25/8/15

El libro enamorado



                Ya estaba en mi novena edición. Mi creador estaba muy orgulloso de mí. Yo había sido su primera criatura, su primer pequeño trocito sacado de su cabeza. Proclamaba a los cuatro vientos como había sido todo el trayecto. Y siempre llevaba un ejemplar mío entre las manos. Da igual donde fuera, si iba al cine, me sentaba sobre su regazo y acariciaba mis páginas ya envejecidas por el uso, mientras observaba la gran pantalla.

                En las librerías ocupaba uno de los puestos de honor junto a aquellos compañeros más vendidos. Todos allí descansábamos esperando que nos cogieran y admiraran nuestras letras impresas.

                Recuerdo que ese día hacía mucho frío, lo recuerdo porque sus manos estaban heladas.  Ese día la librería estaba atestada de gente que iba y venía de un lado para otro, mirando, cogiendo, leyendo nuestras contraportadas.

                Sus manos me cogieron con una sutileza poco común. Estaban suaves. Pero lo primero que hizo antes de leerme y hojearme fue abrirme por la mitad y meter su pequeña nariz en medio. Aspiró mi aroma, y yo el suyo. Se quedó un leve momento, pero el suficiente como para enamorarme de ella.

                Sabía que ya no podría vivir sin aquella esencia. Así que brillé como nunca, señalé mis palabras como si estuvieran en negrita. Necesitaba que me llevara con ella. Me cerró y acarició mi lomo. Seguí notando su suavidad sobre mí. Leyó mi contraportada, y me dejó de la misma manera que me había cogido.

                Me sentí triste, y eso que mis páginas estaban llenas de humor y positividad. Pero la tristeza empañó mis letras. Me sentí perdido sin esas manos. Ya no quería que otras me tocaran. No quería sentir otro aroma. La quería a ella.

                En esa tarde vinieron muchas más manos, sucias, rugosas, de niños maltratadores, de adultos intrigados. Sí, ahora en la distancia, puedo decir que alguna de esas manos también era suave, pero en aquel momento no me lo parecía.

                Después de lo que para mí fue una eternidad, mis adoradas manos volvieron a mí. Me cogieron con seguridad y mientras acariciaban mi lomo con un dedo me llevaron a la caja. ¡Me iba a hacer suyo! Pronto solo me tocarían sus manos. Disfrutaría enseñándole todos mis secretos. Desdeñó la bolsa que le entregaban y me llevó en brazos. Pegado a su pecho como un bebé recién nacido me protegía del viento que aullaba con fuerza.

                Me llevó a una cafetería cercana, y allí frente a un café caliente leyó mis primeras páginas. Aquello era una sensación nueva. Sentía sus ojos puestos en mí y brillaban de felicidad. Yo le daba esa felicidad. No me podía sentir más contento.

                Volvió a olerme, y yo la volví a oler a ella. Éramos un solo ser. Me cogió de nuevo contra su pecho y salimos de allí. Directos a casa, a un sofá calentito. Donde ella volvió a hacerme suyo de nuevo.

                Durante los próximos días solo estábamos ella y yo. Mis letras llenaban su cabeza, haciendo que nunca pudiera olvidarse de mí. Yo estaba exhausto, me llevaba a un ritmo frenético, absorbiendo mis páginas casi sin darme tregua. Hasta que llegó a las última. En ese momento deseé que mi creador hubiera usado más letras, más palabras que me acercaran a ella durante un segundo más.

                Pero no fue así, con lo que me puso en una estantería rodeado de más compañeros míos. Allí estaba, inmóvil, sin poder hacer nada, mientras veía como ella le regalaba su aroma a otros como yo. Como se regocijaba con otras páginas, y como se envolvía en otras historias. Mis celos me estaban volviendo loco. Deseaba con todas mis fuerzas que volviera a tocarme, sentir aquellas manos tan suaves.

                Pensé en autodestruirme, en darme tanto calor que me demoliera a mí mismo quemándome vivo. Pero temía hacerle daño a ella y no perdía la esperanza.

                Un día, mi amada decidió limpiarnos un poco. Nos sacó a todos de nuestros estantes y uno por uno nos pasaba un plumero. Me cogió y una sonrisa asomó a su boca, me volvió a abrir, solo para ella. Ya estábamos juntos de nuevo. Y no podía evitar sentirme el más feliz del Universo. Leyó un par de páginas y me volvió a dejar sin una mota de polvo a mi alrededor.

                Aquello fue suficiente, suficiente para darme la esperanza de que de vez en cuando volveríamos a ser uno. Volvería a oler su perfume mientras ella olerá el mío. Y por esos instantes vivo, porque son los mejores momentos de mi existencia.


18 comentarios:

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    1. Muchas gracias. Me alegro de que te guste. Un abrazo.

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  2. Siempre hay libros especiales a los que recordamos con cariño: El de nuestra primera lectura, el de esas preciosas ilustraciones, el que nos regalo aquella persona tan especial, o ese otro de tan cautivadora historia.
    Un precioso relato en el que nos muestras la posibilidad que de alguna forma los libros también se enamoren de los seres humanos que los eligen.
    "Los buenos lectores hacen a los buenos libros"
    Un abrazo.

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    1. Es un relato de empatía, a veces solo vemos nuestro lado de las cosas, y no nos damos uenta de que nuestros libros, también pueden sentir. Un besillo.

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  3. ¡María! *-*
    Es cierto... Muy muy cierto eso que describes, porque seguro que también lo has hecho también, como muchos lo hemos hecho: Abrazar un Libro.
    Creo que es una Sensación Maravillosa, como si quisiera que te traspase cada Letra, como si pudieras protegerlo de cualquier Mano Maltratadora, como si solo fueseis Uno ;)
    No sé... ¡Mira que soy una #MegaFan de tus Letras! Pero estas... Estas tiene un toque muy Mágico, muy Dulce, muy... Muy que te toca por dentro, como si fuera una Plumita que quiere dejarte una suave caricia...
    ¡MARAVILLOSO!
    ¡Besitines Gigantes! ^w^

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    1. María que relato más original y que bonito y sencillo escrito.

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    2. Ayyy Campanilla, la verdad es que los libros son muy espsciales para mi, y quería hacerles un homenaje. Muchas gracias por tus palabras. Me encantan. Un besillo muy grande.

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    3. Pilar muchas gracias por tus palabras y por pasarte a leer. Un placer tenerte por aquí. Un besillo.

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  4. ¡¡¡Woooow!!! María... Sin palabras.
    En serio, no sé ni que decir...
    La idea es brillante, el modo es espectacular... Sensible, te transporta...
    La confesión de un libro, el amor con el que está narrado. Reverencia. No voy a hacer un listado de adjetivos halagadores (podría hacerlo pero la lista sería interminable).
    Te superas, Hermana de Letras...
    ¡Enorme abrazo!

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    1. Muchas gracias Hermano de Letras. Como ya te dije, dejar a un escritor sin palabras es el mejor de los halagos. No me hacen falta más. Me encanta que te haya encantado. Un besillo.

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  5. Me has hecho sentir como si fuera el libro, sus sensaciones de emoción, felicidad, tristeza y soledad. De ahora en adelante acariciaré más mis libros y no sólo cuando limpie. Quiero que estén felices como ellos me hicieron a mi en su momento. Gracias por este relato tan maravilloso. Beso.

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    1. A veces ser empáticos y ponernos en lugar del otro ayuda mucho, y cuando es un libro más todavía. Para mí los libros son especiales, y a veces no les dedico el tiempo que ellos se merecen. Un besillo.

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  6. Una interesante perspectiva para abordar el relato. Me ha gustado la parte en la que el libro menciona que le desvelaría todos sus secretos, ya que cobra un interés diferente cuando es un libro y no una persona quien desea dar a conocer sus secretos.

    Un saludo María.

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    1. Otra perspectiva, totalmente la opuesta a la que estamos acostumbrados. Espero que te haya servido. Un besillo.

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  7. Precioso homenaje a los libros. Se nota que tú los disfrutas como la chica del cuento.

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    1. Me encantan los libros, sobre todo los antiguos encontrados en sitios inesperados. Un abrazo.

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  8. Un relato conmovedor, María. Una historia de amor más allá de cualquier convencionalismo, sin moldes rígidos en los que encajar. Creo que si los libros sintieran (tal vez lo hagan) se verían muy bien reflejados en tus palabras. Sencillamente precioso!!

    Un besillo enorme!!

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    1. Muchas gracias. Les he querido hacer un homenaje. Siempre somos nosotros los que los elegimos, querían que eligieran ellos por una vez. UN besillo.

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