos y lo hubiera podido describir perfectamente.

                Cuando la fiesta acabó nos quedamos los dos empapados, en algún rincón de la Universidad, hablando sobre cosas sin importancia que ya ni recuerdo. Solo que nos reímos mucho, y que ese primer día ni nos rozamos. Ni un solo beso, ni de presentación ni de despedida. Era como si nos diera miedo tocarnos, como si al hacerlo ya no pudiéramos parar.

                Ahora tumbada en la cama y recordando aquel momento veo aquella cara que me era ya tan conocida, y sin embargo tan extraña. Recuerdo que en ese primer encuentro pensé que era como si le conociera de toda la vida. Y ahora es como si fuera un total desconocido.

                Acerco mis labios a los suyos, solo por puro instinto, un reflejo que tengo dentro de mí. Me acerco tanto que noto su respiración, yo aguanto la mía, no quiero despertarlo. Pero quiero besarlo, volver a sentir esos labios cálidos sobre los míos. Estoy tan cerca que un cosquilleo me recorre el cuerpo ante la espera del momento. Un beso, un último beso, solo quiero eso.

CAPÍTULO 7.


                Pego mis labios a los suyos, noto su sabor, su olor, su tacto con un solo roce. Miles de momentos se meten en mi cabeza. Beso esos labios hechos solo para mí, acoplados a los míos desde tiempos inmemorables. Él no me devuelve el beso, pero sé que ya está despierto, lo sé por su respiración agitada, por el latir de su corazón, por su cuerpo rígido intentando no moverse. Lo sé porque él de alguna manera es yo.

                Suelto sus labios, los dejo ir, deseando más de ellos, queriendo una caricia más, un momento más, pero sabiendo que ya no son míos, que no tengo ningún derecho a volverlos a atrapar, que ya los he perdido.

                Miro sus ojos, ahora abiertos, con lágrimas contenidas, mirándome a través del dolor, a través de su dolor. Le limpio la sal, él me limpia la mía. Cuanto dolor, cuanta injusticia, cuanto sentimiento encontrado. La culpa me baila en la cabeza como si de un demonio malo se tratara, deseo con todas mis ganas volver a besarlo, y sé que él también quiere volver a besarme a mí. ¿Pero es justo? ¿Podríamos soportarlo una vez más?

                Mis dudas quedan contestadas al pegar su boca a la mía acercándome a él con suavidad. Con su mano en mi pelo junta nuestras bocas, pega nuestros labios tan fuerte que apenas puedo moverme. Cierro los ojos y me dejo llevar. Suelta mi cabeza, se aleja.

                — Los siento. No tengo derecho a…

                No lo dejo seguir, vuelvo a acercar mis labios a los suyos, saboreo su aroma, bebo de su fragancia, absorbo su esencia. Y solo tengo que besarlo, mi lengua contornea cada centímetro, él se deja hacer, y entonces es cuando nuestras bocas se abren para encontrarse, cuando se dedican su momento. Nuestras bocas bailan juntas un son ya conocido, un son lejano, diferente, pero familiar, nuestro.

                Nos dedicamos todo el tiempo del mundo, no tenemos prisa. Nuestras manos siguen sin moverse, como si nuestras bocas tuvieran vida propia y actuaran por propia voluntad. Como si ya no fueran parte de nosotros, como si ellas solas fueran capaces de saber lo que realmente queríamos.

                Ahora volvemos a ser nosotros. Somos uno de nuevo, sin nadie más. O eso es lo que mi alma me pide a gritos, porque mi corazón habla por su cuenta, y de repente, sin yo quererlo me vuelven a mi cabeza las imágenes de anoche, deshaciendo la magia, volviendo al presente, trayéndome de verdad a mi realidad, a mi triste realidad.

                Me separo de él, lo miro y le sonrío con tristeza. Él me comprende, siempre lo hace. Suspira y me abraza, y así en nuestros brazos nos dormimos. Dormimos sensaciones perdidas, momentos inacabados, palabras ahogadas, dormimos nuestros sueños.

CAPÍTULO 8.

 

                — Está dormida.

                Oigo las palabras en un sueño, como en un eco. Entorno los ojos y no veo a Marcelo en la habitación. Debe de hablar desde el cuarto de baño. Oigo pasos y cierro los ojos.

                — No la quiero despertar. No ha pasado buena noche.

                Silencio, y yo no muevo ni un músculo. Apenas lo oigo y quiero saber con quién habla.

                — No sé lo que pasó, tampoco me importa.

                Algo que no alcanzo a oír y otra vez silencio. ¿Estará hablando con Ella? ¿Habrá tenido la desfachatez de llamarlo?

                — No todo el mundo es como tú. Piensa un poco en las consecuencias de tus actos.

                ¡Ay mi niño! Siempre defendiéndome.  No sé cómo lo hace.

                — No quiero saberlo, ya no es asunto mío... Si estoy aquí es por María.

                Esto último lo oigo claramente, como un grito apenas ahogado a través de la puerta del baño.

                — A ti no te importa si la quiero o no. Eso es asunto mío. Lo mismo que si quieres saber cómo está es mejor que la llames a ella. Estoy harto de tus jueguecitos.

                No sabía hasta qué punto Marcelo seguía enamorado de mí. Ahora lo tengo claro. Un suspiro me lleva a escuchar.

                — De acuerdo, está bien. No quiero discutir. No entiendo tu manera de querer, pero…

                Silencio de nuevo. Supongo que Ella le estará dando un sermón de su amor por mí. Se le da muy bien, por eso yo no quiero hablar con ella. Seguro que me convencía.

                — De verdad que yo no necesito esto, si quieres hablar con María, llámala.

                Silencio al otro lado de la puerta. Oigo el grifo correr y unos gemidos entrecortados. Lloro en silencio con él. ¡Qué egoísta estaba siendo!

                Me levanto a pesar de saber que él no quiere que lo viera así. Me asomo a la puerta tímidamente, él está con las dos manos apoyadas en el lavabo y la cabeza agachada, llorando como un niño. Todavía tiene el móvil en una de las manos. Me mira con los ojos anegados en lágrimas y yo me acerco a él. Le quito el móvil de la mano, y me pongo de espaldas al espejo entre sus dos manos.

                Le seco la cara con mis manos, y beso cada una de las lágrimas que le ruedan por las mejillas. Mis labios se encuentran con los suyos, casi sin querer. Nos miramos, apenas segundos, y la pasión nos encuentra. Me agarra de la cintura sentándome en el lavabo. Yo envuelvo mis piernas a su cintura.

                El dolor nos une de nuevo en una danza pasional. Nos arrancamos la ropa en un suspiro, nos abandonamos al amor certero, a las caricias conocidas, y los besos entregados. Nos abandonamos al deseo y a la pasión sin pensar en nada. Como dos auténticos desconocidos que tienen una aventura en una habitación de hotel.

                Todo acaba cómo ha empezado, rápido. Los dos tumbados en el frio mármol del suelo, jadeando, con el único calor de nuestros cuerpos unidos. De fondo la melodía de mi móvil. Era Ella, eternamente era Ella. Siempre elegía el momento justo.

CAPÍTULO 9.

 

                No cojo el teléfono. Me levanto y me meto en la ducha. Marcelo sigue tumbado en el suelo mirándome desde abajo.

                — ¿Vienes?

                Una sonrisa pícara me observa desde el suelo, y se mete en la ducha conmigo. Volvemos a encontrar nuestros cuerpos tal y como los habíamos dejado. Descubrimos de nuevo cada cicatriz, cada peca, cada lunar. Pasando mis manos por su cuerpo, cubriendo el mío con sus manos, enjabonándonos en silencio. Recordando esas sensaciones que en algún momento habíamos perdido.

                Estaba confusa, ¿Le quería? ¿Me había equivocado al pensar que lo que sentía por Ella era amor? Salgo de la ducha dándole un suave beso en los labios. Nos vestimos mientras nos miramos con sonrisas de adolescentes, con el rubor en la cara del primer amor.

                De repente caigo en la cuenta.

                — Es lunes.

                — Si, es lunes. — Me corrobora.

                — No has ido a trabajar.

                — Tú tampoco. — Yo no pensaba ir, no quería encontrarme con… — He llamado a la oficina esta mañana para decir que me tomaba un par de días que me debían.

                — ¿Pedimos algo de comer?

                — Algún día tendrás que salir de aquí y enfrentarte a la realidad.

                — Si, algún día, pero mientras tanto, tengo hambre.

                Me acerqué al teléfono del hotel y pido algo de comida. Nos sentamos en la cama y cojo el teléfono. Tres llamadas perdidas, dos de Ella y una de mi padre. Apago el sonido y dejo el teléfono en la mesita.

                Marcelo ha encendido la tele y la mira con un interés que no parecía real.

                — Marcelo, siento de…

                — No sigas. No me digas que sientes lo que acaba de pasar, no me digas que en realidad no me quieres. No me digas que en realidad estas enamorada de Ella, de alguien que no te merece. Deja mi recuerdo intacto. Déjame que viva ese momento una y otra vez en mi mente. Porque hacía tiempo que tú y yo nos habíamos perdido, y hoy te he vuelto a encontrar. Aunque sé que no eres mía del todo, aunque sé que tu corazón no me pertenece a mí. Pero hoy te he vuelto a ver cómo éramos. Hoy hemos vuelto a ser los mismos. Déjame que lo recuerde así.

                Voy a contestarle cuando unos golpes en la puerta me detienen. Me levanto para abrir y recibir la comida.

                — ¿Qué haces aquí? ¿Cómo me has encontrado?

                — Para un padre no hay secretos.

                Intento cerrar, pero mi padre es más fuerte que yo. Entra y cierra la puerta tras de sí.

                — Hola Marcelo. Me imaginaba que estarías aquí.

                — Hola Alberto.

                — Dejaros ya de presentaciones estúpidas. Papá no quiero verte, quiero que te vayas de aquí ahora mismo.

                — No me iré de aquí hasta que me escuches. Además no puedes faltar a tu trabajo por problemas personales. La editorial no funciona sola y lo 
sabes.

                — Menudo hipócrita que estás hecho.

                Marcelo se ha levantado de la cama y me mira sin entender lo que estaba pasando. Ya era hora de que se lo contara. Ya era el momento de decirle la verdad.

CAPÍTULO 10.

 

                — Marcelo, deberías saber el motivo de porque estoy como estoy. Mereces saberlo. El sábado fue la gala de presentación de Carlos. Me fui a la gala sola. A Ella le dolía la cabeza, le prometí que volvería temprano, aunque ambas sabíamos que un par de horas no me las quitaría nadie.

                Mi todavía marido me mira sentado desde la cama, resignado a escuchar mi explicación. Miro a mi padre, no se ha movido de donde estaba, con una sonrisa en su cara que me dan ganas de quitarle de un bofetón.

                — En fin… — Suspiro agotada de pensar de nuevo en aquella noche, ahora como en un sueño. — Me voy a la gala y de camino ya le he mandado varios mensajes a Ella que no contesta. Supongo que está dormida por la migraña.

                Mi padre empieza a dar golpecitos con el pie en la alfombra, de forma impaciente.

                — Deja de hacer eso. — Para enseguida.

                Suena la puerta, mi padre abre como si fuera su habitación. Traen la comida. Él le da la propina al empleado y cierra la puerta tras él.

                — ¿Quieres comer Marcelo?

                Él me dice que no con la cabeza, yo me siento a su lado en el filo de la cama y empiezo a comer, mi padre se acerca a coger un bollo de la bandeja. Mi mirada lo detiene. Con la boca medio llena sigo hablando con Marcelo, intentando evitar a mi progenitor.

                — Cuando llego a la gala me encuentro con todo el mundo menos con mi padre. Es raro, porque él nunca se pierde las galas. Es más, no hay galas sin él, ya lo sabes. Le mando un mensaje para saber dónde está, pero no me contesta. Con lo que decido irme. Total, si él no está, yo también puedo perderme la gala. Hablo con Carlos y quedamos en que Marisa me sustituya en el discurso. Él está eufórico, así que no le importa. Decido no mandar ningún mensaje más a Ella, ya que supongo que está dormida. Entro en casa lo más sigilosa que puedo. Y unas risas me descolocan. Pienso que son los vecinos de al lado. Las paredes de hoy son muy finas. Cuando abro la puerta de mi habitación, me quedo tan sorprendida que no puedo dejar de mirar. Mi padre y Ella desnudos en la cama, bebiendo sidra, Ella a horcajadas encima de mi padre de espaldas a mí, y mi padre con su mirada fija en mí y con una sonrisa que no olvidaré jamás.

                Lo cuento todo sin parar, metiéndome comida en la boca, para ahuyentar las lágrimas que se atragantan con los trozos de bollos, pan, café y demás exquisiteces. Miro a Marcelo que no puede apartar la mirada de mi padre.

                Mi padre sigue en el mismo sitio, sin moverse, mirando como yo no paro de engullir como si me fuera la vida en ello.

                — Cuando me dijiste que ibas a detener esto, no creí que fueras a hacerlo de esta manera.

                Las palabras de Marcelo me atragantan y me hacen toser sin parar. Escupo todo lo que tengo en la boca encima del plato. Él empieza a darme golpecitos en la espalda y me ofrece un vaso de agua. Lo miro, él no me mira.

                — ¿Qué es esto Marcelo?

CAPÍTULO 11.



                Nadie me contesta. Pero yo sigo clavando mi mirada en Marcelo, que mira hacia abajo buscando alguna respuesta que darme.

                — No lo mires a él. Yo soy el ejecutor. Yo me acosté con Ella. Y lo hice por ti.

                Una carcajada sale de mi boca con vida propia, pronto se convierte en un ataque de histeria en toda regla. Voy de la risa al llanto sin poder detenerlo. Marcelo me mira, ahora sí, con cara de pena, de culpabilidad. Mi padre me mira esperando a que se me pase uno de mis constantes ataques de histeria a los que ya está acostumbrado.

                Me levanto como puedo de la cama y me voy al baño. Cierro de un portazo, e intento lavarme la cara entre sollozos y gritos de rabia. Oigo como tocan a la puerta tímidamente.

                — ¡Ni se te ocurra abrir!

                Mi marido nunca ha sabido reaccionar cuando me he puesto así, él no sabe que lo mejor es dejarme en paz hasta que se me pase.

                Después de la interrupción logro calmarme un poco, y las imágenes que tanto había intentado olvidar, ahora se me vienen a la cabeza torturando mi pequeño corazón. Mi padre mirándome a mí desde la cama, con ese aire de autosuficiencia. ¡Qué lo hizo por mí! Salgo de allí sabiendo que voy a hacer.

                — A ver, padre, ¿qué hizo por mí exactamente?

                Mi padre mira a Marcelo un segundo. Yo lo miro también, está sentado en la cama con la cabeza entre las manos. Lo ignoro, por el momento.

                — María tienes que entender que un padre sabe exactamente cuando una hija se equivoca.

                Voy a contestarle, cuando levanta una mano para callarme. Siempre ha ejercido ese poder sobre mí. Yo obedezco, por el momento.

                — Has dejado toda una vida hecha, yo solo esperaba a que me dieras los nietos con los que tanto sueño. Y de repente te embobas por una niñata que lo sabe todo. Una mujer de la vida que lo único que busca es divertirse un rato. A costa de tu vida. A costa de ti, de mi única hija. Yo no podía permitirlo. No me costó mucho seducirla, llevarla a mi cama, dejarle ver que era ella la que llevaba las riendas. Poco a poco cayó en mi trampa y nos divertíamos con pequeños  juegos que nos llevaron a la cama solo una semana después. La primera vez fue en mi despacho, pensé que cuando salieras, irías a despedirte de mí, y nos encontrarías. Pero aquel día te fuiste sin decir adiós. Casualidades de la vida. Seguí con aquella farsa, aunque he de reconocerte que Ella embruja a cualquiera. Sabe cómo hacerlo. Aun así tuve paciencia y esperé a la presentación de Carlos, le di la excusa a ella para no venir. Sabía que tú no podrías resistirte a volver. Vi como salías, y me esperé, cuando leí el mensaje que sabía que me mandarías subí a tu casa. Y por fin nos encontraste juntos.

                — ¿Tú lo sabías?

                — Marcelo no sabía nada. Un día fui a su casa para ver como estaba, su estado lamentable me conmovió, él es como el hijo que nunca tuve. Le quiero, y no quería que sufriera. Y así se lo dije. Haría todo lo posible para que tú te dieras cuenta de tu error. Fue cuando decidí seducir a Ella.

                — ¿Mi error? ¿Tú qué sabes de mi vida? ¡De mi error! ¡A lo mejor yo quería eso! ¡A lo mejor yo quería una vida más libre, sin ataduras!

                — Sabes que no mi pequeña, tú no eres así.

                Mi padre intentó abrazarme, yo lo aparté con los brazos.

                — Ni te acerques, no te creas que sabes que es lo mejor para mí.

                —Soy tu padre. Lo sé.

                Me senté en la cama, mi cabeza me daba vueltas. Claro que yo no quería eso, quería a Ella solo para mí, no quería compartirla. Quería vivir con ella, y que ella solo quisiera estar conmigo. Lo había sabido desde un principio, pero no quería admitirlo. Ella no era de nadie. 


CAPÍTULO 12.

                Han pasado dos meses de aquel día en el hotel. Ya no me paso las noches llorando ni los días como una autómata leyendo y corrigiendo manuscritos sin parar.

                Ese mismo día fui a mi casa. Ella estaba sentada en el sofá leyendo algo que ya ni me acuerdo. Me miró y me sonrió como si no pasara nada.

                — Hola princesa. ¡Qué ganas tenía de verte!

                Cerré la puerta de la calle de un portazo, sin dejar de mirarla, ella ni había cerrado el libro, me miraba a través de él.

                — ¿Sigues enfadada?

                Suspiró como si estuviera harta de aquella situación, como si todo fuera culpa mía en realidad.

                — Quiero que te vayas.

                No sé de donde salieron aquellas palabras, sonaron frías y contundentes. Era mi voz, pero no era yo. Ella se rio, como si fuera una broma de mal gusto. Mientras Ella se reía, me fui hasta nuestro dormitorio y empecé a sacar toda su ropa del armario. Ella vino detrás. Me miraba desde la puerta de la habitación divertida, mientras yo cada vez más enfadada sacaba más ropa y la ponía sobre la cama.

                — Veo que estás decidida.

                Ella se acercó por detrás y me agarró de la cintura, me dejé abrazar, sentir sus brazos a mi alrededor una vez más. Cerré los ojos y de nuevo aquellas imágenes, mi padre mirándome… La solté con brusquedad y me dirigí a la puerta.

                — Me voy. Volveré en un par de horas, para entonces espero que no estés aquí. Deja las llaves en el buzón.

                Ella se encogió de hombros y me miró mientras yo salía por la puerta.

                Dos horas y once minutos más tarde subí a mi casa medio arrepentida de lo que había hecho. Ni siquiera miré el buzón por si las llaves estuvieran allí. Abrí la puerta y su ausencia me golpeó sin ni siquiera ver los armarios vacíos ni el baño sin su champú ni su cepillo de dientes. Todo Ella había desaparecido, solo quedaba la foto de las dos en la playa que había en nuestra mesita de noche. Ni un recuerdo se había llevado. Todo lo nuestro le había dado igual.

                Me eché en la cama llorando, sin aguantar ni una lágrima más. Pero aquellas sábanas olían a Ella. Me levanté y las metí en la lavadora, recogí toallas, y empecé a limpiar todo de nuevo. Quería quitar su olor.

                Ahora dos meses más tarde ya no busco su olor en cada rincón. Ahora consigo despertar cada mañana sin lágrimas en los ojos. Aún no he perdonado a mi padre, más por mi orgullo, porque aunque no apruebe sus métodos, él en realidad tenía razón. Ella era un espíritu libre.

                En estos dos meses Marcelo y yo nos hemos visto todos los días. Salimos a pasear, algunas veces en silencio, y otras hablamos sin parar. Nos volvemos a descubrir el uno al otro, disfrutamos de nuevo con nuestra compañía. Aunque no hemos vuelto a acostarnos y seguimos viviendo separados. Él se ha quedado alguna noche en mi casa durmiendo en el sofá. Y yo me he descubierto a mí misma mirándolo dormir con la luna como testigo.

                He quedado con él en unos minutos. Viene a casa a cenar. He hecho pollo al horno. El timbre suena solo dos minutos antes de la hora.

                — Hola.

                — Hola.

                Dos besos en la mejilla. Él está más serio de lo normal.

                — Di ya lo que tengas que decirme, no esperemos más.

                — ¿Cómo sabes que tengo algo que decirte?

                — María no esperes más, te conozco, si quieres que no volvamos a…

                — Estoy embarazada.

                Marcelo me mira como si no me hubiera escuchado bien.

                — Estoy embarazada. — Repetí.

                Los dos nos miramos expectantes. Aquella noche en el hotel se viene a nuestras cabezas, los dos pensamos en el mismo instante. Yo sonrío, el sonríe. Viene corriendo a abrazarme, nos fundimos en un abrazo y nos reímos al compás de una música ya no tan lejana. Marcelo toca mi barriga, y yo me dejo acariciar. 

FIN






2 comentarios:

  1. Hola!!!! Pues me ha gustado que lo pongas así porque ya sabes que los finde no paro en casa y me faltaban muchos capitulos.
    Un besito y me ha gustado mucho.

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    1. Muchas gracias guapa. Espero que disfrutes de su lectura, ya me contarás como te ha parecido.
      Un besazo.

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