23/5/15

Dolor de cabeza, brujería y otras faltas de ortografía



            Aquella mañana me levanté sin dolor de cabeza. Esa era de las pocas mañanas que esto sucedía. Yo vivía en un martilleo constante. La primera vez que fui al neurólogo y me pregunto por mi malestar, mi contestación fue: “todos los días tengo dolores de cabeza normales, y algunos días ya me vienen los fuertes”. Mi médico me miró y me dijo que los dolores de cabeza normales no existían. Allí fue donde me enteré que lo que  a mí me pasaba no era normal, que no todo el mundo sufría constantemente un latido intenso que le taladraba el cerebro.

            Pero esa mañana extrañamente me había levantado normal, fresca como una lechuga, sin pesadez en el cuerpo, incluso no me había costado levantarme de la cama. Me di una ducha, larga, aprovechando mi nueva situación y me puse a pensar en el día anterior.

            Había estado hablando con mi prima, que le habían contado, que la sobrina de la vecina de su cuñada tenía unas migrañas horrorosas, no podía ni salir de la habitación cuando le daban. La pobre niña con la corta edad de diez años, ya pasaba por ese tormento. Yo no me lo quería ni imaginar. Así que ya hartos de probarlo todo, se la llevaron a una sanadora que se dedica a quitar el mal de ojo y todas esas cosas, de las que yo no creo nada. Me parecen todos unos charlatanes que se dedican a sacarle el dinero a los incautos. Mientras mi prima me lo estaba contando, yo no podía creérmelo, padres abogados, de carrera, llevando a su hija a una curandera para que le quitara los dolores de cabeza. “Otros crédulos, cuanta incultura hay en este país”.

            Mi prima me juraba que en cuanto habían llevado a la niña a la curandera, los dolores de cabeza habían desaparecido, la niña jugaba y hacía vida normal como cualquier niño de la calle, y los padres habían vuelto a vivir de ver a su hija tan feliz.

            Yo, asentada en mi escepticismo, le dije a mi prima que la magia no existe, que la gente se aprovecha de las desgracias ajenas para quitarles el dinero, y que no entendía como ella, una persona que había viajado, que había estudiado, que había visto tantas cosas, podía creerse algo de esa extraña brujería que quitaba  los dolores de cabeza cuando ni siquiera un neurólogo, ni un médico pueden erradicarlos del todo.

            Su contestación fue muy simple: “Por eso que he visto de todo, no pierdes nada porque te vea. Es solo una tarde y te vas.”

            Le dije que se olvidara de mí, que utilizara a otra de conejillo de indias, y seguí con mi vida. Pero mi prima no se daba por satisfecha, habló con todos los miembros de la familia, no dejó a ninguno sin conocer la magnífica historia de esa niña curada por la brujería. Y después todos me llamaban o me mandaban mensajes para que lo intentara. Hasta que un día, uno de esos días de persianas echadas, móviles desconectados, mantas hasta la cabeza y una palangana al lado de la cama para mis vómitos, mi madre entró en mi casa, ella tenía una llave por cosas como estas. Cuando yo no contestaba, ella se pasaba para ver cómo estaba. Se acercó a mi cama, se sentó a mi lado y me acarició el pelo como siempre hacía, como solo una madre te consuela. Se me acercó al oído y me dijo: “Mira como estas cielo, intenta lo de la brujería, hazlo por mí, déjame ver como mi única hija vive sana y feliz.” Yo ni me moví, no podía.

            Al día siguiente me levanté un poco mejor y mi prima se presentó con mi madre para ir a ver a la famosa sanadora, yo me deje llevar, con mi resaca de dolor de cabeza como las llamo, y el montón de medicación que llevaba en el cuerpo, iba medio sonámbula. Las dos se aprovecharon de mi situación.

            Lo que pasó aquella tarde lo tengo medio borroso, entramos a una casa que era normal, no tenía plantas por todos sitios, ni atrapa sueños, ni cosas de ese estilo como me había imaginado en mi cabeza que sería la casa de una sanadora. Nos llevó a una salita de estar donde había varios sillones y un diván. Unas cuantas estanterías adornaban la pared, llenas de libros unos encima de otros, intenté leer algún título, pero entre lo mal que yo iba y que la sanadora me hizo echarme en el diván, solo pude vislumbrar “Cien años de soledad”. Me dio una perspectiva distinta de aquella mujer. Si sabes los libros que lee una persona, puedes saber qué tipo de persona es.

            Estuvo un rato haciéndome preguntas, yo las contestaba automáticamente, casi sin pensarlas, el zumbido de mi cabeza tampoco me daba tregua. Una vez terminó se me quedó mirando muy seria. Mi prima y mi madre que se habían sentado en unos sillones más alejados no habían abierto la boca en todo el rato que estuvimos allí. Y seguían calladas, examinando nuestro espectáculo.

            Yo las miré de soslayo, y de repente la sanadora comenzó a hablar de nuevo:

            - Lo que vamos a hacer aquí tiene un alto precio.

            Yo pensé: “ya empezamos, ahora es cuando me va a clavar.”

            - No es nada de lo que estás pensando, no te voy a pedir dinero. Esto lo hago porque tengo un don, y quiero ver a la gente sana. Pero todo acto tiene su consecuencia. La naturaleza te pedirá algo, puede que no sea hoy, ni mañana, pero te lo pedirá. ¿Estas segura de querer pagar el precio?

            - ¿no me pedirá mi primer hijo o algo así? – Dije medio en broma, medio en serio, la cara de aquella mujer me asustaba, lo decía tan seria que todo parecía real.

            - No es ese tipo de precio.

            Le dije que sí, que aceptaba cualquier precio si aquella sensación y aquel dolor se me quitaba para siempre. De lo que pasó después casi ni me acuerdo, tengo momentos borrosos en mi cabeza, pero nada claro. Ni siquiera recuerdo el camino de vuelta a casa. Lo primero que recuerdo con claridad es como mi madre me metía en la cama y me tapaba con la colcha.

            Hasta esa mañana, que era otra mujer, que no tenía ni la sombra de lo que fue un dolor normal de cabeza. Así que me duche cantando, desayune cantando y me senté delante de mi ordenador a trabajar. Soy escritora, mi editorial ya me estaba pidiendo el siguiente libro, y los dolores de cabeza no me dejaban escribir en condiciones. Y ahí estoy, escribiendo, mientras miro el teclado, como siempre, jamás pude aprender mecanografía. Cuando ya llevo un rato miro la pantalla, y lo que veo me sorprende. La pantalla está llena de rayitas rojas y azules, todo está escrito con faltas de ortografía, no hay ni una sola palabra, ni una sola frase que no se salve. Intento corregirlo, pero nada. Se me viene a la cabeza una frase “tendrás que pagar un precio”. ¿Este es mi precio? Cojo un bolígrafo y un folio y escribo, nada, no consigo escribir bien, sé cómo se escribe pero mis manos no me responden como yo quisiera.

            Empiezo a desesperarme, no lo consigo, utilizo el gizmo 5, un programa que me instalé en mi ordenador para que escribiera lo que yo hablaba. ¡Sigue escribiendo mal! ¿Cómo es posible?  Vivo de las letras, no puedo dejar de escribir.

            Han pasado dos años desde que fui a la sanadora. Después de descubrir el precio de mis migrañas fui a hablar con ella, quería que me las devolviera. Me dijo que no podía. Mi mundo se vino abajo, no podía volver a escribir libros, era mi modo de vida. Así que me refugie en casa de mi madre, vendí mi casa, apenas salía, me pasaba las horas delante del televisor viendo telenovelas una detrás de otra. No usaba el ordenador, no cogía un bolígrafo, ni siquiera tenía móvil.

            Ayer salí por primera vez a dar un paseo, el viento soplaba fuerte, y la brisa del mar me golpeaba en la cara, sentía todo aquello sin un triste dolor de cabeza, nada, ni una leve molestia.        

            Ya no escribía libros, pero los imaginaba. El título de mi nuevo betseller me llegó con un soplo de aire: “DOLOR DE CABEZA, BRUJERÍA Y OTRAS FALTAS DE ORTOGRAFÍA”.  Sonreí. ¿Acaso empezaba a vivir de nuevo? 


8 comentarios:

  1. Un relato extraordinario, de lo mejor que he leído de ti hasta ahora. Una trama brillantemente urdida y construida. Magnífico, María. Apasionante y de final sorprendente.
    Abrazo, Compi.

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    1. Me alegra que te haya gustado tanto el relato. Es de lo más largo que he publicado por aquí. Así que eso me ayuda a explallarme y recrearme más en todo. Muchas gracias Compi. Un besillo.

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  2. Muy buena historia María. Excelente desenlace, es más me llevaste para un lado durante el relato y terminamos en otro. Me gustó mucho.
    Felicitaciones.
    Beso.

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    1. Muchas gracias Ricardo. Me alegro que te haya gustado. Un abrazo.

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  3. Jeje, buenísimo María! Aunque no sé yo si prefiero quedarme con los dolores de cabeza eh...
    Me ha gustado mucho.
    Besitos.

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    1. Un precio demasiado alto para quitarte los dolores de cabeza. Sin dudarlo, me quedo con ellos. Besillos.

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  4. Me ha gustado mucho este relato María, una gran historia que me ha enganchado desde un principio, muy original y mejor escrita.
    Un gran relato que he leído con mucho placer, he disfrutado con la lectura.
    Un saludo y una :)

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    1. Muchas gracias Benjamín, es un placer engancharte. Un abrazo.

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