17/12/15

La escritora. Versión íntegra.

                Hoy quiero contaros mi historia. Mi nombre no viene al caso. Además no quiero decirlo, porque seguramente os sonará. Y algunos o algunas querrán pedirme un autógrafo. Me pasa de vez en cuando.


                No, no soy una actriz de Hollywood, no soy Lady Gaga, ni ninguna otra cantante. Soy escritora. Soy escritora y de las buenas. Soy de esas que se ganan la vida escribiendo. De esas pocas afortunadas.


                Desde pequeña escribir era mi pasión, escribía por todas partes, los márgenes de mis libros de matemáticas estaban llenos de letras. Las mesas donde me sentaba ya no eran verde escolar. Tenían un gris carbón que delataba mis momentos de creatividad.


                Así que un día, con tan solo 19 años, mientras leía un libro que se deshacía en mis manos, pensé. Sí este libro está publicado, yo también puedo publicar uno. Con lo que me puse a escribir como una loca en mi máquina de escribir. Mis dedos volaban entre las teclas, y las ideas iban y venían.


                Lo terminé en menos de un mes y lo mandé a todas las editoriales que encontré. Las fotocopiadoras de mi barrio temblaban y mi bolsillo también. Más de 400 páginas de terror y asesinatos. Pocas editoriales me contestaron, y las que lo hicieron me rechazaban amablemente. Lejos de venirme abajo me fui a la librería más grande de mi ciudad y empecé a observar a la gente que hojeaba los libros.


                Comencé un ritual, todas las tardes visitaba la librería con los ojos puestos más en la gente que en los libros. Pronto me di cuenta que donde más visitas había era en novela romántica. Nunca he sido una de esas chicas romanticonas que suspiran por el chico de sus sueños. Pero decidí que haría una investigación exhaustiva del género.


                Y cambié mi escenario por mi biblioteca. Busqué todo tipo de títulos del género, y me puse a investigar. A la vez que leía, escribía como loca en mi casa. Varios títulos decoraban mi mesa de escritorio. Montones de folios escritos se acumulaban por mi habitación.


                Y después de meses escribiendo y leyendo sin parar, comencé a mandar novelas a concursos y editoriales. Siempre sin dejar de escribir ni de leer. Pronto llegó mi oportunidad y mi primer libro salió a la venta. Después de ese vinieron muchos más y poco a poco, me fui haciendo con el mercado editorial. De mi mente salían relaciones estupendas, con hombres maravillosos.


                En mi vida personal, no había ese tipo de relaciones, pero tampoco las buscaba. Solo tenía un sueño, un sueño que seguir y cumplir. Nunca había querido tener hijos, el instinto maternal nunca había llamado a mi puerta. Con lo que me dedicaba a escribir.


                Ahora llevo un tiempo cansada de buscarles amores a mis protagonistas, de sacarlas de problemas por el simple hecho de encontrar la persona amada. Quiero escribir otra cosa, quiero escribir sobre crímenes. Me encantan las series policíacas, siempre adivino el asesino. Me encantaría poder escribir un libro del que nadie supiera quien es el culpable hasta la última página.


                Pero para eso tengo que investigar, tengo que salir a la calle y ver. 
Leo las páginas de sucesos de los periódicos, veo las películas de acción, incluso las de serie B. Series como Colombo, Diagnóstico asesinato, Mentes Criminales, CSI en todas sus versiones, El mentalista, Castle,… incluso Calígula, (los romanos fueron los grandes expertos en traiciones y elucubraciones).


                Pero me falta algo, tengo que vivirlo en primera persona, todo eso no me sirve. Llevo varios días fijándome en la camarera del bar donde voy a desayunar. Es una chica normal, pelo castaño, figura no muy destacable, y ojos marrones. Una chica del montón, una chica imprescindible, la protagonista de mi próxima novela.

                 - Buenos días Rosa. ¿Qué tal está tu abuelo?



                - Buenos días. Pues al final lo he tenido que dejar ingresado, no puede respirar bien, y le van a hacer unas pruebas.


                - Espero que se mejore pronto. Ponme lo de siempre, voy a sentarme.


                La chica de ojos marrones me miró con gratitud. Y con una sonrisa me fui a mi mesa a sentarme mientras en mi cabeza las ideas bullían. En las últimas semanas solo me había dedicado a bajar a desayunar y entablar conversaciones con mi camarera favorita.


                Había descubierto muchas cosas de ella. Era un poco tímida, así que al principio me costó entablar una conversación. Pero poco a poco y con paciencia, fui desengranando sus secretos. Aunque tampoco eran muchos. Es una chica corriente del montón. Se llama Rosa y vive con su abuelo que está enfermo. Me dijo lo que le pasaba, pero no le hice mucho caso. Es algo irrelevante para mi historia.


                Abro mi portátil y espero a que se encienda. Voy a tener que cambiarlo, porque tarda una eternidad. Mientras se carga me doy cuenta de que ahora es el momento perfecto. Mi chica está sola. Su abuelo no está y su apartamento estará vacío.


                Sé que no se llevará a sus amigas a su casa, todas están casadas y algunas ya se han internado en el maravilloso mundo de ser madres, con lo que no tienen mucho contacto. Ella como la amiga soltera, se ha quedado a un lado. Repudiada de la sociedad. Podría perfectamente ser la protagonista de alguna de mis novelas románticas. Le buscaría su príncipe y serían felices para siempre. Pero esta vez no.


                Tendría que comprar las cosas que me hacen falta. No puedo esperar mucho más. No sé hasta cuándo estará su abuelo en el hospital. Así que repaso la lista que tengo en mi ordenador y pienso en si me haría falta algo más.


                - Aquí tienes tu café. ¿Cómo va la novela?


                - Parece que ya le voy viendo la luz. Oye si quieres que me pase esta noche por tu casa y así te hago compañía. Podemos ver una peli o algo.


                - Sería estupendo. Ahora mismo te doy mi dirección.


                Mientras apunta sobre el papel, miro aquellos ojos llenos de esperanza, de esperanza por una nueva amistad en su vida. Y yo solo pienso en lo que voy a escribir.


                - ¿Sobre qué hora me paso? – Digo mientras leo el papel que me da. No me hace falta, porque ya sé dónde vive.


                 - Vente para las nueve, te haré algo rico para cenar.


                - Muy bien, entonces yo llevaré el vino.


                - Estupendo, pues luego nos vemos.


                Mi camarera se aleja en busca de otro cliente al que atender. Una sonrisa maligna se asoma a mi boca, entonces recuerdo  a esas rubias que ponían como malas en las películas antiguas. Y una frase de un niño de una de ellas que decía, que las malas siempre entornan los ojos. Así que lo hago. Me voy a convertir en una mala de película, o más bien en una mala de novela.

              Lo importante de mi personaje es que está sola, no tiene a nadie, excepto a su abuelo moribundo. Tengo que asegurarme de que nadie me relacione con ella. Me han visto en el bar hablando con ella. Pero no más tiempo que cualquier otro cliente.



                Es posible que alguien la haya visto darme su dirección, pero no estoy segura. Me pongo a recordar la gente del bar. Un matrimonio mayor un poco acaramelados en una mesa. Una chica mirando su móvil en otra. Un hombre leyendo el periódico en la barra. Dos amigos hablando acaloradamente en otra mesa y una viejecilla con su carro de la compra en la barra.


                No hay problema de que ninguno me delate.


                Ahora me queda decidir si quiero que mi personaje se suicide o sea un asesinato que la policía deba resolver. Está claro que un suicidio no tendría mucho recorrido en mi novela. La policía no investigaría. A no ser que me dejara alguna pista que hiciera sospechar que alguien la ha matado haciéndolo pasar por suicidio.


                También podría matarla, dejando un reguero de sangre por toda la casa, la policía científica se volvería loca. O podría hacerla desaparecer con ácido.


                Sea lo que sea, me tengo que decidir pronto porque solo tengo el día de hoy. Tendré que aprovechar esta noche. No tengo otra oportunidad.


                Aunque ahora me asaltan otras dudas. La policía investigará su puesto de trabajo. Y ahí estaré yo, cuando salga mi novela descubrirán todos los secretos. Sabrán que he sido yo. Pero bueno, tampoco pasa nada, se puede escribir desde la cárcel, y en este país no existe la pena de muerte. Además mis libros alcanzarían un gran éxito. Le daría a la gente lo que más les gusta, el morbo de una escritora asesina.


                Pero si me meten en la cárcel, ya no podré matar a más protagonistas. Ya no podré escribir más libros. Lo mejor será encontrar tantas víctimas como pueda antes de dejar que me atrapen. Así podré seguir escribiendo todo lo que quiera.


                Pero lo primero es lo primero. Tengo que centrarme. Rosa me espera. Y no sabe que yo seré su verdugo, su liberación de este mundo.


                Me miré en el espejo por última vez, labios rojos, cabello recogido, vestido negro y zapatos de aguja a juego. Estaba lista para acudir a mi cita con Rosa. Esta noche era la noche. En la bolsa llevaba dos botellas de vino. No era muy especialista, así que había cogido aquel que estaba más de moda.

                Me dirigí a su casa andando. Estaba un poco lejos, pero paseando no dejaría huellas en mi coche ni en ningún taxi. Antes de entrar me fijé que no hubiera nadie. Tuve la suerte de que el último vecino que abrió la puerta se la dejó abierta, y yo entré tras él. No encendí las luces, subí por las escaleras con mis tacones de infarto, haciéndome el camino un poco más difícil. Ya en su puerta me detuve a recuperar el aliento.

                Toque con mis nudillos suavemente. Oí sus pasos al otro lado y un quién es. Le contesté, no muy fuerte.

                - Pero, ¿qué haces ahí a oscuras? Anda pasa. Estás guapísima.

                Yo me limité a sonreír, hasta que no cerró la puerta a las miradas externas no me relajé. Sin la cola del trabajo ni el uniforme, me encontraba ante una belleza de mujer. Se había puesto unas gafas de pasta, que lejos de afearla la hacían más interesante. Tenía una brillante melena castaña que lucía con tirabuzones.

                Nos sentamos juntas en el sofá y abrió una de las botellas de vino. De la cocina emanaba un olor suculento que hacía que la boca se me hiciera agua.

                - ¿Qué vamos a cenar?

                - Nada del otro mundo, no he tenido mucho tiempo de cocinar, pollo al horno con verduras. Es que he ido a ver a mi abuelo después del trabajo. Y el médico quería contarme algunas cosillas que me han hecho retrasarme un poco.

                - ¿Cómo está tu abuelo?

                - Pues parece que va a necesitar quedarse en el hospital más tiempo. El médico no me ha dado muchas esperanzas.

                - Lo siento mucho. – Mientras decía estas palabras le acaricié el hombro para darle un poco de consuelo. Ella me miró a los ojos y me sonrió.

                - Llevas gafas. – Fue lo único que acerté a decir. No sabía porque, pero me estaba poniendo nerviosa.

                - Sí, en el bar llevo lentillas, pero cuando llego a casa me gusta relajarme. La comida ya estará hecha, voy a servirla.

                La cena pasó rápido, empecé a sentirme a gusto en su compañía y la verdad es que podía hablar con ella de muchas cosas. Era inteligente y muy perspicaz. Hablamos de mis libros, de su carrera de arte, de su abuelo y de su familia muerta prematuramente. De tener hijos o no tenerlos y de mil cosas más que nos llevaron a acabar la segunda botella de vino.

                Yo había bebido más de lo que tenía pensado, así que cuando me ofreció una copa la rechacé. Parecía el momento de irme, pero no quería moverme del sofá. Yo había ido allí para otra cosa. Las pastillas que me había metido en el bolso seguían allí, se me había olvidado completamente echárselas en su copa.

                ¿Cómo lo haría ahora? Necesitaba dormirla. No era capaz de ponerme a luchar con ella, es más, seguro que no ganaría. La miré, intentando calcular su fuerza. Ella malinterpretó mi mirada. Se acercó a mí y posó sus labios sobre los míos. No me moví, me sorprendió. Noté su dulzura y su ternura, y el instinto me hizo cerrar los ojos.

                Me besó despacio, y yo respondí a su llamada, nuestras bocas se abrieron para encontrarnos y nuestras lenguas empezaron una danza hasta ahora desconocida para mí.

                Quería apartarme, pero no podía. Había ido allí a otra cosa. No paraba de repetírmelo. Algo que me había dicho Rosa me vino a la cabeza. Su abuelo no saldría en algún tiempo, incluso era posible que no volviera a casa. Tendría más días para hacer lo que había venido a hacer.

                Con lo que me abracé a ella y me dejé llevar por el momento.


                Me desperté cuando aún era noche cerrada. No entraba ni un rayo de sol por la ventana, abrí los ojos y ahí estaba ella, con el pelo revuelto y el rímel embadurnándole los ojos. Dormía plácidamente, con lo que me deleite mirándola. A pesar de no haber mucha luz, su silueta se podía ver bajo las sábanas. Aquello era nuevo para mí.

                Cerré los ojos y respiré hondo. Me levanté lo más sigilosa que pude, me vestí y salí de aquella casa tan llena de mí. Mis labios rojos sobre una copa, mis huellas dactilares por todas partes, y aquellas sábanas llenas de pruebas que me inculpaban solo a mí.

                El portal estaba en silencio, cuando abrí la puerta de la calle, el aire frío de la madrugada me golpeó los pulmones. Mejor, así me espabilaría y pensaría que iba a hacer.

                Cuando llegué a mi casa, ya lo tenía claro. No me acosté, me senté a escribir lo más raudo que me dejaban mis dedos, mi mente era más rápida. Mis dedos solo podían seguirla torpemente.

                Cuando salió el sol, yo ya iba por mi tercer café. Y me sentía agotada. Me recosté en mi sofá y miré por la ventana para ver como salía aquella esfera brillante. Me debí quedar dormida, porque cuando volví a mirar la hora, ya eran las doce del mediodía.

                Rosa hoy libraba, por eso elegimos el día de ayer para quedar. Cogí mi teléfono y cambié la tarjeta, por otra de recarga y la llamé.

                - Buenos días Rosa.

                - Querrás decir buenas tardes. Pensaba que no volvería a verte, después de haberte escapado de mi casa.

                - No digas tonterías. Lo que pasa es que me llegó la inspiración, y tuve que irme a escribir. Me he quedado durmiendo mientras lo hacía.

                - Es que tanto ejercicio extra lo notan tus músculos. – Oí una risita al otro lado del teléfono que me hizo sonreír.

                ¿Me estaba convirtiendo en una de mis protagonistas? Esto no podía ser, tendría que solucionarlo, y rápido.

                - La verdad es que no estuvo mal el ejercicio adicional.

                - Sí quieres podemos probar de nuevo esta noche. Llamaré a mi jefe y le diré que me he puesto mala. Y mañana podremos desayunar juntas.

                - Me parece un plan perfecto. Nos vemos luego en tu casa. Ya sabes, yo llevo el vino.

                Colgamos sin decir nada más. Saqué la tarjeta de mi teléfono y la rompí a cachitos. Tenía cientos de ellas que había estado recopilando, era una de mis manías. Cada tarjeta que regalaban, o cada promoción de telefonía, ahí estaba yo para conseguir una. Y ahora me iban a valer todas.

                Me di una ducha más larga de lo normal y me pasé la tarde leyendo a otros que no eran yo. Cuando llegó la hora, casi ni me arreglé, me puse un vestido normalito, me recogí el pelo y me pinté los labios, del mismo rojo que la noche anterior.

                Cuando llegué a su casa, el mismo ritual, no quería que nadie me viera, y si seguía apareciendo por allí, tarde o temprano, alguna vecina cotilla me identificaría.

                Mientras ella estaba trasteando en la cocina, yo servía el vino en el sofá. Saqué dos pastillas y las eché en su copa. No sabía si se derretirían, pero por si acaso, metí el reverso del tenedor que había en la mesa, para machacarlas.

                Cuando ella trajo la cena brindamos por nosotras. Sonreí viendo como apuraba la copa hasta la última gota. Volví a llenársela y nos sentamos a cenar. Ya solo me quedaba esperar.



                Se quedó dormida mientras veíamos una extraña película que me hacía dormir a mí sin necesidad de pastillas. La observé un rato, sin atreverme a hacer lo que pretendía.

                Me levanté y lavé mi copa, mi plato, mis cubiertos. Todo lo dejé como si hubiera cenado ella sola. Me fui al baño donde esperaba una bañera, pero mi plan se vino abajo cuando delante de mí lo único que había era un plato de ducha. La noche anterior estaba tan enfrascada en Rosa que no me di cuenta de que allí no había bañera.

                 Me lo tenía que haber imaginado. Ella tiene un abuelo al que cuidar, y una bañera no es muy funcional que digamos. Mi plan se venía abajo por segundos. Tendría que improvisar y rápido. Busqué en el mueble donde había visto a Rosa rebuscar mientras me ofrecía una copa. Había, ron, vodka, tequila, y hasta una botella de anís. Cogí la botella de tequila. Vacié las tabletas de pastillas y las puse en la mesa.

                No sabía cómo iba a hacer que se tragara todo aquello dormida como estaba. ¿Y sí se despertaba? Las manos me sudaban. Esto de improvisar no era bueno. Seguro que algún fallo tendría. El corazón me latía a mil por hora.

                Machaqué las pastillas y las puse en una cucharita de café. Se la metí en la boca. Se movió un poco, quejándose del nuevo objeto que la invadía, pero no abrió los ojos. Me quedé quieta, sin emitir ruido alguno. Al poco rato cogí la botella de tequila y eché en un vaso, tumbada como estaba el líquido entró fácil. Una mueca en su cara fue lo máximo que se movió.

                Poco a poco le fui dando pastillas y alcohol. Hasta que la botella se vació. Le toqué el pulso. Aún tenía, aunque muy débil. No sabía cuánto tardaría en hacer efecto todo lo que le había dado. Así que empecé a recogerlo todo, limpié todas mis huellas y deje la botella de tequila en el suelo a su lado. La dejé volcada. Daría más dramatismo a la escena.

                A ella la cambié de postura tantas veces, que ahora ni me acuerdo de como la deje. La caja de pastillas también en el suelo. La cucharita de café limpia y seca en el armario de los cubiertos.

                La miré por última vez a las cuatro de la madrugada. Estaba tan hermosa que no parecía que la muerte se la llevaría en cuestión de minutos. Ella no vería un nuevo amanecer. Su abuelo ya no tendría quien cuidara de él, si es que salía del hospital.

                No tenía ni un ápice de remordimiento. Me sentía feliz. Lo había conseguido. Mi próxima novela sería todo un éxito.

                Salí del edificio sin hacer ruido. Zapatos en mano y andando de puntillas. Cuando llegué a la calle, estaba desierta. Solo me acompañaba la luz de las farolas.

                Ya en casa me senté a escribir. Pero mi mente no era capaz de describir lo que había hecho. Demasiado fácil, demasiado obvio. Una punzada de decepción me recorrió el cuerpo. Esa muerte no era digna de un best seller. Era una muerte rápida y sencilla. De hecho ni siquiera la había visto morir. Debería haberme quedado a verla. O haberla asfixiado con mis propias manos. Aquello no tenía ningún valor.

                Me fui a la cama, quería dormir y despejar mis ideas. Al despertarme me encontraría mucho mejor. Y seguro que las letras saldrían solas.



                Me desperté con un gran dolor de cabeza. La habitación estaba completamente a oscuras. Y no porque fuera de noche, sino porque había cerrado persianas y puertas. Miré el despertador de la mesita de noche. Las cinco de la tarde. Me levanté fui al baño, me tomé una pastilla y me volví a meter en la cama.

                Una mala sensación me recorría el cuerpo. No era arrepentimiento, era algo peor, el saber que no había hecho un buen trabajo.

                Me volví a despertar a las dos de la madrugada. Estaba ansiosa. El dolor de cabeza había desaparecido, pero ese malestar seguía en mi cabeza. Me puse un chándal, me coloqué los auriculares del móvil y me fui a la calle a despejar mis ideas. No iba a correr, nunca me había gustado, pero el aire de madrugada sería bueno. La calle estaba desierta, de vez en cuando pasaba un taxi, o un coche a toda velocidad, seguramente viniendo de la zona de marcha.

                Entonces la vi, una chica joven, tacones en mano, y algo borracha como para mantener una línea recta en su trayectoria. Iba con un vestido negro ajustado que no dejaba nada a la imaginación. En mi móvil sonaba I don’t want to miss a thing de Aerostmith. Así que empecé a andar hacia ella con paso decidido.

                No me oyó llegar hasta que fue demasiado tarde. Le rodeé el cuello con los mismos auriculares que habían dejado de sonar. Intentó resistirse, pero el alcohol le había dejado sin defensa alguna. Me costó un poco más que Rosa, pero estaba claro que esto se me daba bien. La adrenalina me recorría el cuerpo. Estaba eufórica. La vi allí tirada en el suelo y estaba preciosa en esa postura antinatural que había quedado. No la moví. De hecho ni la toqué.

                Me volví a poner los auriculares y Aerosmith siguió cantando. Ahora sí que necesitaba correr. Empecé a dar grandes zancadas, iba a toda la velocidad que me permitían mis piernas. Cualquiera que me viera pensaría que era otra loca del running. Nadie sospecharía de mí, aunque dos calles más abajo ya me había quedado sin respiración. Mi falta de práctica me pasaba factura.

                Fui a casa y me empiné la botella de agua del frigorífico. Me duché con agua hirviendo y me senté delante de mi amado portátil. Mis dedos bailaban al son que yo les dictaba. Eran mi llave hacia la fama, en todos los sentidos. Me sentía fuerte y vigorosa.

                Quería saber sí habían descubierto ya a Rosa, con lo que en cuanto salió el sol, me vestí y me bajé al bar con el portátil en mano. De camino pasé por un kiosco y compré el periódico. A lo mejor habían incluido en sus páginas la muerte de aquella niña de unos veinte años en la sección de sucesos.

                No había nada. Ni siquiera sabía a qué hora me había encontrado con ella. Seguramente no les habría dado tiempo a encontrarla y a dar la noticia.

                Rosa no estaba, pero eso ya lo sabía. En su lugar estaba su jefe que charlaba con otro cliente asiduo al bar. Se quejaba de que la gente no tenía ganas de trabajar, creía que había encontrado una buena empleada en Rosa, pero llevaba ya dos días sin dar señales. Ya estaba harto, si hoy no le cogía el teléfono, contrataría a otra. Hay montones de niñas que buscan un trabajo.

                Sonreí, sabía que Rosa no cogería el teléfono. Y sí su jefe no la volvía a llamar, ¿la encontrarían algún día? ¿O abrirían la puerta de su casa cuando el olor a muerto los alertara? Aquella idea me hizo cosquillas en el estómago. Lejos de repudiarme, me agradó el saber que se la encontrarían sin ningún tipo de rastro sobre mí. No hallarían nunca la verdadera causa de su muerte.

                La de la chica de la noche anterior sí. Volví a sonreír. Me acordé de Michelle Pfeiffer haciendo de mala en alguna película y riendo mientras echa la cabeza hacia atrás. Me sentí ella. Y me sentí poderosa. Aquello solo acababa de empezar.

                No encendí mi portátil. Me fui a casa con solo un café en el estómago, y encendí la tele. En algún sitio hablarían de aquella chica muerta. 

               Después de llevar toda la mañana zapeando sin encontrar nada respecto a mis dos obras de arte, me sentí un poco decepcionada. ¿Para qué cometer los asesinatos sí nadie se iba a enterar de ello?


                Así que me vestí, me arreglé un poco y decidí salir a comprarme un poco de ropa para correr. Tenía que ponerme en forma. No podía ahogarme a la primera de cambio. Sí un día la policía me perseguía tendría que salir corriendo. Las persecuciones de las películas siempre acaban pillando al asesino, pero eso no me iba a suceder a mí.

                Me pasé la tarde de tienda en tienda dejándome aconsejar por supuestos expertos en ropa deportiva que te hacían gastar una pasta en cosas que de verdad no necesitaba. Pero me daba igual. El dinero me sobra. Y mi armario no es que este muy lleno. Nunca he entendido a esas mujeres que rebosan el armario de prendas que luego ni siquiera llegan a ponerse. Y lo de los zapatos, un misterio total.

                Llegué a casa reventada. Estaba deseando bajar al bar, pero no era mi hora, así que me puse un pijama, me puse el telediario y me senté frente a la tele con algo de cenar.

                De repente mi corazón se empezó a acelerar, imágenes de alguien en el suelo tapada con una sábana, policías por todas partes, ambulancias, unos padres destrozados, llorando y gritando a pesar de las cámaras. Y yo con una sonrisa de oreja a oreja. Me sentía pletórica. Aquello era mi comienzo. No decían mucho, solo que se habían encontrado a una chica de 22 años de edad muerta en la calle. No sabían cuál era el móvil y la policía no descartaba ningún sospechoso.

                Pusieron una foto de la chica en cuestión, con un vestido blanco y una sonrisa en su boca. Parecía una chica modelo, nada que ver con la que yo vi con los tacones en la mano y el rímel corrido. Me dio un ataque de risa, aquello me parecía cruel, pero no podía parar.

                Como pude, me calmé y me senté frente a mi ordenador. Escribí a pesar de mi cansancio, y a pesar de los ataques esporádicos de risa. Cuando miré el reloj ya eran las tres de la madrugada. Estaba cansada, ya empezaría a correr mañana. Quería descansar.

                Me desperté al cabo de una hora sudando y con imágenes inconexas en mi cabeza. Policías persiguiendo, sangre por todas partes, música bacalao más fuerte de lo normal, gente de fiesta. Me costó ubicarme en mi cama. Mi respiración estaba agitada. Así que me vestí con el chándal, me puse los tenis y me fui a correr helada de frio. Me subí la braga hasta la nariz y la capucha en mi cabeza. Solo se me veían los ojos. Toda de negro se me confundía con la noche.

                Pasé por un cajero y vi un bulto dentro. Seguí corriendo y di la vuelta a la manzana, volví a verlo. Era perfecto. Un hombre solo, durmiendo en un cajero. Pero había cámaras, no podía hacerlo allí. Toqué varias veces al cristal y cuando levantó la cabeza le hice señas para que me siguiera. No sabía si iba a funcionar, pero lo tenía que intentar.

                El hombre se acercó a mí con cara de pocos amigos.

                - ¿Qué quiere?

                - Perdone que le moleste. Necesito su ayuda. – Puse mi voz de dama en apuros. – Resulta que me gusta beber más de la cuenta, y se me ha acabado la bebida en casa. El único sitio que hay abierto ahora mismo es el 24 horas de la calle de atrás, pero no me venden porque la última vez me pasé un poquito. ¿Sería tan amable de comprarme una botella? El cambio sería para usted.

                El hombre miró el billete de 100 euros que le tendía, me miró a mí, supongo que estudiando los riesgos que podía correr. Cogió mi billete y sin decir nada más se dio la vuelta en dirección a la tienda.

                Lo esperé allí, esta vez no lo haría tan rápido, quería saborearlo. Me trajo la botella y me la dio sin decirme nada más.

                - Muchas gracias. ¿Duerme usted siempre por aquí? Lo digo por si puede ayudarme en otro momento.

                - Sí, sí, cuando usted quiera.

                El hombre siguió andando y se volvió a meter en el cajero. Pensé que se sacaría otra botella para él, pero se volvió a acostar sobre su cama de cartón. Yo me volví a casa andando. La botella la tiré en el próximo contenedor de vidrio que me encontré. Hay que reciclar.


                Aquella era la tercera noche que me reunía con mi amigo del cajero. Yo le pedía que me comprara y él iba diligente. Me estaba empezando a caer bien, y eso que no intercambiábamos ninguna palabra más de la debida.

                Pero aquella noche era diferente, yo tenía un plan para aquel hombre y su simpatía no me iba a amedrentar. Cuando me trajo la botella la abrí y le ofrecí. Él me denegó el trago.

                - Aunque no bebas, me podrías hacer compañía mientras yo lo hago.

                Me miró con resignación. Creo que yo le daba pena. Era irónico, yo le daba pena a un hombre que estaba en la calle, a un despojo humano sin oficio ni beneficio. Me entró la risa, y él me miró con más cara de pena aún. Me lo llevé a un callejón allí cercano. Me empiné la botella para tranquilizar mis nervios. Eso lo había visto en muchas películas, pero a mí no me funcionó. Me atraganté por querer beber más de la cuenta. Me dio un ataque de tos, el hombre se acercó a mí preocupado, intentando darme en la espalda para que se me pasara.

                Yo haciendo aspavientos con las manos rompí la botella contra la pared.

                - Señora se va a hacer daño.

                No vio mi embestida hasta que ya estaba demasiado cerca. Los trozos de cristal de la botella se clavaban en su estómago una y otra vez, mi mano se movía como si alguien ajena a mí la impulsara. Él me miraba con cara de asombro, y otra vez ese gesto de compasión. Noté como un ataque de furia me subía por la garganta hasta mi cabeza. Todo se me nubló, lo veía a través de mí, como si fuera un fantasma de mi pasado que me enseña un asesinato atroz. Oía una risa lejana, una risa escalofriante que me helaba la sangre. Era mía.

                El hombre yacía en el suelo ya sin vida, y yo seguía clavándole la botella una y otra vez. Lo miré, miré sus ojos inertes y le tiré la botella a la cara. Salí de allí corriendo. La adrenalina me corría por todas las venas de mi cuerpo empujando la sangre, bombeando mi corazón. Estaba feliz, me sentía feliz y completa. Aquello era mejor que un orgasmo.

                Llegué a casa pero no me duché ni me lavé las manos. Me hice fotos, posaba como una modelo de pasarela en el espejo de mi cuarto de baño. Gotas rojas bañaban mi cara, mis manos y el resto de mi ropa. El pelo que me había recogido en una cola lo tenía oscuro y pegajoso. Me sentaba bien.

                Me metí en la ducha de mala gana, no quería librarme tan pronto de lo que me hacía feliz, pero tampoco quería manchar la casa.

                Me fui al salón y miré la mesa. Estaba llena de recortes de periódicos. Recortes que hablaban de una niña asesinada, de un supuesto suicidio y de un abuelo muerto por la pena.  Fotos de unos padres llorando y del bar de abajo. Fotos de la casa de Rosa llena de policías.

                Acaricié mis tesoros y recordé que pronto tendría más. Miré mi portátil. Tendría que escribir ahora que lo tenía fresco. Ahora que los recuerdos no se me confundían con la imaginación de escritora. Ahora que podría contar la verdad de un asesinato de primera mano.

                Pasé de largo, no quería escribir. No necesitaba escribirlo. Me senté en el sofá con la manta y encendí el televisor. Necesitaba embobarme, distraerme, tanta euforia no era buena.

            Tres años más tarde…

                De pie en mitad de la sala no sabía cómo había llegado a eso. En mi mano derecha tenía un cuchillo y en la izquierda un martillo. Las gotas de sangre me caían por los brazos hasta formar un charco en el suelo. Debía llevar mucho tiempo en esa posición, porque el charco era grande. Mi pelo suelto goteaba también, estaba pegajoso, un mechón se me pegó a la boca y lo chupe. Aquel sabor conocido me despertó de mi letargo.

                Miré a mi alrededor y aquella nave me devolvió la mirada. Cuerpos mutilados por el suelo, la sangre de unos se mezclaba con la de otros. Jóvenes, viejos, mujeres, hombres. Algunos llevaban allí días, otros acababan de llegar. Me paseé con mis herramientas en la mano entre mi obra de arte. Algunos colgaban del techo enganchados por cadenas de los tobillos o de las muñecas. Otros atados a sillas y otros simplemente abandonados por el suelo.

                En medio de todo aquello un trípode con una cámara que iba girando y haciendo fotos cada pocos minutos. Y es que quería conservarlo todo.

                Desde mi pobre hombre del cajero, todo se volvió más lúcido para mí. Ya no quería escribir, eso era para inútiles. Cualquiera podría hacerlo. Lo que quería era la adrenalina, mi nueva droga que había descubierto con mi pobre hombre.

                Había dejado huellas, ya lo creo, por todas partes, en la botella, en la ropa del mendigo, en su cuerpo, mis huellas lo cubrían todo. Pero me encanta la justicia española, porque al no estar fichada, no podían cotejar las huellas encontradas con las mías.

                Cuando lo oí en el telediario, me dio un ataque de risa que casi muero en el acto atragantada con un trozo de pollo. Era completamente libre, y aquello me dio alas para conseguir mi nuevo propósito.

                Ya no quería que me cogieran, lo que quería era vivir así, entre sangre y sorpresas. Con lo que me preparé para mi nueva vida. Me compré un saco de boxeo y me bajé cientos de tutoriales donde me enseñaban todo tipo de movimientos para ponerme en forma. La nueva era de la globalización me lo ponía todo más fácil.

                Mientras, salía de noche y encontraba nuevas víctimas que me hacían relamerme. Era la reina de la noche, nadie podía encontrarme, nadie podía detenerme. Pasé a formar parte de todos los telediarios, y en “Espejo público” habían dedicado un espacio solo para mí.

                Me compré cámaras de fotos, unas desechables que me llevaba conmigo en el bolsillo de mis sudaderas y otras más profesionales para las casas.

                Pero pronto aquello se me quedó pequeño, mi casa ya no era suficiente, y las muertes eran demasiado rápidas para saciar toda mi sed. Necesitaba más, lo intentaba escribir y me aburría, lo relataba en voz alta en una grabadora, pero a la mitad estaba tan emocionada que tenía que darme una ducha fría para calmar mis instintos.

                Cada muerte era distinta, no llevaba nada para hacerla más imaginativa, usaba cualquier cosa que me regalaba el escenario. Una de las veces maté a un hombre con su propia navaja multiusos, le clavé el sacacorchos en sus dos ojos y en todas las partes de su cuerpo. Parecía un colador, aquella comparación me hizo reír. Jamás me he reído tanto, ahora soy más feliz que nunca.

                Cuando pasé a mi plan más elaborado alquilé este almacén. Una nave vacía a las afueras de la ciudad. Y es que en mi última salida una chica me vio como mataba a una viejecilla mientras le clavaba una lata de maíz oxidada que me había encontrado en la basura. Salió corriendo, pero antes me vio. Salí detrás pero no la encontré, y me fui enfadada a casa. No porque me hubiera visto, sino porque no pude hacerle ninguna foto a mi nueva víctima.

                Me llevé mi saco al almacén, pinté una pared en blanco y colgué allí todos los recortes de periódicos que hablaban de mí. En algunos de esos recortes salía un retrato robot que aquella chica había proporcionado.

                Otra pared llena de ventanales la llené de mis fotografías, de mi obra de arte. Y en medio de todo aquello metí una cama, una cama redonda y enorme con sábanas blancas. El almacén tenía un baño, así que no tardé en trasladarme allí casi definitivamente. Pasaba poco por mi casa.

                La primera vez que me llevé una víctima a mi nueva casa la torturé durante medio día. Aún no había aprendido a mantener la gente con vida, pero todo en esta vida se aprende.





                Miraba a mi alrededor haciendo caso omiso a lo que había fuera y podía ver a través de las luces que se filtraban por los huecos de las ventanas que quedaban libres. Luces rojas y azules hacían aquel espectáculo mucho mejor.

                Sabía que no tenía escapatoria, así que allí, en medio de mi almacén, esperé a que entraran. Los esperaba con paz y tranquilidad, hasta que me puse a pensar que aquello ya se había acabado. Y todo fue por mi gran equivocación. Cogí a alguien que no debía.

                Hacía dos días, en mi rutina habitual me encontré a una chica rubia que tendría unos veintidós años. La chica era preciosa, llevaba un vestido de color rojo pegado completamente al cuerpo. Su larga melena le tapaba la espalda que llevaba descubierta.

                Acababa de bajarse de un coche descapotable que salió a toda velocidad. Ella intentaba mantener el equilibrio para poder entrar en casa. Yo me ofrecí  a ayudarla y la cogí de la cintura. Pero en vez de meterla en su portal me la llevé a mi coche de lunas tintadas. La tumbé en el asiento de atrás y me la llevé a mi casa.

                En  mi cabeza no paraba de recordar mis momentos con Rosa en la cama, y tenía muchas ganas de vivirlos con mi nueva pasajera. Pero visto quien llevaba el coche, me di cuenta de que no tenía ninguna posibilidad.

                La llevé a mi almacén y la colgué de las muñecas. No le quité los tacones ni su vestido rojo. Allí la dejé dormir, hasta que se despertó tres horas después. Las que yo había aprovechado para hacerle fotografías.

                Estaba desorientada, pero eso no le impidió intentar gritar. Le había tapado la boca, con esparadrapo, así que le fue imposible. Me miraba y se miraba las muñecas y yo hacía fotos mientras tarareaba, impasible ante sus esfuerzos por soltarse.

                Dejé la cámara en el trípode enfocándola, mientras yo empezaba con ella. Era preciosa y tenía grandes ideas para ella. Cogí unas tijeras y empecé a cortarle el vestido de abajo a arriba, despacio, dándome mi tiempo, ella intentaba soltarse, pero yo la agarraba fuerte de la cintura.

                Debajo llevaba un tanga y un sujetador negros de encaje. Se los dejé puestos. Ya habría momento para quitárselos.

                Un ruido fuerte me sacó de mis pensamientos. Los policías golpeaban mi puerta. Miré hacía lo que quedaba de la hija del alcalde. Me enteré demasiado tarde de que era ella. Le quedaba un aliento de vida, no podía creer que hubiera tanta tenacidad en un cuerpecito así.

                No viviría mucho más, su cuerpo estaba lleno de cortes, le había arrancado los pezones y le había quemado los pies en agua hirviendo. Todo aquello durante dos días. No era uno de mis mejores trabajos, pero no lo había hecho nada mal. Sonreí al pensar en el alcalde cuando la viera, completamente desnuda y destrozada como una muñeca rota. Le había rapado el pelo, y su melena rubia descansaba entre la sangre que había en el suelo.

                La policía por fin entró a detenerme. No me moví. Casi ni les oía. Creo que me dijeron que soltará mis armas. En algún momento abrí mis manos y las dejé caer. Entonces la policía se abalanzó hacia a mí y me llevaron esposada.

                Ahora estoy en la cárcel. Como fue mi plan desde el principio. Pude ver la cara del alcalde en las noticias gracias a algún periodista avispado que encontró mis cámaras escondidas, o a algún policía que se ganó un dinerillo extra por sacar aquellas fotos a la luz. Ver su agonía me alegró mis primeras semanas en la cárcel.

                Ahora escribo, escribo todas las muertes que he realizado. He vuelto a mis andadas. Mi primer libro fue un éxito de ventas. Sé que no podré utilizar ese dinero, pero disfruto pensando que hay mucha gente igual a mí por el mundo.

                Las demás presas me evitan, nadie se mete conmigo. Alguna que otra intentó hacerse mi amiga nada más llegar, pero se dieron cuenta de que era una loba solitaria. Este lugar está lleno de nuevas posibilidades. No tenemos muchas cosas con las que poder matar, pero algo se puede hacer. Y yo tengo todo el tiempo del mundo para pensar como.

FIN



8 comentarios:

  1. he comenzado a leer tu relato y me está enganchado lo voy leyendo de un tirón pero he de dejarlo por que me llaman me he quedado en: La cucharita seca en el armario de los cubiertos... seguiré leyendo

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    1. Pues me alegro de que te esté gustando. Espero que llegues al final y que te guste.
      Ya me contarás.
      Un besillo.

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  2. Hola María, aunque no comenté en el último capítulo, he aprovechado para hacer una valoración global del texto ya que lo has reunido todo en un post jeje.

    A rasgos generales, y ya que la protagonista ha acaparado todos los focos (sin que los personajes secundarios hayan sido de peso), considero que su personalidad ha quedado bien definida a lo largo del texto.

    La trama ha avanzado bien, creciendo a lo largo de los capítulos el daño físico que la protagonista tenía en mente hacer a algunas personas. Aunque en mi opinión, la cosa acaba desvariando un poco en el salto temporal. Pero eso ya te lo comenté en privado y no voy a incidir nuevamente.

    Para acabar, y tal como decía al inicio, de forma general me ha gustado la historia, y no habría leído cada capítulo de no ser así, ya que no me importa dejar una historia a medias si no me gusta, pero no ha sido el caso. Creo que había mucho potencial y se ha desaprovechado un poco, pero como te dije un día, si te gusta el resultado, es lo importante.

    Un beso compañera.

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    1. En tres años la mente de esta escritora ha variado mucho. Al final de antes del salto en el tiempo ya se ve como va cambiando.
      Pero supongo que como gustos colores. Valoro tu valoración porque me gusta que seáis sinceros con vuestros comentarios, y eso me ayuda a saber lo que gusta y lo que no.
      Muchas gracias. Un besillo.

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  3. Acabo de terminar esta historia y se ve que te gusta escribir de asesinatos. Yo nunca he hecho nada que tenga que ver con asesinatos, pero me has enganchado y al final ha sido una historia muy macabra. Eres una excelente escritora y eso es lo importante , Poder leer tus relatos es un placer, aunque me da repelus eso de matar. Un abrazo

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    1. Jejeje, mira que jamás lo habría pensado, pero parece que me va esto de asesinar gente, jejeje.
      Un besillo.

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  4. ¿Qué nunca habías pensado que te va eso de asesinar gente? O.O

    Ay... María... Que yo creo que, si detallas más las Muertes de las Víctimas, serías Perfecta para darle caña a la Unidad de Análisis de Conducta del FBI, para enfrentarte al Capitán McGarret y a su 5.0, darte una vuelta por Ley y Orden o poner a todo CSI a trabajar... A mí, ha habido un momento que se me ha revuelto el estómago... Es bueno... Sí... Pero no sé como voy a comer ahora u.u

    ¡¡Muuuuchos Besitines de Purpurina Sangrienta!! ;)))

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    1. Jijiji parece que se me da mejor de lo que pensaba, aunque supongo que será por la influencia por todas esas series que me trago.
      Siento haberte revuelto el estómago.
      Un besillo.

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