23/11/15

Siete vidas



                Soy gata. Y os lo digo para que no haya confusiones, sí, soy gata. Y como cualquiera de mi especie felina, tengo siete vidas. Muchos podrán pensar que es una suerte, y que tenemos siete oportunidades para vivir. Pero no piensan que la vida de una gata es muy difícil.

                Ahora empiezo a vivir mi quinta vida. Sí, ya he tirado a la basura cuatro, y podréis pensar que seguro que no será para tanto. Pues bueno, os contaré mis cuatro primeras vidas, y así podréis juzgar vosotros mismos.

                La primera fue la más inocente. Yo nací de una gata persa preciosa, blanca con una pata negra. Pero mi padre era un gato callejero que se coló por la ventana un día de mucho calor, y mi madre se enamoró perdidamente de aquel felino insolente.

                Yo nací con un pelo, ni largo ni corto, y una mezcla de colores un tanto feúchos. Tuve cuatro hermanos más, pero ninguno querían jugar conmigo, ellos se parecían más a mi madre. Yo los ayudaba en todo lo que querían, y hacía todo lo que me mandaban, colgarme de las cortinas, arañar el sofá tan gustoso, coger todos los libros que caían de las estanterías tras mis pasos,…

                Quería caerles bien a mis hermanos, pero no lo conseguía. Para jugar ya se bastaban solos.

                Un día que conseguí abrir un mueble de la cocina, mis hermanos me dijeron que me comiera una cosa riquísima que había allí dentro. Era un manjar para los gatos más delicados. Yo abrí la caja y su contenido se derramó por el suelo. Empecé a lamer, pero aquello no me parecía tan rico. Resultó ser detergente de la lavadora, y morí intoxicada.

                Mi segunda vida no fue mucho mejor, nací en plena calle, rodeada de un montón de gatos despeluchados, cojos e incluso algún tuerto. Todos sucios y hambrientos recorrían los bares de la zona y corrían cuando pasaban los coches demasiado cerca.

                Cuando empecé a moverme por mí misma, intentaba buscar comida por los mismos sitios y de la misma forma que mis compañeros. Pero los gatos de mi comunidad sabían más que yo, tenían más experiencia, y apenas quedaba nada para mí. Además yo tenía algo que ellos no tenían, esta vez había nacido negra. Y eso para los humanos de los que dependía era lo peor. Les traía mala suerte. Que digo yo, la mala suerte la tenía yo, que no conseguía comida ni poniendo mi cara más lastimera.

                Me quedé sin fuerzas  y ya casi sin moverme me tumbé en medio de la carretera. Prefería morir atropellada, que con esa lenta agonía.

                Mi tercera vida fue un poquito mejor, nací de una gata que murió al darme a luz, mis hermanos murieron con ella. Yo fui la única que sobrevivió. Y empecé a vivir en una casa donde era querida. Un matrimonio y su hija de ocho años me tenían entre algodones. Esta vez era completamente blanca. Y mi pelo era largo, así que mis dueños se pasaban el día acariciándome. Algo que yo agradecía con ronroneos y restregones en sus zapatos.

                Pero hay algo que las gatas poseen, y que puede desesperar al humano más paciente. Y es el celo, cuando lo tenemos no podemos evitar llamar al macho con insistencia. El problema es que yo lo tenía más a menudo que cualquier otra gata, así que mis dueños me llevaron al veterinario. Resultó que me había salido un bultito que me tenían que operar, si no querían que muriera más pronto que tarde.

                Yo estaba asustada, pero mis dueños no soportaban más mis alaridos con lo que decidieron operarme y ya de paso quitarme mi opción de ser madre. No llegué a despertar de aquella operación, la anestesia no me sentó bien.

                Mi cuarta vida fue la más larga y la más tormentosa. Nada más nacer, me separaron de mi madre y mis hermanos. Era de raza pura y pagaron por mí una fortuna. Me llevaron a una casa enorme con dos niños preciosos y malcriados de tres y cinco años de edad. Nada más conocerlos me puse muy contenta, porque había niños en mi vida, y mi experiencia anterior había sido muy buena. Pero estos niños tenían otros planes para mí.

                Tuve una larga vida rodeada de las travesuras de aquellos dos demonios, de los que me escondía en cada rincón de aquella casa enorme. No me faltaba comida, ni agua, tenía una habitación perfecta para mí sola, que solo podía disfrutar de noche, cuando aquellos benditos acababan rendidos.

                Morí de vieja, con una inyección del veterinario, mientras los niños que ya habían crecido me miraban con lágrimas en los ojos.

                Ahora estoy en mi quinta vida. Y la verdad es que aún no sé ni de qué color soy, no sé si seré de buena familia o callejera, pero agradezco una cosa, acordarme de mis otras vidas, porque en esta la que va a dar guerra voy a ser yo. Se acabaron las buenas formas. Seré arisca y egoísta. Mis vidas me enseñaron, que para sobrevivir tengo que enseñar mis uñas y mis dientes. Y eso es lo que voy a hacer.


10 comentarios:

  1. Ayyyyy con lo que me gustan los gatos me has hecho sufrir. Ojalá de verdad tuvieran 7 vidas, el mío mayor tiene trece años y sufro mucho por él, tengo pánico a que le pase algo aunque está sanísimo pero la edad...
    Un besín y me ha encantado, seguro que la vida de gata arisca le va mejor.

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    1. Yo tuve una gata muy arisca, en la que me he inspirado para hacer este relato. La verdad es que la echo mucho de menos, pero bueno la tengo en mi recuerdo y me inspira a escribir.
      Un besillo.

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  2. Pobre gatita, no me extraña la decisión que toma para su quinta vida... espero que tenga más suerte y que no tenga que sacar las uñas más a menudo. Me ha encantado, supongo que porque me pirran los gatos. La mía era una "tricolor" y tienen mala fama por el genio que tienen, pero a mí me adoraba.
    Un besito, María

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    1. Ayy la mía era una callejera blanca con muy mala leche. Pero yo la quería con locura.
      Un besillo.

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  3. Qué texto tan original, María!! Siempre había oído hablar de las diferentes vidas de los gatos, pero nunca me había planteado que pudieran ser como reencarnaciones, con diferentes formas físicas y diferentes vidas. Un planteamiento estupendo!!

    Creo que esta gatita va a dar mucha guerra en su quinta vida. Espero que le vaya muy bien y tal vez podamos conocer sus aventuras, no? :))

    Un beso grande y feliz día!!

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    1. Bueno nunca se sabe lo que nos depararan las letras, puede ser que sepamos más de esta gatita.
      Un besillo.

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  4. Te has colocado muy bien en la piel de la gata. Muy original. ¿No será que ahora estás en tu sexta vida y te has reencarnado en escritora de blog (y mamá por supuesto)?
    Me gustan los gatos, en mi familia tenemos una gatita adoptada y ya es como uno más. A ver si un día le pregunto que vida lleva y me lo cuenta tan bien como tú
    Besos

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    1. Ammm estaría bien estar en mi sexta vida, aunque un poco rollo porque no me acuerdo de las anteriores.
      Yo también tenía una gata que me encontré en la calle. Pero desafortunadamente la tuvimos que dar. Ahora la echo mucho de menos.
      Un besillo.

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  5. Qué relato más simpático, María. Una amena y gatuna experiencia a través de las cuatro vidas de un gato. Te has atrevido a meterte en la piel de un felino y narrarnos sus desventuras en cada una de sus vidas, a cada cual más dura y trágica, aunque son sus momentos de felicidad, breves, eso sí. Me ha gustado la originalidad de este punto de vista, y ese final de rebelión. Nos muestras todas o casi todas las formas de ser de los gatos, y nos dices por qué se comportan así. ¿Será verdad? Es igual, me lo he pasado muy bien con esta historia fresca y divertida.
    Un abrazo, Compañera de Palabras.

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    1. Me encantan los gatos. En realidad todos los animales, pero los gatos me parecen seres incomprendidos que se merecen también su espacio. No sé si he acertado en el porque hacen las cosas que hacen, pero mi gata tenía mucha personalidad, así que supongo que todos la tendrán a su manera.
      Un besillo Compañero.

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