4/2/15

Si gritas, no te escucho...

    Hoy mi hija mayor de cuatro años ha salido del cole más especial que de costumbre. Ha llorado casi todo el camino al coche, protestando hasta por las piedras que se encontraba por el camino y no queriendo entrar al coche cuando hemos llegado. Todo eso me ha crispado los nervios, pero sé que las entradas y salidas del cole son su momento crítico, así que lo he intentado llevar lo más estoicamente posible.

      Ya subidas al coche vamos en busca de su hermana que se encuentra en la guarde. Para poneros en situación, mi ciudad está ahora en no sé qué alerta, por mí sería la roja en luces de neón, por el viento. Como el tiempo pronosticaba las temperaturas han bajado, con lo que al mezclarlo todo, nos encontramos con un frío invernal muy poco característico de nuestra tierra.



     Como iba diciendo, hacía tanto frío que decido dejar a mi hija mayor en el coche en el aparcamiento de la guarde para que no pase más frío del necesario. Es algo que hacemos más de un padre cuando hace frío, llueve o tenemos más prisa que de costumbre.


      — Cariño,  te quedas en el coche, que hace frío, te pongo la radio y cierro por fuera. Si tienes algún problema puedes salir, pero nadie puede entrar.


      Mi hija se queda un poco reticente en el coche, entre protestas la medio convenzo para que no salga. Me dirijo corriendo a por su hermana y recorro los escasos metros que me separan de la puerta con el viento dándome en la cara. Cuando salgo con ella, me encuentro a mi hija mayor de cuatro años allí a mi lado. 


      El enfado me iba subiendo poco a poco por todo mi cuerpo mientras pensaba como algunos padres kamikazes entran en el aparcamiento como si de un rally de fórmula 1 se tratara. Mientras pensaba como alguno de esos coches podría haber atropellado a mi preciosa y desobediente hija. Así que he explotado, eso sí, cuando ya estaba conduciendo y con mis hijas debidamente protegidas del frío invernal y de las miradas acusadoras. El miedo me ha hecho gritar a mi hija diciéndole que le podía haber pasado cualquier cosa mala y que tiene que hacerme más caso la próxima vez. 


      En fin mientras yo me desgañitaba y me desahogaba con mi preciosa y desobediente hija de cuatro años, se me pasaba por la cabeza todos esos artículos, blogs,... de madres y profesionales que aseguran que a los niños no hay que hablarles a gritos. Que hay que respetarlos, y tratarlos como personas que son. Me he recordado a mí misma prometiéndome una y mil veces que no les volvería a gritar, que soy una madre horrible que no sabe cómo afrontar las situaciones difíciles.


     Y mientras todo eso pasaba por mi cabeza, y mi boca actuaba por inercia, ella sola en contra de mi voluntad, entra en acción mi hija de dos años. Mi hija de dos años que por un momento he pensado que estaba poseída por el espíritu de mi madre psicóloga.


      - Mamá deja a la tata.


    Con esa frase melosa, dicha con esa voz melodiosa que tiene me ha hecho callar de golpe. Y calladas durante un rato largo del camino, mi hija pequeña se ha puesto a contarme sus cosas con su lengua de trapo, de forma melodiosa y tranquila, mientras me hacía su pregunta favorita entre frase y frase "¿Vale mami?" Ha conseguido tranquilizarme y llevarme a ese estado de serenidad donde la culpabilidad hace su presencia.


      Hasta que hemos llegado a la casa y las lentejas han sido nuestra siguiente batalla, pero esta vez sin gritos.



Foto sacada de Internet

2 comentarios:

  1. Qué dura es la tarea, me pasa lo mismo que a tí... que la culpa acompaña cada llamada exagerada de atención, y le digo "ya te lo he dicho muchas veces!" y es cierto, le doy determinada indicación decenas de veces y de distintas formas y cada una de esas veces pareciera que por fin la lección está aprendida pero no, y claro, una que es una simple mortal llega a su límite una y otra vez.
    Yo llevo tres años de mamá y aunque mi enano es en la mayor parte del tiempo un niño tranquilo, dulce y obediente, cuando se empecina en algo pareciera otro jejeje... Paciencia, paciencia...y entender que por más pequeño que sea tiene su propia voluntad y deseo de autonomía es lo que me viene ayudando a manejar situaciones complicadas y buscar más formas para reducirlas o por lo menos para no se acrecienten.
    Un abrazo!

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    1. Sí, la verdad es que tenemos muchos tarros de peciencia, y se van agòtando poco a poco. Menos mal que las noches nos hacen recargarlos porque de otra forma no sé como aguantaríamos. Jijiji. Muchas gracias guapa. Un besillo.

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