20/6/16

Corazón roto



                Mi corazón no galopa, ni siquiera corre, casi no lo siento. Parece que se ha escondido entre las zarzas, entre los caminos escondidos, entre los montes más altos y los océanos más profundos. Apenas lo escucho, porque ya no quiere seguir latiendo. Duele demasiado, cuesta demasiado. Se está rindiendo.

                Me tumbo y pongo mis manos en mi pecho. El silencio es atronador. Aprieto más mis manos, pero apenas oigo un triste “pum, pum”. Respiro hondo, mientras trago la amargura que me envuelve. Las lágrimas me abrasan los ojos que las contienen, hasta que vuelven a su sitio, junto a ese corazón malherido. Ese corazón que ya no cumple su función.

                Ese corazón vacío, porque el amor ya no quiere hacerlo funcionar. Porque el amor que lo hacía funcionar se ha ido, lo ha dejado solo. Apenas lo siento ya, por mucho que aprieto mis manos, el sonido suena lejano, como un eco en una cueva profunda.

                Cierro los ojos y me abandono a esa sensación, y aunque intento encontrar ese momento en el que empecé a abandonar lo más importante de mi ser, no consigo recordar los olvidos, los reproches, los silencios, los momentos no vividos, las palabras no dichas. Todo eso ya ha pasado, todo eso me ha dejado la huella imborrable de mi corazón roto.

                El problema es que ya no sé cómo arreglarlo, ya no sé cómo hacerlo funcionar, no sé hacerlo galopar como lo hacía antes. Lo golpeo con mis puños, tan fuerte como puedo, tan fuerte que me hago daño, tan fuerte que mi cuerpo reacciona. Pero él se niega a ser oído, no quiere salir de su escondite.

                Y entonces pienso que a lo mejor él solo se ha puesto una coraza, una de esas de hierro, de esas impenetrables por lanzas y espadas. A lo mejor solo necesita tiempo para sanar, a lo mejor por eso no lo oigo, a lo mejor por eso el dolor es tan fuerte, porque él ya no puede ayudarme a superarlo.

                Así que me quedo aquí tumbada, esperando a que él quiera salir, a que él me ayude a levantarme, a que las lágrimas lo ayuden a sanar, que sean el pegamento para sus heridas. Pero el tiempo es caprichoso, juega con nosotros, y va al mismo ritmo que mi corazón malherido. No quiere darme tregua y los segundos se hacen eternos.

                Miro el reloj, y me doy cuenta de que el tiempo si pasa, es más, vuela, a un ritmo que no puedo seguir. Así que me convierto en una autómata sin corazón, un ser sin amor, una sonrisa fría, un continuar mecánico. Apenas notan la diferencia, aunque yo sigo sin oír el latido de mi corazón.


2 comentarios:

  1. Un corazón roto tiene la voluntad secuestrada y ponerse de nuevo en marcha es algo que, muchas veces, no puede hacer por sí mismo. De ahí que muchos cuerpos, como el de tu personaje, acaben siendo autómatas sin latido. Hermoso texto, María. No es fácil meterse en un cuerpo sin corazón y expresar lo que siente.
    Un beso

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    Respuestas
    1. Pues la verdad es que no sé si me habré aproximado, espero que si.
      Muchas gracias.
      Un besillo.

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