7/1/15

Día de resaca

      Se acabó la Navidad, los Reyes se han portado mucho mejor de lo que en realidad se han portado los niños, o por lo menos las mías. Y es que nos volvemos locos con las cosas que le gustarán, con los juguetes que disfrutarán, y así nos juntamos con esa marabunta de juguetes nuevos. Y luego llegan tíos, abuelos,... con lo cual te encuentras con una juguetería dentro de casa.


      Llegamos al día 7. Ese día en el que te encuentras con un salón atiborrado de cosas, y no sabes por donde pasar, y ni por dónde empezar. Yo he decidido empezar por quitar el árbol y el belén. Un árbol que el primer día estaba precioso, todo puesto en su sitio, y que ha llegado, después de un mes, con las ramas caídas y algunas bolas en el suelo, en fin un poco desastre. Y nuestro belén, con todas las figuritas amontonadas en un lado de la mesa. Así que empiezo por ahí.


      Cuando me pongo con los juguetes nuevos, es una odisea, demasiados juguetes, habitación pequeña y juguetes viejos, mala combinación. Y caigo en la cuenta del poco valor que le dan mis hijas a sus juguetes. Mientras yo intento guardarlos, mis hijas van dando vueltas por la casa cogiendo unos y otros, sin meterlos otra vez en su sitio, con lo que me encuentro con un orden desordenado.


     Les digo esa típica frase de madre, "no saquéis más cosas hasta que no guardéis las antiguas", pero no sirve de nada. Ellas siguen en su mundo de juguetes nuevos y viejos, mezclando piezas de un lado y de otro. Peleándose porque esto es mío y no te lo dejo, o aquello es tuyo y lo quiero yo.


      Y es que viven en un mundo que tienen de todo, no entienden el significado de cuidar las cosas. Intento por todos los medios que no pisen los juguetes cuando andan, que no dejen las cosas tiradas por ahí, que no mezclen piezas de pin y pon con piezas de cocinitas en el mismo cajón, pero en cuanto me doy la vuelta, ya está todo revuelto otra vez.


       Les digo que ordenen su cuarto, y oigo frases como: "es que no sé dónde va esto", y sé que la culpa es mía, porque al final termino por ordenarle yo los cajones, aquí las cosas de princesas, aquí, las pelotas, aquí las construcciones,... con lo cual siempre me enfrento al mismo problema.


     La realidad de todo esto llegó a mí un día en el que a mí se me rompió algo, no me acuerdo de que, mi memoria de pez ataca de nuevo. Y mi hija de cuatro años viene muy tranquila a consolarme: "Mamá no te preocupes, te compras otro". La realidad me golpeó en la cara como una jarra de agua fría en pleno mes de diciembre sobre la cabeza. Yo, enfadada, más conmigo misma que con ella, le contesté lo más relajada que el momento me permitía: "Cariño, no se puede comprar cosas cada vez que se nos rompe algo. Hay que aprender a cuidarlas para que no se rompan, porque si no nos quedamos sin ellas". Ella me miró, pero no se quedó muy convencida.


      Así que hoy, día de resaca, reordeno, y rebusco rincones. Y sigo intentando que mis hijas valoren las cosas que tienen y que aprendan a cuidarlas.




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