13/7/15

La niebla. Versión completa.


Capítulo I

   El día se había levantado gris, la niebla lo envolvía todo. Ella caminaba deprisa, llegaba tarde a trabajar, no veía pasar a la gente hasta que se encontraban a su lado, parecían espectros caminando a su alrededor, acechándola. Su miedo aumentaba conforme iba imaginando en su cabeza todas las películas de zombis que había visto. Maldijo esos momentos delante del televisor que le hacían tener esa imaginación desbordante.

      Miraba al suelo, mientras caminaba lo más deprisa que podía para no chocarse con una farola, un árbol o tropezar con algún bordillo. Una mujer blanca como el papel pasó por su lado y le rozó el hombro, estaba en estado de pánico y empezó a acelerar el paso. Un choque frontal previsivo la hizo volver a la realidad. Sentada en la acera intentó ver con que o quien había chocado. Unos ojos azules la sacaron de la niebla, una sonrisa y un "¿cómo estás?" le aceleró el corazón. 


      El rubor le llegó a sus mejillas y como pudo y con ayuda de aquel desconocido se levantó con dificultad. De entre todo el mundo con el que se podía chocar, lo había hecho con el mismo Adonis. Murmuró algo ininteligible, que hizo que aquel desconocido se acercara para oírla mejor.


     - Déjame que te invite a un café para compensarte mi torpeza.


     La suerte la acompañaba, aquellos ojos azules la tenían hipnotizada. No podía dejar de mirarlos. Los quería atrapar para que no se le olvidaran nunca. Un "de acuerdo" salió de su boca casi sin  decirlo. Tomaron café en una cafetería cercana, ella llegaría tarde al trabajo pero sabía que su jefa lo comprendería cuando le contara su experiencia. 


      Conectaron desde el principio, a los dos les gustaba la escalada y reían por tonterías. Cuando se despidieron, ella se había quedado con ganas de más, pero no se atrevió a pedirle su teléfono. Él tampoco lo hizo, lo que la decepcionó. Cabizbaja entre una niebla ya casi disipada se dirigió a su puesto de trabajo. Cuando llegó se lo contó todo a su jefa. Se habían convertido en amigas después de cuatro años codo con codo salvando las distintas crisis del negocio.


      Se pasaron la mañana con conjeturas del estilo, está casado, no había habido tanta conexión como ella había creído, en fin se les ocurrió de todo. Hubo momentos de exaltación, de resignación y de decepción.


     Al salir del trabajo el sol brillaba y ella recordó sus gafas de sol en su mesa de la cocina. Con los ojos guiñados intentó ver lo que tenía delante. Sus ojos azules y su sonrisa estaban allí, totalmente arrebatadores. Ella le devolvió la sonrisa.


      - He sido un tonto, se me ha olvidado pedirte tu teléfono, y entre la niebla te he seguido. Espero que no te importe. ¿Quieres ir a comer?


     - Por supuesto. Esta tarde no tengo que volver a trabajar, los viernes por la tarde los tengo libres.


      Él la llevó a un restaurante italiano, bastante pequeñito, acogedor, contaba con solo cinco mesas, y todas estaban vacías, excepto una que la compartían un par de mujeres que no paraban de hablar y reírse a carcajadas. Comieron y hablaron durante casi toda la tarde, y cuando el camarero les dijo que iba a cerrar se levantaron. Decidieron a dar un paseo, hasta que él le dijo:


     - Mira que casualidad, en la próxima calle está mi casa. ¿Quieres subir y cenamos algo?


     Ella se sintió tentada de decir que no, no conocía bien a aquel hombre, desde luego era el hombre de su vida. Tenían tantas cosas en común y estaba tan a gusto con él que se lió la manta a la cabeza y subió a su casa. ¿Cuántas veces iba a tener esa oportunidad? Se imaginó el día de su boda mientras subían el ascensor, ella de blanco, él también. Se imaginó sus niños de ojos azules, mientras el abría la puerta de su casa. Dos niños preciosos con los ojos de su padre.


      Cocinaron juntos entre risas, él abrió una botella de vino y se sentaron a cenar. Él le contó que tenía dos hermanas, que él era el pequeño de los tres, que su madre los había abandonado cuando su padre falleció. Sus hermanas habían trabajado duro para que él pudiera estudiar medicina, así que se lo debía todo a ellas. Ella también le contó algo de su vida, sus relaciones pasadas, su familia tradicional. Todo muy normal. 


     De repente empezó a sentirse mareada, el vino hacía de las suyas, se levantó con un poco de dificultad y fue el baño. A medio camino cayó al suelo semi inconsciente. Lo último que vio fue una sonrisa perversa en aquel rostro de Adonis. No había bebido tanto vino, ¿qué pasaba? La niebla lo envolvió todo.



Capítulo II


      Aquella mañana la niebla lo acompañaba. Se había levantado temprano, y cuando miró por la ventana sonrió al ver que el parte meteorológico no se había equivocado. Se afeitó en la ducha con el agua hirviendo, como a él le gustaba. Se echó sus cremas, y se puso los vaqueros que había elegido el día anterior. 

       Estaba nervioso, llevaba esperando ese día un mes entero. Un mes sin niebla, un mes de espera, de seguimientos, de aburrimientos totales viendo como aquella mujer seguía su vida día tras día, su monotonía aburría hasta la saciedad. Una mujer del montón, sin gracia, trabajo entre semana, salidas nocturnas los sábados. ¿Se podía ser más predecible? Sin seguirla, sabía exactamente donde iba a estar en cada momento.


       Salió de casa contento, feliz de estar acompañado por su amiga. Había elegido esa ciudad precisamente por ese fenómeno meteorológico. Aunque esta vez le había hecho esperar demasiado, un mes entero hastiado, desesperado incluso. En el hospital había perdido su carisma. Iba por los pasillos huraño, sin hablar con nadie. El mes de espera lo estaba consumiendo. Las enfermeras ya no lo miraban con adoración, sino con cautela. 


      Pero sabía que aquello pasaría. En cuanto la tuviera en sus brazos, aquello pasaría. Volvería a sus tonteos con las enfermeras y a las partidas de mus con sus compañeros. Y todo volvería a la normalidad. Si todo aquello se llegara a saber algún día sería de las típicas personas de las que dijeran "si era un tipo normal, ayudaba a todo el mundo, imposible saber que haría todo eso".


       Y allí estaba, tan pequeña, tan frágil, tan asustadiza entre la niebla. Buscó el momento perfecto, olió su miedo, y entonces, choque frontal. La llevó a a una cafetería cercana. No le costó nada disimular, la conocía perfectamente. La niebla le había dado tiempo para ello. La esperó en la puerta de su trabajo, el sol ya había salido, le molestaba un poco, pero sabía que su trabajo ya estaba hecho.


     Allí en la puerta, esperando, repasó su plan mentalmente. Todo saldría a la perfección, ya lo había repasado una y mil veces. Era el plan perfecto.


      La llevó a su casa entre zalamerías, ni siquiera se dio cuenta de que seguían un camino predefinido. La engatusó con la cena, tantas veces había visto esa escena en las películas que le encantaba representarlo. Ni siquiera se dio cuenta de que él no bebía. Y cuando cayó de bruces en el pasillo de su casa, sonrió. Sus hermanas estarían orgullosas de él.


      - Ya está lista. En una hora estaremos allí. Tenedlo todo preparado.


     Pudo oír al otro lado del teléfono los grititos de sus hermanas, emocionadas por su nueva presa. 


     Aquellas dos mujeres colgaron el teléfono y se pusieron a dar saltitos de alegría. No entendían la obsesión de su hermano por la niebla. Ellas querían ir más rápido, pero él las hacía esperar. No era justo. Hablarían con él, la próxima vez no iban a esperar todo un mes, y se acercaba el verano. ¿Qué iba a ser de ellas en esos tres meses de sequía? Imposible, o se mudaban o tendría que dejar la niebla olvidada.



Capítulo III


     Conducía su coche por una carretera secundaria, esa noche no había luna, el negro lo invadía todo, solo los faros de su coche daban algo de luz a la oscuridad. En la radio sonaba una canción en bucle, mientras él tarareaba su parte favorita.

And you give yourself away
And you give yourself away
And you give, and you give
And you give yourself away

     Un sonido detrás le hizo dejar de cantar y mirar por el espejo retrovisor. Una sonrisa se dibujó en su rostro casi sin provocarla. Imposible que se despertara, llevaba bastante sedante como para aguantar todo el camino, estaba tan hermosa así, dormida, maniatada, con la camisa medio levantada enseñando el ombligo. Estaba perfecta. Se distrajo un poco de la carretera observándola. Estaba feliz. 

      Le encantaba el momento antes de llegar, saboreaba esos ratos con sus mujeres disminuyendo la velocidad, antes de entregarse por completo a su verdadera tarea. Lo demás sucedía demasiado rápido, era algo mecánico, que había llegado hasta aburrirle. Lo hacía por sus hermanas. Ellas lo aguardaban con la ansiedad de un perro aguardando a su amo después de un día de trabajo. Las imaginó babeando para recibirlo, y eso le hizo sonreír una vez más. 

     Volvió a su ritual, a su canción y a su carretera.

With or without you
With or without you
I can't live with or without you

       No abría los ojos, no era capaz de abrirlos, sentía el traqueteo del coche, sentía sus miradas a través del espejo retrovisor, escalofrios le recorrían el cuerpo, sin saber muy bien si era por el frio o por el miedo. Que tonta era. Se había dejado engañar por unos ojos azules, traicioneros, le decía siempre su madre. Y allí estaba con las manos y pies atados, con algo de anestesia encima a la cual era inmune.

      Sí, inmune, lo había descubierto cuando la fueron a operar de apendicitis, cuando sintió como el bisturí le desgarraba la carne, y un grito desgarrador alertó a los médicos. Algo raro, decían, algo excepcional, pero aun así desarrollaba algún tipo de inmunidad que hacía que la anestesia no hiciera su efecto del todo. 

      Había sentido como la levantaba del suelo, como le había tumbado en la cama, y esperándose lo peor solo sintió sus manos rodeándole el ombligo, acariciando su cara, sus ojos cerrados, sus labios. Su aliento cerca de ellos, pensaba que la besaría, pero no lo hizo. ¿Por qué? Ella lo deseaba, quería sentir aquellos labios sobre los suyos. ¿Pero que le pasaba? Estaba aterrada, la incertidumbre la estaba ahogando. A pesar de estar drogada seguía queriendo que la besara. 

       Algo en su interior le decía que no podía hacerle daño, pero esa canción de U2 que siempre le había parecido la más romántica del mundo, esa canción la estaba poniendo de los nervios.

      El coche se detuvo. Él salió del coche dejándola sola, ¿podría escapar? No se atrevió a moverse, no se atrevió a abrir los ojos. El miedo la tenía completamente paralizada. Empezó a oir voces de personas fuera, cerca del coche, cerca, pero no lo suficiente como para entender lo que decían. Parecían mujeres. ¿La salvarían? Empezó a abrir los ojos intentando ver por la ventana, pero la negrura de la noche lo envolvía todo.

      - Has tardado mucho en traerla, la próxima vez tendremos que ir nosotras. Enséñanosla, estamos impacientes.

      Cerró los ojos con fuerza. Toda esperanza se había desvanecido.


Capítulo IV


     Las voces habían desaparecido, no se atrevía a abrir los ojos. Intentó escuchar todos los ruidos de fuera. Había grillos tocando su música nocturna. Debían de estar fuera de la ciudad. Un búho se oyó a lo lejos. ¿O sería una lechuza? ¿pero que le pasaba? Estaba secuestrada, drogada, a la espera de algo, a la espera de lo que podría sucederle ¿Y se ponía a analizar el ulular de un ave?

     Sacó todo el valor que podía reunir, la anestesia ya hacía tiempo que había dejado de hacer efecto en todas las partes de su cuerpo. No oía voces, no oía pisadas, decidió levantar la cabeza y asomarse por la ventanilla. De repente solo oía su corazón, era como un caballo desbocado, parecía salírsele del pecho. Primero abrió los ojos. Oscuridad dentro del coche, oscuridad fuera. Solo le llegaba una tenue luz por la ventanilla donde tenía sus piernas. Con un leve  movimiento levantó mínimamente la cabeza. Podía ver lo que había detrás de la ventana. Parecía una casa, una de esas prefabricadas, en mitad de una espesura. ¿Estaría en el bosque? No pudo ver más. Sus ojos azules le taparon la visión.


     Se acercó al coche rápidamente, le había parecido ver algún movimiento dentro. Era imposible, tenía la dosis de anestesia justa para aguantar toda la noche, aun así abrió la puerta y se la quedó mirando. Nada, ni el más leve movimiento. Decidió tomarle el pulso, un pulso demasiado acelerado para estar con anestesia. ¿Se estaría despertando? 


     - ¿Qué haces? ¿Por qué tardas tanto? ¡Tráela de una vez!


     - Creía que se había movido. Habrán sido imaginaciones mías. - Aun así no se quedó muy convencido. La cogió en brazos como se coge a un bebé y les llevó la presa a sus hermanas.


    Intentaba controlar su respiración, intentaba serenarse, le había tomado el pulso y estaba acelerado. Y ahora encima la llevaba en brazos, como se llevan a las novias para entrar en sus casas por primera vez. Se imaginó vestida de blanco, entrando en una casita blanca en mitad del campo, con esos ojos azules mirándola enamorado. Una sonrisa asomó a sus labios. 


      ¿Pero qué es lo que me pasa? ¿Lo habrá visto? Por favor que no lo haya visto, por favor que se crea que estoy dormida. Ay mi corazón, lo está oyendo, seguro que lo oye. Claro que lo oye, su corazón y el mío están conectados. Somos uno. Agggg ¡me estoy volviendo loca!


     Siguió andando con ella en brazos, a pesar de haber visto esa leve sonrisa, a pesar de haber notado sus dedos acariciando levemente su camisa, a pesar de sentir el pulso acelerado. Sabía que ya no estaba dormida. Pero no dijo nada, no hizo nada, siguió andando. 


      - ¡Ay, pero que bonita es! No nos habías dicho que era pelirroja. Es preciosa. ¡Y qué piel! ¿Has visto hermana?

     Las dos hermanas se acercaron a su hermano, sin dejarle apenas caminar, daban saltitos y pequeñas palmadas mientras alababan a su pequeña presa. Él las miró con desprecio, no las soportaba cuando se ponían así, a pesar de deberles todo, en esos momentos las abriría en canal con su bisturí.


     - Dejadme que la lleve a la cama por lo menos. Hay que ponerle la vía y prepararla.


     - No hay quien te aguante cuando vienes con ese humor. Alégrate hermano, esta noche va a ser mágica. 


     Su hermana le dio un pellizco en el moflete y le besó los labios. Su otra hermana no dejaba de mirar a aquella mujer que ahora yacía en la cama. Sería perfecta. Esta vez sería perfecta.


    Él se acercó a la cama y le tocó la mejilla con el dorso de la mano, sus hermanas tenían razón, su piel era una maravilla. Se acercó a su cuello y olió su perfume. En un pequeño susurro, casi inaudible le habló.


     - Sé que estás despierta.



Capítulo V


       14 años antes.

      Sentado en la mesa de la cocina con todos los papeles delante, decidía a que Universidad iría. Que facultad de medicina sería la mejor. Sus hermanas le habían dado la posibilidad de irse a estudiar donde quisiera y él aceptó la oferta encantado. La peluquería iba muy bien y ya habían terminado de pagar la hipoteca del local. Seguían viviendo en la casa de sus padres, la cual ya estaba pagada, así que sus hermanas trabajaban solo y exclusivamente para darle una vida mejor de la que ellas tuvieron.


       Él estaba deseando alejarse de sus dos hermanas. Lo tenían completamente controlado, no lo dejaban hacer absolutamente nada sin su consentimiento. Tuvo que dejar a la chica de la que estaba perdidamente enamorado porque ellas no creían que fuera suficiente para el futuro médico. Lo atosigaban y él necesitaba su espacio. Las quería con locura, ellas habían estado ahí desde el principio, lo habían cuidado desde que él tenía uso de razón, desde que sus padres se fueron dejando a las gemelas y al pequeño solos ante la vida.


      Y ahí estaba, después de siete años, delante de su ingreso a la facultad, para hacerse un hombre libre, sin tener que depender de nadie, ni de sus hermanas. Decidió la facultad de Granada, no estaba lejos, pero si lo suficiente para estar yendo y viniendo todos los fines de semana. Rellenó la solicitud y se fue a entregarla, antes de que sus hermanas pudieran hacer algo para impedirlo. 


      El traslado a la nueva ciudad fue rápido e indoloro, se había ido a un colegio mayor, conocería más gente, sería más fácil su incorporación. Aunque él nunca había tenido problemas para integrarse en ningún sitio. Sabía que era guapo y lo explotaba con todo el mundo. A los chicos les encantaba tener un guaperas simpático en el grupo, un chico abierto que hablaba con todo el mundo. Eso atraía a más chicas. Y él notaba como las chicas se volvían para mirarlo, él les sonreía y les clavaba sus ojos azules hipnotizándolas, haciéndolas suyas. 


      Y aun así, no se interesaba por ninguna, aún tenía en su cabeza a su pequeña, como él la llamaba, recordaba el último día con ella, los dos llorando, abrazados, diciéndose su último adiós. Ella se había ido, convenció a sus padres para mudarse de ciudad, amenazándolos con un suicido si no hacían lo que les pedía. Sus padres lo dejaron todo por miedo de perder a su única niña. No la había vuelto a ver.


     Él, ahora en otra ciudad, rodeado de estudiantes, de chicas hermosas deseosas de besarlo, no tenía pensamientos para otra mujer. Pasó el primer año, al principio, iba a menudo a ver a sus hermanas, pronto las visitas eran menos, hasta que prácticamente su vida estaba en Granada. Cuando llegó el verano, decidió irse de vacaciones a casa de un amigo que vivía en Tenerife. Aquello no gustó a sus hermanas. Tuvieron una pelea por teléfono a tres, él les reprochaba que no lo dejaran trabajar para ganarse su dinero. Y les decía que sus notas eran las mejores, que se merecía sus vacaciones. Ellas solo podían reprocharle su ausencia. Al final desistieron, haciéndole volver unos días antes del comienzo del curso.


      El verano pasó, él disfrutaba como cualquier adolescente más, salía con sus amigos, y se divertía. Llegó la hora de la visita a su casa y a sus hermanas. Todo seguía igual, todo menos ellas. Estaban más absorbentes de lo normal. Habían llenado la casa de trastos absurdos. Trastos que se iban acumulando por todas partes, no dejando espacio casi ni para respirar. Le hicieron sus comidas favoritas, le enseñaron las reformas de la peluquería, la cual habían agrandado. Y él cada vez se sentía más ahogado en aquel ambiente, quería salir de allí y no veía la hora de que empezaran las clases.


       Su aliado, el tiempo, le dio lo que más estaba pidiendo. Y volvió a su querida ciudad. Esta vez se fue a vivir a un piso compartido con sus amigos del colegio mayor. Eran cuatro en el piso, lo suficientemente grande para no tener ni que verse si no querían. El primer día que llegó allí, encontró a una muchacha delante de la nevera, estaba bailando y cantando alguna canción desconocida para él, mientras cogía cosas, para lo que parecía un bocadillo. Se quedó mirándola, sonriendo, divertido por la escena. Cuando ella se dio la vuelta y lo vio, le sonrió, mientras seguía cantando la canción. Él le dijo hola, ella le contestó sin parar de bailar. Él se acercó y la besó. Desde entonces se hicieron inseparables. Era la hermana de uno de sus compañeros, así que por una cosa o por otra siempre estaba en el piso.


       El año pasó rápido, su amor consolidó rápido. Por supuesto no se lo comentó a sus hermanas. Se había enamorado de ella desde el primer momento que la vio. Aún no le había visto la cara y ya sabía que la quería. No quería que sus hermanas se lo volvieran a estropear. Así que pasó el año casi sin verlas. Ellas parecía que se habían vuelto más pacientes. Sus llamadas se fueron alejando en el tiempo.


    A comienzos del tercer año, sus hermanas se presentaron una mañana temprano en su casa. Abrió uno de sus compañeros y entró a su habitación  para avisarle de su visita. Él no la despertó, salió a trompicones de la habitación poniéndose el pantalón del pijama mientras cerraba la puerta despacio. 


     Sus hermanas lo abrazaron y lo llenaron de besos


     - Ya que Mahoma no va a la montaña... Venimos a hacerte una visita.


     - Teníais que haber avisado, la casa está hecha un asco y no hay sitio para que podáis quedaros a dormir.


     Estaba molesto, pero lo estaba más por el hecho de no saber que hacer si se la encontraban. Rezaba para que no se levantara. 


      - Hola. - Una chica rubia, vestida únicamente con una camiseta saludaba desde el quicio de la puerta.


     - Hermanas, esta es Isabel, es... mi novia.


     Las dos hermanas se miraron. Casi pasó desapercibido, pero la sonrisa se les borró del rostro, fue solo un segundo, lo suficiente para que un escalofrío le recorriera el cuerpo cuando les volvió a su cara ese gesto casi terrorífico. Esa sonrisa forzada, llena de mentiras que él conocía tan bien.


     Saludaron a la estupenda Isabel, y le pidieron a su hermano que fueran a darse una vuelta. Era temprano, hacía frío, la niebla lo cubría todo, pero él aceptó encantado. Quería alejar a sus hermanas de Isabel todo lo que pudiera. Se vistió rápido, besó a Isabel, esta vez se tomó su tiempo. Lo que desesperó a sus hermanas.


     Salieron a la calle, era domingo, muy temprano, no había casi nadie paseando, la niebla lo cubría todo. Él llevó a sus hermanas a un parque cercano, no quería montar una escena en ningún bar.


     - Tienes que dejar a esa golfa. 


     - No os voy a permitir que habléis así de Isabel, la quiero, y pienso casarme con ella en cuanto acabe la carrera.


     Aquella confesión hizo enloquecer a sus hermanas. Empezaron a gritarle a su hermano, y se enzarzaron en una pelea que parecía no tener final. 


     - Estoy harta, Cristina, debe saberlo. - Su hermana asintió.


    - ¡Paloma basta ya! ¡Estoy harto de seguirte el juego! ¡Cristina no está!. - Aquel momento de enfado le había devuelto la lucidez. Su hermana no aceptaba que su gemela hubiera muerto, y la llevaba consigo a todas partes. Imitaba su voz hasta tal punto que él también veía a su hermana muerta. No vio el bofetón que se le venía encima. La cara comenzó a latirle. 


     - ¡Qué sea la última vez que hablas así de tu hermana! - Le dio miedo, la primera vez que su hermana le causaba miedo.      


     Toda la valentía que había reunido se vino abajo. Se abrazaron, ella con ansía, él con abandono, sabiendo que había perdido, que otra vez su vida se había acabado. Pasearon entre la niebla un rato más. Hasta que él le dijo que necesitaba estar solo. Se despidió de sus hermanas y decidieron verse la semana siguiente. Él iría a verlas.


      Deambulaba sin rumbo por las calles conocidas, y las no tan conocidas, la niebla no se disipaba. Cuando notó el hambre en su estómago decidió volver a casa. Tendría que hablar con Isabel. Se inventaría cualquier cosa. No soportaba el dejarla. 


     Abrió la puerta de su casa e inmediatamente sintió que algo andaba mal. No sabía el que, pero algo andaba mal. Se quedó en la puerta esperando, como si algo malo pudiera pasarle. 


     - Cierra la puerta. - La voz de su hermana le llegaba desde el salón. ¿Qué hacía allí? El pánico se apoderó de él, pero no podía avanzar, sus pies se habían anclado en el suelo. - Cierra la puerta y ven aquí.


     Aquellas palabras lo hicieron moverse, cerró la puerta y empezó a andar despacio, en el único auricular que llevaba, U2 cantaba sin parar, sin dar tregua. Y con aquella banda sonora entró donde estaba su hermana. El espectáculo que había delante de él era grotesco. Todo estaba lleno de sangre, la pared llena de salpicaduras, el suelo completo de charcos de lluvia roja, sus compañeros de piso estaban sentados en el sofá con los ojos abiertos y los brazos cruzados sobre sus regazos. La sangre manaba de todas partes de sus pijamas aún puestos. Isabel yacía en el suelo, en una postura imposible, con montones de cortes en las piernas y en la cara. Sus hermanas en mitad de todo eso, lo miraban triunfal desde el centro de la habitación.


       - Es hora de que sepas la verdad. ¿Verdad Cristina?- Su hermana asintió. - Mama no nos dejó, no se fue, mama se mató, se mató cuando vio lo que había hecho. Se mató después de intentar matar a tu hermana, a Cristina. Ella estaba quitándote un juguete, a ti, a su hijo del alma. Y mamá quiso matarla con un cuchillo. Cuando se dio cuenta de lo que había hecho se lo clavó en el corazón. Tú no lo viste. Ya se encargó ella de que no lo vieras. Yo llegué de mis clases de baile con papa y lo vi todo. Te sacamos del armario, estabas jugando con tu juguete, no te habías enterado de nada. Nos contaste que Cristina quería quitarte tu juguete y mama le había regañado, a ti te había buscado un escondite para que no te lo quitara. Papa esperó a que tu hermana y yo cumpliéramos 18 años para quitarse la vida. Muy considerado por su parte. Así que te cuidamos y te dimos todo para que no los echaras en falta. 


     - Cristina está muerta. - Dijo él en un susurro, entendiéndolo todo. Durante todo el tiempo que su hermana había estado hablando, él no le había quitado ojo a Isabel. 


      Simularon un robo. Alguien había entrado a robar mientras él pasaeaba. Por suerte un vecino lo vio entrar al edificio. Ella se fue, como si nunca hubiera estado allí. La policía no sospechó. Caso cerrado.


     Dos semanas después.


     Aquel día vio a la muerta de prácticas diferente, allí tumbada, oliendo a formol, estaba preciosa. No se había fijado nunca de lo hermosa que estaba y de lo bien que olía.


     En la actualidad.


     Le había mandado ya varios mensajes. Ni siquiera se había conectado al móvil. Desde que Isabel empezó a trabajar para ella se habían hecho inseparables. Salían juntas los fines de semana y se contaban todo. ¿Se habría encontrado con su chico de ojos azules? Desde luego, si lo había hecho, ya sabía porque no le contestaba. Esperaría a la mañana. Si no tenía noticias suyas, empezaría a preocuparse.




Capítulo VI

     Se había quedado dormida. No sabía porque, pero sabía que no debía dormirse. Abrió los ojos, y lo que vio le devolvió a la realidad. No conocía aquella habitación. Por suerte no había nadie. Echó un vistazo rápido. La habitación parecía de hospital. Todo era blanco, paredes blancas, sábanas blancas, cortinas blancas. No se atrevió a mirar más. Antes de cerrar los ojos se dio cuenta de que estaba unida por una vía a unos botes. Parecía suero, pero no sabía si había algo más.

     Aún llevaba su ropa, estaba incómoda, a pesar de haberse dormido, no se había movido ni un ápice. Intentó moverse un poco, aunque fuera un poco para desentumecerse. Fue cuando notó que sus pies estaban atados a la cama. No sentía presión, no eran cuerdas, pero algo la tenía inmovilizada. Sus manos estaban libres, podría levantarse y desatarse. Pero después, ¿qué pasaría? ¿La estarían esperando? ¿Podría salir sin que la vieran?


      Dejó pasar un rato, pensando, intentando recordar cómo era la casa, pero había mantenido los ojos cerrados durante todo el tiempo. Recordó la frase de su madre: "Isabel, ten cuidado con los ojos azules, que son traicioneros". Se odió a si misma por enamorarse de unos ojos embusteros, por permitirse el lujo de bajar la guardia.


     Oyó ruidos fuera, no se atrevía a abrir los ojos. La puerta se abrió lentamente, notó una presencia a su lado. Una mano acarició su cara, mientras trasteaba los botes y los aparatos que había a su lado. Una voz de mujer:


      - Muñeca eres preciosa, que maravilla de piel. Qué pena que nuestro hermano no nos deje tocarte aún. No sabemos lo que pretende, pero esto no va acabar así. ¿Verdad hermana?


    No se había dado cuenta de que había otra persona allí en la habitación, pero tenía los ojos cerrados y no se fiaba de sus sentidos. Otra voz parecida a la anterior le contestó.


     - Si hermana, ahora tenemos que irnos. Nuestro trabajo no espera, pero esta noche volveremos y entonces Raúl tendrá que contestarnos. Tú eres nuestra.


     Recibió un beso pringoso, después de que le separaran sus rizos pelirrojos de la cara. Se le quedó la baba pegada, una baba pegajosa y húmeda le chupaba la frente. Tuvo el acto reflejo de limpiarse, pero se contuvo. La puerta se cerró. Voces fuera amortiguadas por la pared. Un coche arranca. Silencio.


      Isabel esperó un rato. ¿Se habría quedado sola? Siguió esperando. Abrió los ojos. Un grito ahogado salió de su boca. Sus ojos azules estaban ahí a los pies de la cama. Mirándola, con una sonrisa en la boca. Ella no había oído nada, ni la puerta, ni sus pasos. Nada.


     - Buenos días dormilona.


     Ella no contestó, se quedó mirándolo aterrada.


     - Tú y yo tenemos una charla pendiente, parece que tienes un secreto escondido.


     En la ciudad.


     Se levantó con el sonido de una llamada. El móvil no paraba de sonar. Era su hermana. La llamó para contarle la última pelea con su marido. Ella intentó consolarla lo mejor que pudo. Sabía que era algo pasajero, otra pelea más de las suyas que él arreglaría con unos buenos pendientes de oro blanco. Después de una hora oyendo llantos, maldiciones y amenazas de dejarlo, colgó el teléfono dejando a su hermana más tranquila.


     
    Miró los mensajes. Nada, ni uno. Isabel ni siquiera se había conectado. Eso sí que era raro. Decidió salir a correr y acercarse a su casa, se estaba empezando a preocupar. Muy bueno tenía que ser ese hombre de ojos azules en la cama. Cuando la localizará le echaría una buena bronca.


Capítulo VII


     Isabel no podía dejar de mirar aquellos ojos que la penetraban hasta lo más hondo de su ser. Pensaba que sabía perfectamente lo que su cabeza guardaba en todo momento. La tenía hipnotizada. Y él era consciente de eso.

     Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Seguía mirándola con esa estúpida sonrisa, que ya le crispaba los nervios. En un arranque de fortaleza, se incorporó de la cama y se arrancó todos los cables de su brazo. La sangre empezó a brotar. Hizo caso omiso.


     - ¡¿Qué me estás haciendo?! ¡¿Qué es todo esto?! ¡¿Para qué me quieres?! - Cualquiera podría haber oído los gritos desenfrenados de una mujer histérica, si hubiera alguien alrededor. Pero la casa estaba construida en mitad del bosque.


     Él no se inmutó, ni siquiera intentó detenerla, mientras Isabel se desataba las correas de los pies. Solo la miraba, maravillado por esa fortaleza que no creía que ella poseyera. La observaba como una leona observa a su presa, como un mono observa su imagen en un espejo. Cada vez le interesaba más aquel espécimen.


     - ¡¿Es qué no me oyes?! ¡¿O es qué eres idiota?! ¡Deja de mirarme de esa manera y habla de una vez!


     Isabel ya tenía los pies desatados, sentada en el filo de la cama miraba a su cazador con cautela. Sabía que si echaba a correr él la alcanzaría, se cansaría y no habría ganado nada. Tendría que negociar, que hacerse real, había oído o leído en algún sitio que tenía que decir su nombre y hablar de sus familias si algún día la secuestraban. Y ahí estaba, el amor le había dado paso a la rabia, que hacía que su cabeza funcionara a mil por hora. Pensando, calculando sus opciones.


     - Estás sangrando. - Raúl se acercó lentamente a la parte de la cama donde ella estaba sentada. Le fue a coger el brazo que sangraba, pero ella lo apartó con brusquedad. Lo que hizo que se diera con el cabecero de la cama en la mano, haciéndose más daño aún. Esta vez él se lo cogió con firmeza, mientras no despegaba sus ojos de los de ella. Le limpió la herida que ya no sangraba y le puso una tirita.

  
      Ella se tranquilizó, se olvidó de que estaba allí presa, de que en realidad no estaba por propia voluntad.

     - Gracias. - Murmuró agachando la cabeza, intentando salir del estado hipnótico en el que se encontraba. Quería que volviera la rabia, pero no podía. Él era un estanque de aguas calmas.


    - Tendrás hambre. Vamos te invito a desayunar. - Raúl le dio la mano y ella la aceptó, guiada por sus pasos se sentó en una mesa en una especie de cocina comedor. Empezó a observarlo todo, puertas, ventanas, todo. Nada que pudiera evidenciar lo que quería de ella. Parecía una casa de campo como otra cualquiera. 


     - Necesito ir al baño.


     - Es aquella puerta de allí, pero, - Raúl se acercó a ella, puso sus manos en los apoya brazos de la silla y le dijo pegando su cara a la de ella, hasta casi rozarse, - si lo que pretendes es escapar, el baño no tiene ventanas, y no salgas corriendo porque te encontraría. - Aspiró profundamente. - Tu olor está dentro de mí, muñequita.


     Isabel se levantó lo mejor que pudo, las piernas le temblaban y estaba a punto de vomitar. Las lágrimas se agolpaban haciéndole la visión borrosa, no quería darle el lujo de que la viera llorar. Así que entró al baño, cerró la puerta, y ahí mismo contra la pared, en el suelo, se rindió.


     En la ciudad


     Llevaba tocando un rato, pero nadie abría. Había tocado a su vecino con el que quedaban alguna vez, pero él tampoco la había visto. No sabía si llamar a sus padres. Estaban demasiado mayores para darles un susto sin motivo. De repente un mensaje en su teléfono:


     "Mar no te preocupes, voy a pasar el mejor fin de semana de la historia. Ya te contaré el lunes en la oficina" 


     Algo de aquel mensaje no le terminaba de convencer. ¿Isabel con un tío al que acaba de conocer de fin de semana? Y además, ella nunca la llamaba Mar. ¿Qué estaba pasando?



Capítulo VIII


     Sentados a la mesa, presa y cazador comían sin articular palabras. Él la miraba continuamente, como si intentará entrar en su cabeza para conocer sus pensamientos. Ella se había quedado en el baño durante lo que para ella había sido un momento. Pero cuando salió los huevos revueltos estaban fríos, el café estaba frío. Él estaba frío, sentado mientras observaba como ella se acercaba a la mesa.

     Se había visto en el espejo del cuarto de baño. Tenía un aspecto terrible, los ojos negros del rímel, el pelo enredado como nunca. Había intentado peinarse, pero no había cepillo, así que con un poco de agua se adecentó lo mejor que pudo.


     Tenía hambre, así que decidió comer, necesitaba todas las fuerzas que pudiera reunir. Aquellas tostadas acartonadas, tampoco sabían tan mal. 


    - Ya veo que tienes hambre.


    Ella no respondió, se limitó a ignorarlo, a olvidarse de que existía. Ni siquiera lo miró. 


    - No me importa que no me hables. Pronto dejarás de hacerlo, y no por propia voluntad. Solo tenemos que resolver un pequeño problemilla. No sé cuanta anestesia tendré que utilizar. Tengo que estudiar, y mis hermanas están locas por saber cuando vamos a empezar. Las tienes enamoraditas.


    Ella seguía comiendo sin levantar la vista del plato, lo que acababa de oír la estremeció hasta lo más hondo de su ser. Pero no quería darle esa satisfacción. Debía permanecer fuerte. Por suerte, el que la anestesia no funcionará con ella como con el resto de personas le daba ventaja. Y ella necesitaba usarla.


     Terminó de comer antes que él. Se levantó de la mesa y empezó a ojearlo todo, se movía por la habitación, con los ojos de él fijos en sus movimientos. El pasillo por el que habían venido tenía cuatro puertas. Su habitación, el baño, y dos puertas más que suponía que serían las habitaciones de sus captores. 


     Se acercó a la estantería del salón, y empezó a leer los tomos de los libros que allí guardaban. Casi todos eran de medicina. Algo la atrajo, uno de los estantes estaba lleno de novela erótica. No casaba con el resto de libros que había allí. Miró a su captor, que la observaba divertido. Se había leído todos aquellos títulos, sabía perfectamente lo que encontraría en aquellas páginas. Y pensó, "es posible que me libre de esta". Sin apartarse de ese cruce de miradas fue a coger uno, al azar. Demasiado ligero, se le caía, miró los libros y se dio cuenta de que eran carcasas vacías unidas en un solo bloque. Detrás de ellas un interruptor adornaba la estantería.


     - Has encontrado mi escondite. Eres muy lista.


     Isabel pensó que se levantaría a detenerla, pero Raúl no se movió ni un ápice de la silla. La seguía expectante, divertido, ella diría, que incluso fascinado. Se giró al interruptor y lo pulsó. La estantería se movió, se introdujo en la pared. Dejando paso a una habitación totalmente oscura.


     - Ahora vas a descubrir mi secreto.



Capítulo IX

     No sabía donde estaba el interruptor de la luz. Ni siquiera sabía si quería pulsarlo.

   
  - Adelante, no tengas miedo. Vas a ser la primera en verlo. Quiero saber tu opinión. – Una voz le susurraba al oído. Por un momento cerró los ojos mientras disfrutaba de su sabor, de su olor. No, por mucho tiempo, su cuerpo la alertaba. Y como en un mal sueño abrió los ojos rápidamente.


     Él la empujó suavemente con su propio cuerpo. No sabía porque, aquello la gustaba, era la primera vez que disfrutaba plenamente. Nunca había jugado tanto. Ellas ni siquiera habían entrado allí despiertas.

  
    Pero Isabel era diferente. Su nombre era diferente. Le recordaba a algo, pero no podía identificar el que. Disfrutaba haciéndole la comida, y más aun viéndola como se la comía. Disfrutaba observando cómo se debatía entre sus sentimientos por él y el miedo que le provocaba. Sabía que en cualquier momento podría hacerla suya, y ella se entregaría.


     Sin embrago, no quería eso. No la había llevado allí para eso. Aspiró su aroma una vez más, mientras ella daba un paso y las luces se encendían al notar su presencia. El mismo paso que dio hacia delante, lo dio para atrás, pero con fuerza. Chocándose contra su cuerpo, haciéndole sentir todo el miedo escapándose por sus poros.


      No podía creer lo que estaba viendo. Allí de pie, mientras las luces se encendían una a una pudo vislumbrar el horror de aquella sala. Delante de sus ojos una mesa de operaciones, parecía un quirófano. Y a su derecha, varias estanterías se extendían por la habitación. Detrás de ellas, una puerta pintada de rosa con adornos florales. Lo peor no era la mesa de operaciones, ni la puerta siniestra, lo peor era el contenido que guardaban esas filas de estantes. Todo eran tarros de lo que le parecía a ella órganos humanos, corazones, pulmones, hígados. Aquello era el paraíso de cualquier traficante.


      Pero lo que más le aterró fue varios tarros llenos de ojos. Aquello fue la que le hizo querer volver a atrás. Aquellos ojos inertes mirándola desde un tarro. Estaba segura de que aquel sería su destino. Sus ojos descansarían junto a los demás.


     Se giró y la histeria pudo con ella. Entre lágrimas y gritos empezó a golpear a su captor. Patadas sin ton ni son, puñetazos en los brazos, en el pecho, y cuando fue a golpear su cara, Raúl la detuvo. Le agarró los brazos con fuerza y se los bajó a los costados. Isabel se notó rendida, mientras lloraba sin poder parar, miraba aquellos ojos azules que ya no le parecían tan cautivadores.


      Raúl se dio cuenta de ese cambio en ella, su adoración había desaparecido, como si nunca hubiera existido. Ante él tenía una criatura destrozada mirándolo con pena. Aquello le descuadró. No entendía aquella mirada. Se sintió desprotegido, sin saber qué hacer. Acababan de quitarle su mayor poder. En un intento de recuperarlo, la abrazó, ella se dejó hacer, lánguida, derrotada. La volvió a mirar, pero nada. No surgía efecto. La había perdido.


     Una sensación de vacío le llenó las entrañas. La cogió en brazos y la llevó a la habitación donde la había dejado antes. Ella lloraba en silencio, mientras se dejaba transportar. La dejó en la cama y cerró la puerta sin mirar atrás.


     Imágenes de una vida pasada volvieron a su mente, una vida feliz, una mujer a su lado, una chica rubia de pelo corto, bailes de madrugada, noches en vela, y felicidad, mucha felicidad. Una hermana, o dos, sangre, mucha sangre, ojos sin vida. Todas aquellas imágenes pasaron fugaces por la mente de Raúl.


      Hasta que no pudo más. Entró en su cuarto, ella se incorporó, lo miró extrañada. Con grandes zancadas se acercó a la cama, ella, por alguna extraña razón, no se asustó. Aquellos ojos perdidos no la asustaban. Se sentó en la cama, le agarró su cabeza con las dos manos y la besó. La besó con desesperación, con rabia contenida, con pasión.


     Isabel no respondía. Sus ojos se mantenían abiertos, mirando el infinito, mientras su boca estaba siendo invadida. Él se separó y la miró a los ojos y ella notó su ausencia. Lo miró, se miraron, y se vieron por primera vez. Él volvió a besarla, sus dientes chocaron, y sus lenguas, esta vez, bailaron al unísono.


Capítulo X




     En la ciudad.

    
  Después de darse una ducha y de pensarlo mucho decidió ir a hablar con su amigo Pedro. No es que fuera policía, ni nada que se le pareciera, pero se le daba muy bien la tecnología, los ordenadores no guardaban secretos para él. Ella le decía que su talento estaba completamente desperdiciado en esa tienda de telefonía donde trabajaba.


       Así que se vistió y se dirigió a la tienda. Y ahí estaba él con su mejor sonrisa detrás del mostrador, discutiendo con una señora que llevaba un bolso Vuitton. “La peor especie”, siempre decía él, cuanto más dinero tienen peor te tratan. No le hizo falta acercarse para escuchar la conversación. La señora hablaba para todos los que estaban allí.


       - Le he dicho que quiero que me cambie el teléfono. Que está en garantía, y me lo tiene que cambiar.


      - Y yo le he dicho a usted, que el móvil se ha mojado, y eso no lo cubre la garantía. Pruebe a meterlo en arroz. A lo mejor se seca. – La tranquilidad de Pedro, hizo estallar a la mujer.


     - ¡Encima con cachondeitos! ¡Habrase visto la profesionalidad de esta gentuza sin estudios! Quiero ahora mismo hablar con su jefe.


     - Yo soy el que manda ahora mismo aquí. Mi jefe, no trabaja los sábados.

       La mujer enfurecida soltó un grito, Mar se tuvo que dar la vuelta para que no la viera reírse.


     - Quiero una hoja de reclamaciones.


    - Estupendo señora, está en todo su derecho de ponerla. Aquí tiene. Rellénela y no se olvide de llevar una copia a la oficina del consumidor.


      Mientras la señora indignada rellenaba la hoja de quejas, Pedro se acercó a su amiga y le dio dos besos.


     - ¡Qué estupenda sorpresa! Un sábado por aquí.


     La señora los miró con cara de odio, y salió de la tienda con su copia de la hoja de reclamaciones.


     - No me trae nada bueno. Necesito tu ayuda.


     - Nena me preocupas. Vaya cara me traes.


    - Es Isabel. Desapareció ayer y no la localizo. Mira el mensaje que me mandó.


     Pedro leyó el mensaje, lo hizo un par de veces, buscando algo entre aquellas letras.


    - Vamos a localizar el teléfono. – Dijo preocupado por su amiga, cuyo suspiro de alivio se oyó en toda la tienda.



     A las afueras.


     Después de ese largo y húmedo beso, él se apartó, sin soltarle la cara. Se miraron, sus ojos se unieron en una sola mirada, sus bocas a escasos centímetros pedían más. La incertidumbre de aquel momento no les dejaba continuar.


     Él se debatía entre sentimientos contradictorios. Un pasado, un futuro, felicidad, contacto humano, caricias que llevaba tiempo sin disfrutar. Ella se debatía entre la monstruosidad de aquel cuarto y la atracción que sentía por su captor. Lo amaba sin conocerlo, lo amaba a pesar de todo. Era como si estuvieran predestinados, como si fueran almas gemelas destinadas a cruzarse en todas sus vidas.  El terror vivido anteriormente la detuvo en sus pensamientos. Una imagen la descolocó.


    - ¿Qué hay detrás de la puerta rosa?


   La magia se rompió. Raúl le soltó la cara, aturdido se levantó de la cama y se pegó contra la pared. ¿Qué hacía allí? ¿Por qué la había llevado? ¿Acaso aquella mujer le había engañado? No era la mujer sin gracia que había visto en un principio. La indiferencia que sentía, había desaparecido. Ella no podía formar parte de ello. Tendría que dejarla ir, o matarla y enterrarla antes de que llegaran sus hermanas. Podría desbaratar todos sus planes llamando a la policía si la dejaba viva. ¿O no?


    - No creo que quieras saberlo de verdad.


    - Sí que quiero. Estoy preparada para que me lo enseñes. Querías que lo viera, ¿no es así?


     Isabel se levantó de la cama y le ofreció la mano. No sabía si quería verlo, pero sabía que su única salida era acercarse a él, darle todo lo que quisiera. Y no tenía mucho tiempo. Pronto volverían aquellas dos mujeres.


    Raúl titubeó, pero finalmente le dio la mano. Despacio se dirigió a la habitación detrás de la estantería. Cuando llegaron, ella intentó reprimir la repugnancia que en ese momento sentía. Se detuvieron delante de la puerta rosa, el cogió una llave y la abrió. Agarró a Isabel de la cintura y la hizo entrar.


    Ella entró vacilante, un grito de horror salió de su boca, un grito desgarrador que le rompió la garganta. Cayó al suelo sin conocimiento. Él la cogió en brazos y la sacó de allí. Sabía que no tenía que habérselo enseñado.


Capítulo XI

 


      Se despertó otra vez en aquella habitación. Sola, él no estaba allí. La puerta estaba cerrada. Intentó escuchar los ruidos de la casa. Nada. Solo oía el canto de algún pájaro en el exterior. Pero nada más.

       
      No se levantó, intentó analizar su situación. No se había dado cuenta de hasta qué grado de locura había llegado su captor hasta que abrió esa puerta rosa. Esa maldita puerta. Un escalofrío le recorrió el cuerpo al recordar aquella escena. Sintió frío y se tapó con la sábana. Acurrucada como estaba se arrepintió de haberle pedido que le abriera la puerta.

       
       Esa habitación era monstruosa. Montones de ojos de cristal la miraban fijamente a través de esas caritas de porcelanas. Muñecas a tamaño real, en una habitación rosa, sentadas alrededor de una mesa, tomando el té. Una habitación de niña con juguetes por los rincones. Una pared rosa con cenefas de flores hacía la habitación más sofocante. Dibujos hechos por niños, colgados por todas partes.


       Pero esas muñecas, esas muñecas en tamaño real, esas barbies de pieles perfectas, no eran muñecas, era su futuro. Ella estaba allí para convertirse en objeto de esa habitación del horror. Su cuerpo sería embalsamado y convertido en perfecta muñeca de colección. Solo de pensarlo le entraban ganas de vomitar. ¿Cómo podía sentir algo por ese hombre que era capaz de hacer esas cosas? ¿Cómo podía seguir queriendo que la besara?

       
      A lo mejor eran esas dos mujeres las que lo obligaban a cometer semejante atrocidad. A lo mejor él no estaba tan loco. Pero allí no había nada que lo detuviera. ¿Se estaba auto engañando para justificar sus sentimientos?

       
      Raúl sentado en el porche observaba como el sol avanzaba en su camino. Lo odiaba, odiaba esa luz cegadora. Por eso había elegido esa casa en mitad de la espesura, para no tener que verlo a menudo.

      
     No tenía que haberle enseñado nada. Tenía que haberla dejado en su habitación, darle el desayuno y dejar que se escapara, nunca sabría lo que había hecho. Y así quizás las cosas habrían sido diferentes. Ahora tendría que matarla.

    
    Tendría que matarla. Se lo repetía una y otra vez. Y tendría que hacerlo antes de que llegaran sus hermanas. No quería que formara parte de la habitación de juegos. No quería tener que volverá ver  esos ojos ya vacíos. Ella no podía estar allí. Y a sus hermanas les había gustado tanto que iba a ser imposible convencerlas de que no servía.

    
     La había visto dormir y era preciosa. Le hubiera dado un calmante, pero no sabía hasta qué punto le haría efecto. Tendría que mirar su historial. Necesitaba ir al hospital. Pero no podía dejarla allí sola. ¿Y si se la llevaba? ¿Sería capaz de estar a su lado sin llamar la atención? Imposible, seguro que intentaría escapar. Ahora sabía lo que le esperaba y el instinto de supervivencia la haría huir de él. No podría mirarla a la cara, no después de que hubiera visto al monstruo en el que se había convertido.

  
     Sumido como estaba en sus pensamientos, no se dio cuenta de que ella se le acercaba.

  
     - Estoy lista.

  
     Se sobresaltó. Podría haber escapado y no se habría dado ni cuenta. La miró, miró aquel pelo anaranjado a la luz de los únicos rayos de sol que allí penetraban. Estaba preciosa. Su cara mostraba determinación, pero su mirada, su mirada estaba perdida, llena de miedo.


      - ¿Lista para qué?


      - Lista para que me hagas tu juguetito. Lista para ser tu muñequita. ¿No es eso lo que querías?


        Raúl no pudo soportarlo más, se levantó y se fue hacia ella tomándola entre sus brazos. Y allí con sus labios a escasos centímetros, y sus corazones desbocados, esta vez fue ella la que lo besó, la que le mordió el labio, la que buscó su lengua desesperadamente. La que abrazó su espalda musculosa, la que se abandonó en los brazos de su verdugo.


       Y así como estaban, sumidos en su pasión desbordante, no oyeron el coche que se acercaba.

 Capítulo XII




   - Te has preocupado por nada. Mírala lo bien que está y tú pensando que estaría secuestrada por algún maníaco.

  
   - Tienes razón Pedro, pero algo no me cuadraba. Tengo un sexto sentido para estas cosas y casi nunca me equivoco.


     - Pero, ¿no la ves? ¿No ves lo mismo que yo? Ella está en la gloria. Ahora, que con ese tipo, yo también lo estaría.


        Mar se revolvió en su asiento, sí, la veía, pero a pesar de verla, no estaba muy segura. Algo le daba escalofríos de aquel lugar. Demasiado apartado de todo. Y ella no era una chica de las que se iba a pasar la noche con un hombre desconocido, ¿o sí? Estaba claro que ella estaba a gusto.


       - Si te vas a quedar más tranquila nos bajamos del coche y les saludamos. “Hola, pasábamos por aquí…”


       Mientras Pedro hablaba la pareja del porche se metió dentro de la casa, ella en brazos de él, como si fuera una novia entrando el primer día a su casa nueva.


      - Ya sé que suena idiota, tienes razón, deberíamos irnos. Parecen dos tortolitos. Da la vuelta.


       Pedro giró el coche en sentido contrario, y tal como vinieron, desaparecieron entre la espesura del bosque.


         - Cuando se lo cuentes el lunes quiero estar presente. Quiero ver la cara que pone cuando descubra que tiene una amiga paranoica.


       - No te rías de mí, Pedro, hay algo que sigue sin gustarme. Ese mensaje, y esta situación, totalmente aislados. No me quedo tranquila del todo. Me queda un fin de semana horroroso. Hasta que no llegue el lunes a la oficina y la vea no me quedaré tranquila.


       Pedro paró el coche en seco.


      - Esta bien, voy a dar la vuelta al coche y vamos a ir a esa casa. Vamos a interrumpir lo que tú y yo sabemos que están haciendo para decirle “perdona, no me gusta el mensaje que me enviaste, así que hice que Pedro localizará tu móvil, y hemos venido a ver si no estás muerta aún”.


       - Me parece bien, da la vuelta.


      Pedro puso los ojos en blanco e hizo caso a su amiga. Aquello le parecía absurdo. Pero para que se quedara tranquila volverían.


       - Te bajas tú sola, yo te miro desde aquí. No quiero hacer el mayor de los ridículos.


        Mar se bajó del coche, se acercó a la casa y tocó a la puerta. Unos ojos azules le abrió. Se quedó desconcertada por esa mirada unos segundos.


     - Hola, ¿qué quiere?


    - Buenos días. Soy amiga de Isabel. ¿Está ella aquí?


     El chico se quedó mirándola un momento, y le dedicó una sonrisa.


     - Sí, está aquí. Ahora mismo está en el baño.


     - Me gustaría verla.


     - Sí claro, ahora mismo la llamo.


     El chico cerró la puerta y la dejó ahí plantada en el porche. Ella miró a Pedro y subió los hombros a modo de pregunta. La puerta se volvió a abrir. Y allí estaba su amiga, abrazada a aquellos ojos azules.


      - Hola María. ¿Qué haces aquí? – Esa sí era su amiga. La única que la llamaba María.


     - Hola cielo. Estaba preocupada. Me mandaste un mensaje llamándome Mar y no me has vuelto a contestar a ninguno de los que yo te he mandado.


     - Lo siento, no tienes de que preocuparte. Estoy bien. Es que no he estado muy pendiente del móvil.


       Después de intercambiar unas cuantas frases banales, con él delante, por supuesto. Mar se quedó más tranquila y se fue al coche donde Pedro la esperaba.


      - Tenías razón, estaba preocupada por nada.


      - Nos vamos directos a la policía. Aquí pasa algo.



Capítulo XIII





                Raúl cerró la puerta. Miró a aquella mujer de arriba abajo. Le había destrozado la vida, su tranquilidad se había vuelto patas arriba. Imágenes inundaron su cabeza, tantas operaciones, tantas mujeres, tantos años. Y todo por ellas. Por sus hermanas, las únicas que lo querían, las únicas que de verdad pensaban en su bienestar. ¿O no?


               Ya no sabía que era lo mejor, no sabía que hacer, estaba harto de todo aquello, estaba harto de tanta muerte, tanta sangre, tanta reconstrucción.


                Y ahora estaba ella, aquella pequeña mujer pelirroja de nombre Isabel,… Isabel… Isabel… Sí, ahora lo recordaba todo. Isabel, rubia, risueña, el amor de su vida, su felicidad. Unas lágrimas asomaron a sus ojos. No las dejó salir del todo. La rabia se apoderó de él. Ellas tenían la culpa, ellas eran las que habían acabado con su felicidad. ¿O era ella? Su hermana llevaba tiempo muerta… ¿O no?             


                Las imágenes se agolpaban,  casi no podía distinguir lo que era real de lo que no lo era. Todo empezaba a cobrar sentido en su cabeza. Miró a aquella mujer que apenas conocía, aquella mujer que había sacado todo a la luz. Isabel.


                - Tus amigos van a llamar a la policía. Vamos, tenemos que irnos.


                Raúl encerró a la chica en su habitación. Esta vez cerró con llave. Se oían sus gritos amortiguados por la puerta cerrada.


                -¡Ellos no saben nada! ¡No van a venir! ¡Por favor, déjame ir, no diré nada!


                Raúl cogió el teléfono de ella, sacó la tarjeta, la destrozó y tiró el móvil al suelo unas cuantas veces, lo pisó con rabia, hasta que quedó completamente hecho añicos. Después cogió el suyo y llamó a sus hermanas.


                - Tenéis que venir, rápido.


                - ¿Qué pasa Raúl?


                - ¡He dicho que vengáis! ¡Tenemos que irnos!


                Colgó el teléfono antes de obtener respuesta y llamó al hospital para decir que se pedía una excedencia. Problemas familiares que necesitaban de su atención.


                Isabel daba vueltas por la habitación como un león enjaulado. No sabía que hacer. ¿Llamarían Pedro y María a la policía? ¿Podría salir de allí? Sentía que su vida estaba más en peligro que nunca. La cara de Raúl la desconcertaba, no sabía lo que pensaba, se sentía acorralado. Y una persona acorralada podía hacer cualquier cosa. 



Capítulo XIV

                Raúl empezó a recoger todos los restos de su paso por aquella casa. Limpió con lejía todos los muebles, los cubiertos que habían usado en el desayuno, los que no, el suelo, incluso las paredes. Mientras la obsesión por la limpieza se apoderaba de él, su mente se volvía más lúcida. Lo recordaba todo, toda su familia muerta. Una enfermedad crónica, psicólogos y psiquiatras en su infancia, una enfermedad como herencia.


               Cuando se quedaron huérfanos, se acabaron las visitas al médico, su hermana le decía que solos estarían mejor. Qué ellos tres se valían sin ayuda de nadie. Y él se había dejado cuidar. Se había abandonado a aquella fantasía en la que vivían los tres solos. Los tres. Su hermana nunca había abierto los ojos. Él estuvo un tiempo siguiéndole la corriente, hablando con su hermana Cristina, aun sabiendo que estaba muerta, aunque no la viera.


               Pero con el tiempo la veía, con el tiempo la sentía, oía sus gritos, sentía sus caricias, era tan parte de su vida como su hermana Paloma. Ahora lo veía todo claro. No volvería a dejarse engañar.


               - ¿Qué pasa Raúl?


               Ni siquiera había oído la puerta. No había oído los pasos de su hermana acercándose hasta que le tocó el hombro y le preguntó. La abrazó con fuerza. Ella era la culpable de todo. Nunca lo dejaría libre. Tendría que obedecerla hasta el final de sus días.


               - Nos han descubierto. Han venido a buscar a Isabel.


               La hermana de Raúl se puso a la defensiva, esa protección inicial, había desaparecido.


               - ¿Desde cuándo es Isabel? Te dijimos que la prepararas, que la durmieras.


               - Eso no tiene importancia ahora, lo importante es…


               - ¡Sí que tiene importancia! ¡Eres un incompetente! Sin Cristina y sin mi…


               - ¡Cristina está muerta! ¡Déjalo ya!


               Una sonora bofetada le puso la cara roja. Paloma estaba fuera de sí. Se enfrentaron con las miradas, un duelo de titanes, en el que ninguno quería dar su brazo a torcer. De repente ella suavizó su gesto.


               - Cariño, lo siento. – Se acercó a su hermano y le inundó la cara de besos. – siento lo que he hecho, no debes decir esas cosas de tu hermana. Mírala, ahí llorando en el rincón del sofá. Está herida. Deberías pedirle perdón. Ella te quiere.


               Raúl se dio cuenta de que no iba a cambiar. Jamás dejaría a su hermana marchar. Pidió perdón a aquella visión y terminó de limpiar.


               - Tienes que matarla. – Su hermana se acercó con una pistola en la mano.

 
               - ¿De dónde has sacado eso? Nunca hemos tenido armas en esta casa.


               - Siempre hay que tener una vía de escape. Tienes que matarla. Yo meteré las cosas en el coche.


               Raúl cogió la pistola y lentamente se acercó a la habitación donde estaba Isabel.


               El disparo se oyó hasta el coche, donde Paloma guardaba la única maleta que tenían. Una sonrisa se dibujó en el rostro.


               - Ya lo sé Cristina, todo este trabajo para nada. Lo vamos a echar a perder. Pero no te preocupes, empezaremos de nuevo. Te buscaré más muñecas.



Capítulo  XV




                Cuando la policía llegó, ya no había rastro de ningún secuestrador. Registraron la casa mientras Pedro y Mar esperaban en el coche de policía con un agente. 


                Entraron habitación por habitación sin encontrar nada. Hasta que llegaron a una cerrada con llave. Forzaron la cerradura y entraron. Era una habitación blanca con una cama y muchos instrumentos de médicos. En la cama había alguien tapado con una sábana. Los policías se acercaron al cuerpo despacio. Mientras uno de ellos levantaba la sábana los demás apuntaban directamente con sus armas.


                Debajo encontraron una mujer pelirroja que se correspondía con la descripción de los amigos. El policía le tomó el pulso.


                - Sigue viva. Llama a la ambulancia. Que entre el médico.


                Cuando Isabel despertó vio a sus amigos alrededor de ella, además de un médico y unos cuantos policías. Les explicó a todos lo que había pasado y los condujo a la habitación escondida.


                Cuando entraron a la habitación rosa, algo llamó la atención de Isabel. Algo que no había visto antes en aquel santuario. En la cama de niña pequeña descansaba una mujer. Una mujer que no tenía nada que ver con las muñecas a tamaño real.


                - Esa mujer no estaba ahí antes. – Avisó a los policías.


                Se acercaron a la mujer y le tomaron el pulso.


                - Está muerta. Aunque parece que no la mataron hace mucho tiempo. Posiblemente la ahogaron con esa almohada de ahí.


                - Necesito salir de aquí. – Isabel no aguantaba más aquella visión que le había aterrorizado.


                Un policía la sacó de allí y la llevó afuera.


                El inspector se acercó a ella.


                - Necesitamos que nos conteste a algunas preguntas. Cualquier pequeño detalle por pequeño que le parezca es fundamental.


                - Está cansada. ¿No podría hacerlo otro día? – Mar abrazaba a su amiga, protegiéndola de las preguntas de aquel policía.


                - El tiempo es oro señorita. No hace mucho que el asesino ha abandonado la casa.


                - No te preocupes María. No me importa.


                - Empiece a relatarnos todo desde el principio.


                Isabel les contó todo lo que había pasado. Les contó como habían coincidido, como la había invitado a cenar, como se había encontrado mal. Les contó cuando llegaron a la casa en el bosque, cuando le pareció oír las voces de dos mujeres, que resultaron ser las hermanas de su captor.


                - Cuando Raúl entró en la habitación con aquella pistola pensé que iba a matarme. Pensé que ya había acabado todo. Le lloré, le supliqué que no lo hiciera. Él se acercó a mí y me abrazo. Noté un pinchazo en el brazo y como mis fuerzas empezaban a flaquear. Otra vez me había sedado.  Sentí como me tumbaba en la cama. Lo último que oí fue un disparo en la lejanía, aunque creo que lo hizo dentro de la habitación. No estoy segura.


                Lo que no le contó a la policía fue todos los besos que él le dio. Todos esos besos eran para ella. Era su recompensa por todo lo que había pasado. Tampoco les contó que cuando le dio el último abrazo le susurró al oído su nombre, y que le pareció el mejor sonido del mundo. Tampoco les contó que cuando la tumbó en la cama la besó en los labios, un beso efímero, casi etéreo. Y que aún sentía sus labios sobre ella.


                - ¿Quién cree que es la mujer muerta en la cama?


                - No lo sé, pero supongo que sería una de sus hermanas.


                - Muy bien, por ahora no necesitamos nada más. Le pediré a un agente que la acompañe a casa. Lo pillaremos señorita, no se preocupe.


                Pedro se acercó a ella y la abrazó.


                - ¿Cómo estás cielo? ¡Menudo susto!


                - Ahora estoy bien. – Mintió. No se sentía bien del todo. Lo echaba de menos. - ¿Cómo supiste lo que pasaba? Me ha dicho María que si no llega a ser por ti, os habríais ido sin más.


                - Chica, es que eres un libro abierto. Cuando estás con un tío eres una empalagosa, te cuelgas a su cuello como un koala. Y estabas tiesa como un palo. Tu tic cuando estás preocupada te delató del todo.


                - ¿Cuál es ese tic?


                - Ese tamborilear de dedos sobre tu pierna, que no sé como no se te ha hecho un surco en ese muslo.


                Los tres amigos rieron.


                Los días siguientes fue un caos. La familia de Isabel no la abandonaban ni a sol ni a sombra. La policía buscaba al “coleccionista de Barbies”, como le había apodado la prensa. Mientras, avisaban a los familiares de todas las mujeres que habían encontrado.




Meses más tarde.



                Isabel se encontraba en el sofá de su casa con una sonrisa en la boca. Había recibido una postal sin remite. En ella ponía “Te echo de menos”. Sabía perfectamente de quien era. Le dio la vuelta y una imagen de Londres en la niebla le devolvió la mirada.


                Se levantó y abrió el primer cajón de su escritorio. Metió la postal con las demás.






 



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  1. Qué contenta estás con tus ojos azules, eh. No me extraña: es una gran trabajo y ¿es tu relato más largo? Cuesta dejar de escribir sobre los personajes que te ha llevado tanto tiempo... Un abrazo, María.

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    1. Ay sí que estoy contenta. La verdad es que es el relato más argo (sin contar la Búsqueda), que he escrito desde que retomé la escritura de nuevo. No sé sí sería capaz de escribir toda una novelas de doscientas páginas. Jejeje.
      Y sí me ha dado mucha pena escribir el final de esta historia.
      Un abrazo.

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  2. Un relato alucinante. Espero que muchos otros lo disfruten. El Asesino de Ojos Azules, inolvidable.
    ¡Abrazo enorme, Hermana de Letras! ;)

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    1. Muchas gracias Hermano de Letras. Sin mis grandes lectores no la hubiero podido terminar. Un besillo.

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  3. Hola, María.
    Vaya por delante que el género de terror/suspense no es de mis favoritos. Dicho esto, confieso que una vez pasé del segundo capítulo de tu historia ya no pude dejar de leer. Quería saber en qué acababa todo aquello y, por supuesto, qué demonios se escondía tras la puerta de color rosa.
    En fin, un gran trabajo que demuestra tu infatigable imaginación y sugieren un montón de lecturas a tus espaldas. Te felicito. Y, por supuesto, te animo a que sigas dándole a la pluma, o a la tecla. ; )
    Un abrazo, María. : )

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    1. Muchas gracias Pedro. La verdad es que he leído un poquito, antes más que ahora. En lo que se refiere a libros editados, porque hay unas personitas con unas cosas llamadas Blogs que me tienen enganchada y no me dejan leer otra cosa.
      Me encanta haberte enganchado, si no te gusta el suspense y has terminado leyéndolo entero, quiere decir que he hecho algo bien. Muchas gracias y un besillo.

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  4. No podía quedarme sin conocer el desenlace de esta estupenda historia ni aún en vacaciones, así que aquí me tienes, María :)

    Un desenlace feliz para todos los que lo merecen, exceptuando a las pobres barbies, claro. Me alegro de que finalmente Raúl encontrara la puerta de escape para su situación y de que el amor fuera la cura para la terrible experiencia vivida por Isabel. Nos has tenido en suspense a cada entrega, pero ahora al fín podemos respirar tranquilos :)

    Un gran relato, María, genial de principio a fín!!

    Un besillo.

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    1. ¡Ay qué me encanta tenerte por aquí aunque sea en vacaciones! Pero bueno, en vacaciones también se lee. Me alegro de que te haya gustado el final. UN final semi feliz con los dos protagonistas que pueden encontrarse en un futuro.
      Un besillo.

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  5. Maria esta historia me intriga he leído hasta el capitulo 5, seguiré en otro momento ya tengo que ir a la cocina. Un abrazo

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    1. Me alegro de que te intrigue, fue la primera que escribí por entregas y me hizo mucha ilusión.
      Un besillo.

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    2. He leído otros 5 capítulos y no se lo que pasará , pero me está gustando como la has escrito, en su forma y en su prosa. Que haces con estos escritos los editas en libro? Un abrazo

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    3. Que va, aquí siguen adornando mis páginas virtuales del Blog, eso sí, correctamente registrados, jejeje.
      Un besillo.

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  6. Maria acabo de terminar esta lectura y me has dejado alucinada lo que había detrás de esa puerta rosa. El final y el desenlace es ¡acojonánte!. Esa es mi expresión, ( quizás es mal sonante pero eso es lo que he dicho tras terminar de leer. Enhorabuena por tu escritura. Ahora retomaré la Búsqueda que es mas larga no? Un abrazo

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    1. Me alegro de que te haya impactado. Le tengo mucho caiño a este relato. Fue el rimero que escribí por entregas.
      La Búsqueda es un poquitín más larga, jejeje.
      Un besillo.

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