17/8/15

La Isla y yo. Capítulo XXII. El encuentro.



                Me levanto como puedo a pesar de ese dolor que me taladra la cabeza. Doce me da su mano, una mano femenina llena de llagas a la que no le había prestado antes atención. Me apoyo en su hombro con sumo cuidado. ¿Por qué actúo distinto? Sigue siendo Doce, mi amigo, mi compañero en la soledad.

                Empezamos a subir el montículo agarrados, mientras esas voces nos persiguen, tenemos que llegar al refugio, a la seguridad del refugio. Pero a mi antigua herida se ha unido una nueva. De la cabeza me van cayendo gotas de sangre que van dejando huellas sobre la tierra. Doce me deja apoyado sobre una roca y desaparece entre la espesura.

                No puedo decirle que no me abandone, las fuerzas me flaquean y la voz no me sale del cuerpo. Me está abandonando a mi suerte y yo me quedaré allí esperando a mis captores, a mis perseguidores. A pesar de mis miedos, mi amiga vuelve a aparecer de entre la maleza, allí está con una hoja de palmera removiendo toda la tierra por donde hemos pasado. Me agarra con fuerza y me levanta. Me sube sobre su espalda y sigue andando.

                No vamos lo suficientemente rápido y las voces se van acercando. Mi vista está nublada, intento mantenerme despierto y andar un poco para aliviarle el peso a Doce. Pero ante mis esfuerzos, lo único que hago es caerme.

                Miro hacia arriba y veo a Doce mirándome con su cara blanca pintada. Noto una expresión de pena, o eso me parece. No logro distinguir sus emociones a través de esa máscara que lleva. Acerca su cara a la mía y me acaricia la frente. No sé si me está limpiando la sangre o es un gesto de afecto.

                Y entonces me doy cuenta de que se está despidiendo de mí, la veo alejarse andando de espaldas mientras me mira, hasta que se gira y empieza a correr con agilidad. Yo me quedo allí tirado, en mitad del suelo, y cada vez oigo las voces más cercanas. Estoy en peligro, pero no sé cómo huir de él. Me arrastro un poco, pero solo avanzo dos pasos.

                Abro los ojos de nuevo y miro hacia arriba. Me parece ver un vestido rojo desgarrado y una cara conocida, ¿de qué me suena esa cara? Parece… Sí, es el sobrecargo del barco.

                - ¡Señor López está usted vivo! Bueno, o casi vivo.

                Esas son las últimas palabras que oigo en mi idioma antes de desmayarme.

                Me despierto, miro a mi alrededor, estoy sobre algo blandito, pero casi a oscuras, parece una cueva. Vuelvo a dormir.

                Me despierto de nuevo, unas voces a mi alrededor.

                - No sé cómo ha podido sobrevivir tanto tiempo solo.

                Intento decirles que no he estado solo pero vuelvo a sumirme en mi letargo.





    Este relato es parte de un proyecto de Relatos Extraordinarios, promovido por Óscar Ryan. Este es el capítulo 3 de muchos escritos por otros autores extraordinarios.

     Sí queréis leer la historia entera, lo podéis hacer aquí








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