30/1/15

El día que desaparecí

     Me levanto por la mañana y como siempre sigo mi rutina diaria. Me ducho y mientras me estoy secando oigo al peque llamándome, le doy un grito a la marmota que ronca en mi cama, con la vana esperanza de que se levante. No surte efecto. Me seco rápido y desnuda entre la humedad de la mañana voy a por el peque, que de tanto grito ya ha despertado a la mayor.


      Los visto entre protestas y peleas entre los dos. Todos estaban muy contentos cuando tuve a mi segundo hijo "la parejita" me decían, mientras yo repelía el concepto con náuseas matutinas. Y ahora los que lo repelen son ellos con sus incesantes peleas. Sigo con los desayunos y mochilas y todos nos acercamos a darle un beso a papa oso que sigue hibernando.


     Salgo a la primera luz de la mañana y me dirijo al cole. A medio camino me llama mi padre, un problema con el coche. "¿Puedo ir a recogerlo? Si claro".


      Llego al cole y allí me encuentro con la misma selva de siempre. Madres en corrillos, cotilleos, historias de niños, y algún que otro problema. Lo que yo te diga, una selva. Una petición de una madre, un si como respuesta.


     Me dirijo al trabajo, y como secretaria que soy voy de un lado a otro con papeleos de despacho en despacho. Soy la corre ve y dile de la oficina. Algún día tendré que aprender a decir que no.


      Después de dejar a mi padre en su casa recojo a los niños, llego a casa y preparo la comida. Volvemos a las peleas de todos los días, "a mí no me gusta esto ni a mi lo otro". La frustración sale por mi boca a modo de suspiro. Entre lavadoras, platos sucios, juguetes por el suelo, purpurina, colores y dibujos paso la tarde.


      Llamadas familiares para informar de la próxima actuación del peque. Le he hecho un disfraz de conejo y va monísimo. Mis hijos son los últimos de esta gran familia, con la consecuencia de que después de peleas por ver quien podía ir a las actuaciones de sobrinos, después de tragarme los mítines de mi hermano el político, después de millones de cumpleaños infantiles, me encuentro en las actuaciones sola, con mi cámara de fotos en el bolsillo derecho y el móvil en el izquierdo. Y esta vez no iba a ser diferente. Mis hijos ya no son la novedad.


      Me acuesto agotada, envuelta en la rutina del día a día. En la cama en mi último pensamiento un cosquilleo extraño me revuelve el estómago. Una ira sin sentido me invade el cuerpo. Me levanto y voy al baño. Vomito, vomito vaciándome entera, hasta sacar por la boca toda mi ira y decepción. Allí, sentada sola en el suelo del cuarto de baño, exhausta por el esfuerzo, noto algo nuevo.


     Una presencia me acecha, está a mi lado, mirándome, observando mi desidia. La dejo que me analice, que me examine. De pronto la noto dentro de mí, me posee, y de nuevo la cólera contenida y los años marcados por la costumbre se apoderan de mí.


      Grito, grito como si nadie pudiera oírme, grito, y en medio de esa desesperación veo una luz, una luz que sale de dentro de mí. Me sorprendo, pero no puedo dejar de gritar. Me desvanezco, me uno a esa luz y lo último que veo es a él gritando mi nombre. 


12 comentarios:

  1. ¡Vaya rutina! He notado la angustia en cada línea y el final es abrumador. Me encanta María, un fuerte abrazo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias. Supongo que hay que echarle valor a la vida y romper la rutina para poder vivirla feliz. Un abrazo.

      Eliminar
  2. Transmites a la perfección todos los sentimientos de la mujer; describes con maestría la rutina de esta, tan real que hasta al lector agobia y estresa. Y la descripción de las emociones del final están muy pero que muy bien logradas.
    Un saludo, María.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias Ricardo. Supongo que lo mejor para un escritor es llegar a transmitir al lector los sentimientos que intenta plasmar, me alegro de haberlo conseguido contigo. Un saludo.

      Eliminar
  3. Estas cosas son con las que los lectores se identifican y las transmites de una forma tan bien narrada que no puedo dejar de elogiarte por ello. Es muy difícil expresar esas sensaciones cotidianas que aunque suenen simples son tan complejas para volcarlas en un papel o blog o como se llame hoy día. Mi admiración y mi felicitación para ti amiga.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias Jorge por tus palabras. Me hacen sentir orgullosa de lo que hago. Un besillo.

      Eliminar
  4. Muy bien narrado, María. Quien no ha pasado por momentos como ese?

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Pues sí, hay momentos de agobio que no te los quita nadie. La solución está en afrontarlos. Besillo Paola.

      Eliminar
  5. Brutal e impactante, además de evocador. Narras y, a un tiempo, sugieres la crudeza del infierno anodino de la "protagonista". Me ha encantado, amiga. Sigo leyéndote. Abrazos y besitos. :-) (p.d.: besillo me suena a visillo, jajajajaj, de ahí que retorne al clásico). Buen día.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias. Me encantan los besillos, aunque también suenen a cepillo o pelillo, jijiji. ASí que besillos y abrazos.

      Eliminar
  6. No me extraña que la protagonista acabara con una "crisis lumínica"; después de varios días de ese estilo es lo menos que le podía pasar...

    Muy bien transmitidos los sentimientos, María. Yo no tengo hijos y no he pasado por ahí, pero reconozco claramente los "síntomas" por lo que me cuentan y veo en mis familaires y amigas. Ser madre y mujer trabajadora es tarea de heroínas!! :)

    Muy bueno, como siempre. Me encantó!!

    Un beso.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es complicado, pero luego tiene muchas recompensas, que superan los momentos de agobios y de crisis. Un besillo guapa.

      Eliminar

Deja tu huella. Me encantaría leerla.