9/7/16

Ella. Capítulo 8.



                — Está dormida.

                Oigo las palabras en un sueño, como en un eco. Entorno los ojos y no veo a Marcelo en la habitación. Debe de hablar desde el cuarto de baño. Oigo pasos y cierro los ojos.

                — No la quiero despertar. No ha pasado buena noche.

                Silencio, y yo no muevo ni un músculo. Apenas lo oigo y quiero saber con quién habla.


                — No sé lo que pasó, tampoco me importa.

                Algo que no alcanzo a oír y otra vez silencio. ¿Estará hablando con Ella? ¿Habrá tenido la desfachatez de llamarlo?

                — No todo el mundo es como tú. Piensa un poco en las consecuencias de tus actos.

                ¡Ay mi niño! Siempre defendiéndome.  No sé cómo lo hace.

                — No quiero saberlo, ya no es asunto mío... Si estoy aquí es por María.

                Esto último lo oigo claramente, como un grito apenas ahogado a través de la puerta del baño.

                — A ti no te importa si la quiero o no. Eso es asunto mío. Lo mismo que si quieres saber cómo está es mejor que la llames a ella. Estoy harto de tus jueguecitos.

                No sabía hasta qué punto Marcelo seguía enamorado de mí. Ahora lo tengo claro. Un suspiro me lleva a escuchar.

                — De acuerdo, está bien. No quiero discutir. No entiendo tu manera de querer, pero…

                Silencio de nuevo. Supongo que Ella le estará dando un sermón de su amor por mí. Se le da muy bien, por eso yo no quiero hablar con ella. Seguro que me convencía.

                — De verdad que yo no necesito esto, si quieres hablar con María, llámala.

                Silencio al otro lado de la puerta. Oigo el grifo correr y unos gemidos entrecortados. Lloro en silencio con él. ¡Qué egoísta estaba siendo!

                Me levanto a pesar de saber que él no quiere que lo viera así. Me asomo a la puerta tímidamente, él está con las dos manos apoyadas en el lavabo y la cabeza agachada, llorando como un niño. Todavía tiene el móvil en una de las manos. Me mira con los ojos anegados en lágrimas y yo me acerco a él. Le quito el móvil de la mano, y me pongo de espaldas al espejo entre sus dos manos.

                Le seco la cara con mis manos, y beso cada una de las lágrimas que le ruedan por las mejillas. Mis labios se encuentran con los suyos, casi sin querer. Nos miramos, apenas segundos, y la pasión nos encuentra. Me agarra de la cintura sentándome en el lavabo. Yo envuelvo mis piernas a su cintura.

                El dolor nos une de nuevo en una danza pasional. Nos arrancamos la ropa en un suspiro, nos abandonamos al amor certero, a las caricias conocidas, y los besos entregados. Nos abandonamos al deseo y a la pasión sin pensar en nada. Como dos auténticos desconocidos que tienen una aventura en una habitación de hotel.

                Todo acaba cómo ha empezado, rápido. Los dos tumbados en el frio mármol del suelo, jadeando, con el único calor de nuestros cuerpos unidos. De fondo la melodía de mi móvil. Era Ella, eternamente era Ella. Siempre elegía el momento justo.

2 comentarios:

  1. El momento justo. Y justo en ese momento nos deja suspendidos de su misterio. Las emociones crecen hasta desbordarse. Veremos hasta dónde llegan
    Besos

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    1. Si hay momentos y momentos, y hay gente que sabe elegirlos bien.
      Un besillo.

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